Carlos II, mucho más que el 'hechizado': una biografía desmonta los mitos sobre el rey que ni fue inútil ni estuvo siempre enfermo
Al historiador Alberto Bravo nunca le cuadró que la mala fama del reinado de Carlos II (1665-1700), apodado el hechizado y tachado de enfermizo y débil, hubiera coincidido con una época en la que España mantuvo su imperio colonial, a la vez que protagonizaba un esplendor cultural. Así, este profesor de Historia Moderna de la Universidad Autónoma de Madrid ha dedicado más de una década a estudiar la vida y obra del último monarca de la Casa de Austria para concluir que Carlos II “no fue ni un estúpido ni un triste”. “Aquel rey, que empezó a reinar siendo un niño”, añade Bravo, “supo rodearse de buenos ministros y altos cargos y hasta plantar cara a la potencia emergente que era Francia”. Fruto de sus investigaciones Bravo acaba de publicar Yo, el rey. La historia de Carlos II (Ático de los Libros), un exhaustivo y documentado libro sobre aquel monarca y la España del siglo XVII.
Tanto en su biografía como en la charla con elDiario.es, Alberto Bravo (Madrid, 1986) remarca que el origen de la mala fama de Carlos II arranca de los tiempos de la Ilustración y alcanza hasta finales del siglo XIX. Uno de los artífices de los falsos mitos fue Antonio Cánovas del Castillo, el líder conservador de la Restauración. “Muchos autores”, afirma el biógrafo, “trataron de utilizar el reinado de Carlos II como un resumen perfecto de los errores y fracasos de los reinados anteriores. Esa visión ha calado a lo largo del tiempo y ha llegado tanto al sistema educativo como al imaginario popular. De este modo se despacha a Carlos II con la caricatura de un tipo enfermizo e inútil”.
Por todo ello, Bravo responde con una cierta ironía cuando señala que el rey era bajo de estatura, delgado y de tez pálida. “Claro, como casi todos los representantes de la Casa de Austria”, apostilla el profesor para remarcar a renglón seguido la alta mortalidad infantil de la época. “De hecho”, precisa, “Carlos II superó enfermedades como el sarampión y la viruela, montaba a caballo y disfrutaba con las fiestas, la música o el teatro. No fue, pues, un rey triste ni oscuro contra la imagen histórica que se ha proyectado de él”.

En realidad, a juicio de su biógrafo, Carlos II enfermó gravemente solo a partir de 1696, cuando ya contaba 31 años, cuatro antes de su muerte, y fue en ese periodo cuando se produjeron los supuestos hechizamientos en una Corte muy religiosa, temerosa del maligno y marcada por las supersticiones propias de la época. De ahí que las recaídas del monarca al final de su vida le llevaran a pensar que podía estar hechizado. En cualquier caso, el rey fue tratado con quinina, una sustancia que desaconsejaron algunos de sus médicos. “No obstante”, aclara Alberto Bravo, “si el rey hubiera vivido 20 años más nadie habría hablado después de hechizamientos”.
Una madre regente y dos esposas
Ahora bien el recorrido de esta extensa biografía se detiene en subrayar algunos rasgos del reinado como que el rey alcanzó su mayoría de edad y comenzó a reinar a los 14 años mientras que sus antecesores habían llegado al trono a edades adultas. O bien el hecho de que en la minoría de edad de Carlos II la regencia estuvo en poder de su madre, Mariana de Austria, viuda de Felipe IV. Esta circunstancia da pie a Alberto Bravo para desmentir que el último monarca de los Austrias hubiera sido “un pelele” en manos de mujeres autoritarias, como su madre y sus dos esposas, María Luisa de Orleans y Mariana de Neoburgo.
Carlos II superó enfermedades como el sarampión y la viruela, montaba a caballo y disfrutaba con las fiestas, la música o el teatro. No fue, pues, un rey triste ni oscuro contra la imagen histórica que se ha proyectado de él
“Es una visión misógina”, comenta Bravo, “aunque es cierto que el Carlos II niño no tuvo cerca una figura masculina y estuvo muy influenciado por su madre en la que podía confiar. Con respecto a sus mujeres, con María Luisa de Orleans tuvo un enamoramiento sincero y juvenil mientras que a Mariana de Neoburgo, la segunda, la escuchaba y la quiso satisfacer en algunas cuestiones de Estado. Pero las decisiones importantes las tomaba el rey”.
Poco preocupado por asuntos de despacho y de administración de sus inmensos reinos, desde Europa a la América hispana pasando por el Pacífico, Carlos II no hizo, pero dejó hacer. Así las cosas, el rey encomendó el gobierno a nobles leales, laboriosos y eficaces, a juicio del experto. “Tanto el duque de Medinaceli como, sobre todo, el conde de Oropesa”, argumenta Bravo, “fueron primeros ministros con capacidad de gobierno que además prestaron gran atención a la economía del Imperio que lograron sanear. Todavía más, las Indias vivieron una etapa de pujanza en el siglo XVII en el que no podemos olvidar que ciudades como Lima o México fueron urbes cosmopolitas y multiétnicas”.
Madrid, centro cultural de Europa
Si bien no se implicó a fondo en las tareas de gobierno, Carlos II supo desempeñar el papel de representación que se le exigía a un monarca de la época y su biógrafo cita como ejemplos su prestancia en las grandes celebraciones festivas o religiosas, como la jura de los fueros en Zaragoza, o su observancia del protocolo.
Una faceta poco conocida de un rey marcado por el estigma de una parte de la historiografía apunta a su afición por la cultura que se concretaba, entre otros aspectos, en su práctica musical con el clavicordio o en el fichaje para la Corte de pintores como Luca Giordano, un maestro indiscutible, o Claudio Coello. O el auge en aquel periodo de un maduro Calderón de la Barca. “Durante su reinado Madrid fue el centro cultural de la Europa de su época”, concluye Bravo que agrega: “El palacio de Versalles se inspiró en el palacio del Buen Retiro”.
Los historiadores deberíamos mostrar y divulgar nuestro trabajo y nuestras investigaciones más allá de las aulas universitarias. Es un deber que tenemos con la sociedad
Tal vez otra de las etiquetas negativas colgadas del trono de Carlos II se refiere a que su fallecimiento sin herederos desencadenó una terrible guerra de sucesión que no solo afectó a España sino a media Europa. ¿Fue inevitable el conflicto?, preguntamos a Bravo. “Fue un siglo el XVII”, contesta el historiador, “donde los conflictos se resolvían con guerras y donde el Imperio español tenía que enfrentarse a una Francia muy expansionista y agresiva que había aumentado mucho su poderío militar. El objetivo principal del testamento de Carlos II perseguía asegurar la integridad de la monarquía hispana. Por ello testó a favor de un nieto del rey de Francia, Luis XIV, que después reinó en España como Felipe V y abrió la dinastía de los Borbones”.
“No obstante”, considera, “ni los partidarios del archiduque de Austria ni de los franceses iban a conformarse y, de algún modo, la guerra resultó inevitable. En la Península ese conflicto derivó en una guerra civil tras la que Felipe V no perdonó a los perdedores radicados en los territorios más foralistas, como la Corona de Aragón”.
A lo largo de las explicaciones de Alberto Bravo sobrevuela la necesidad de divulgar, con rigor y claridad, la historia de España e iluminar imágenes distorsionadas como la del hechizado Carlos II. Tras resaltar que la Historia es una ciencia social que debe, por tanto, proyectarse sobre la sociedad este joven historiador, uno de los mayores especialistas en el siglo XVII, afirma que nunca se niega a participar en tareas de divulgación en foros públicos. Al mismo tiempo señala como modelos en su profesión a colegas británicos o franceses que suelen publicar en los periódicos o intervenir en debates públicos en la radio o la televisión. “Vamos avanzando”, opina, “pero los historiadores deberíamos mostrar y divulgar nuestro trabajo y nuestras investigaciones más allá de las aulas universitarias. Es un deber que tenemos con la sociedad”.
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