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Emiliano Otegui, el hombre que ajustó los presupuestos para que Amenábar se convirtiera en una estrella

Emiliano Otegui en el Festival de Málaga de 2007

Miguel Ángel Villena

6 de junio de 2026 21:52 h

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Sus orígenes familiares parecían abocar a Emiliano Otegui (Madrid, 1954) al mundo del cine. Sobrino del productor Emiliano Piedra y de la actriz Emma Penella, su tío lo convenció para que abandonara otros estudios y fuera su heredero en la profesión. Con 72 años, tres premios Goya en su haber y una larga y brillante trayectoria, Otegui reconoce que no se equivocó al elegir una profesión que ama, al tiempo que explica que el director de producción deriva en un cineasta-orquesta que debe conocer todas las facetas de una industria tan compleja como el cine.

En sus extensas memorias, 40 años haciendo películas (Ocho y Medio), que acaba de publicar, repasa su filmografía centrada en el trabajo con directores de primera fila como Carlos Saura, José Luis Cuerda y Alejandro Amenábar. Cuando se le pregunta por lo más difícil de su especialidad señala sin dudar que “el trato con los representantes de los actores y de las actrices”.

Un director de producción, según sus palabras, es “ese profesional que se sitúa detrás de los que están detrás de la cámara”. Dicho con otras palabras: se encarga desde la contratación del equipo técnico y artístico hasta la organización del catering, los horarios de rodajes o las localizaciones pasando por lo más importante: la elaboración de un presupuesto ajustado y riguroso que deben aprobar los productores-financiadores de un filme.

Emiliano Otegui agradece el Goya por 'Tesis'.

Con un aire bonachón y tranquilo, cara de buena persona, Otegui afirma: “Un director de producción tiene que presuponer lo que van a pedir cada uno de los oficios que intervienen en una película, desde el director a la gente de maquillaje y peluquería. Por ello, conviene que conozcas todas las características de sus tareas. En realidad, podríamos decir que un director de producción es un cineasta-orquesta”.

La incorporación de las mujeres

A lo largo de su amplísima experiencia Otegui no ha tenido más remedio que ir adaptándose a los frenéticos cambios tecnológicos del mundo del cine. “Por supuesto”, explica, “la tecnología es lo que más ha cambiado en una película y está claro que ha revertido en una mejor calidad de imágenes, de sonido, de factura técnica de un filme”. “Ahora bien, la revolución técnica también ha traído consigo un retroceso al generar un volumen de información tan enorme que dificulta la concentración. Ahora pasas más tiempo en un rodaje leyendo correos y WhatsApp que dedicado a tu tarea. No he llegado a rodar en digital, pero puedo declarar que hace unos años con equipos de 40-50 personas se filmaban películas dignas y más operativas que en la actualidad con equipos de 80”, opina.

No obstante, Otegui no trasluce ninguna nostalgia por el pasado del cine y señala que, junto a la tecnología, el mayor avance en el sector ha sido una cada vez mayor incorporación de las mujeres. “Cuando yo empecé como director de producción”, comenta en una charla con elDiario.es en la librería Ocho y Medio, la librería-editorial que ha publicado sus memorias, “las mujeres apenas ocupaban puestos de maquilladoras, scripts o sastras”. “Afortunadamente, ahora encontramos mujeres en todos los oficios del cine. Allá por los años ochenta, salvo Sol Carnicero y Esther García, no había directoras de producción”, añade.

Los representantes son una casta que cobra a partir de lo que ganan actores y actrices y siempre elevan el tiro de los honorarios de los intérpretes

Emiliano Otegui Director de producción

En cualquier caso algo que no varía en la producción cinematográfica, de televisión o series, a juicio de Otegui, apunta a que los directores siempre quieren contar con el último grito en tecnología y con los actores o actrices que están triunfando en cada momento. Y en esa negociación el director de producción tiene que mostrar flexibilidad y firmeza a la vez. 

Los egos de directores y actores

Ese director de producción que se sitúa detrás de los que están detrás de las cámaras ha de lidiar, por descontado, con los egos consustanciales al mundo de la pantalla. Para Otegui, quienes más ego manifiestan no son ni los intérpretes ni los cineastas: “Con los directores con los que más he trabajado, que son Carlos Saura, José Luis Cuerda y Alejandro Amenábar, nunca he sufrido problemas de egos y vanidades caprichosas. Con actores y actrices tampoco he tenido grandes conflictos, aunque lo más difícil para un director de producción es el trato con sus representantes”.

De estos opina que “son una casta que cobra a partir de lo que ganan actores y actrices y siempre elevan el tiro de los honorarios de los intérpretes”. “En ocasiones, además, exigen cosas superfluas o sin verdadera justificación. Frente a esas peticiones, siempre me he guiado por la máxima de que la mayor parte de inversión de una producción debe verse en la pantalla. Por fortuna los representantes no suelen pasarse luego por los rodajes o los montajes”, apunta.

Emiliano Otegui ha trabajado con tres de los mejores realizadores del último medio siglo de cine español: Saura (con quien hizo Carmen o El amor brujo), José Luis Cuerda (con quien trabajó en El bosque animado, La lengua de las mariposas o Los girasoles ciegos) y Alejandro Amenábar (con quien estuvo en Tesis, Abre los ojos, Los otros y Mar adentro). Así los define: “Saura era un tipo excepcional y muy tranquilo que no se molestaba con nadie y solo rodaba o montaba cuando todo estaba listo. Cuerda fue un gran amigo, genial y agradable, pero en ocasiones nervioso e iracundo en los rodajes, quizá por la confianza que teníamos. Por último, Alejandro Amenábar tiene siempre claro lo que quiere y nunca suele fallar, una cabeza privilegiada que dirigió una obra maestra como Tesis con apenas 23 años. Con sus éxitos se volvió más exigente, pero es natural porque ha dado a ganar mucho a sus productores y se ha convertido en una figura internacional”.

Goyas recibidos y galas dirigidas

Este veterano director de producción, que sigue con proyectos en la cartera y no se ha retirado del todo, se muestra muy orgulloso en sus amplias y muy documentadas memorias de Tesis, un filme de 1996 que arrasó en los Goya con siete premios a partir de un presupuesto reducido que diseñó Otegui. Aquellos galardones ofrecieron un empujón fundamental a una película a priori minoritaria que apostaba por el thriller y el terror en un nuevo cine español. “Tan solo comentaré como dato”, recuerda Otegui, “que Tesis recaudó 96 millones de las antiguas pesetas antes de los Goya y fue retirada de la mayoría de salas. Tras los premios, ganó 350 millones de pesetas y se ha convertido en un filme que se proyecta con mucha frecuencia en todo tipo de televisiones”. 

A propósito de los galardones del cine español, Emiliano Otegui, ganador de tres cabezones de Goya por Tesis (1996), Los otros (2001) y Mar adentro (2004), fue también el responsable de varias de las ceremonias de entrega de los premios. Con un gesto paciente, este responsable de producción no vacila al decir que lo más complicado de una gala es “aguantar al personal”. “En esas fiestas”, agrega, “se dan cita todos los egos, todas las tonterías y vanidades, desde la directiva de la Academia de Cine hasta el último académico”. “En fin, todos quieren alfombra roja, photocall y trato de famoso, algo que resulta imposible. Porque no conviene olvidar que la gala de los Goya es un rodaje en directo que ven por televisión millones de personas y donde en realidad solo interesan seis premios y se entregan más de 30”. 

Quizá el mejor elogio a la labor de Emiliano Otegui se lo dedique Amenábar en unas memorias imprescindibles para aquellos que quieran comprender la relevancia de un trabajo oscuro, pero muy necesario como el de un director de producción. Al rememorar su primer encuentro con Otegui, el consagrado Amenábar escribe en el prólogo: “En aquel momento yo era un tarado, pero sobre todo un ignorante, incapaz de percibir la relevancia de un trabajo como el que Emi llevaba tanto tiempo haciendo y, lo que es más grave, incapaz de reconocer a un auténtico animal de cine”.

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