Privatizar la taquilla, socializar la sangre
Por vergonzoso y antidemocrático que pueda parecernos a una cantidad nada despreciable de cántabras y cántabros, el Ayuntamiento de Santander y el Gobierno de Cantabria siguen financiando con nuestro dinero la matanza espectacularizada y cruenta de toros de lidia. Este año la aportación del Ayuntamiento a la Plaza de Cuatro Caminos ha sido de 70.000 euros, el doble que el año anterior, algo que justifican por la elevación de los costes de mantenimiento del recinto debido a su uso como Escuela Taurina. Si se toma como referencia el último dato conocido —diez alumnos en 2023—, esa cantidad equivaldría, a modo de comparación, a 7.000 euros por estudiante:, un monto con el que se podían equipar, por ejemplo, varias ludotecas, con muchos más beneficiarios.
La cuestión resulta todavía más grave porque no se trata solo de conservar un edificio o tolerar una afición adulta: las instituciones cántabras participan activamente en su reproducción infantil mediante entradas a novilladas para menores, escuelas taurinas y productos como los TauroCromos, presentados por la propia alcaldesa. Cantabria reproduce así dos de los mecanismos denunciados por la Fundación Franz Weber y otras organizaciones de protección animal, en sus comunicaciones al Comité de los Derechos del Niño de Naciones Unidas: atraer a la infancia como público y formarla para intervenir directamente en el hostigamiento y muerte de animales. Ya en 2018, este Comité pidió a España apartar a los menores de tales espectáculos para prevenir efectos nocivos sobre su desarrollo psicológico y moral.
Pese a que no hay una encuesta pública reciente sobre el interés cántabro en el mantenimiento de las corridas taurinas, los datos disponibles difícilmente permiten presentarlas como expresión de la voluntad popular ni mucho menos como una fiesta con arraigo en nuestra tierra, como pretende el argumentario del Partido Popular. La Encuesta de Hábitos y Prácticas Culturales del Ministerio de Cultura establecía que apenas el 2,3% la población cántabra había asistido a algún festejo taurino en 2021-2022, frente al 11,8 % registrado dos décadas antes: una caída cercana al 80%. Los sondeos estatales recientes muestran que el 77% de la población española considera inaceptable el uso de animales en las corridas.
La tauromaquia es, en Cantabria, un claro ejemplo de privatización de los ingresos y socialización de los costes. La empresa adjudicataria de la Plaza de Toros de Cuatro Caminos, Lances de Futuro, explota comercialmente la Feria de Santiago, pero la ciudad conserva el edificio, financia sus déficits y paga las obras necesarias para mantener operativo el ‘coso’. En 2015, la Feria finalizó con un déficit de 76.000 euros, lo que llevó al Ayuntamiento de Santander a realizar una aportación adicional de 125.000 euros al presupuesto anual sumado a la partida de 100.000 euros que ya había gastado en los festejos taurinos del ejercicio, mientras la sociedad pública dependiente del Ayuntamiento repartía más de 750 abonos de forma gratuita y de modo discrecional. En 2016, el propio gobierno local reconocía que necesitaba alrededor de 100.000 euros públicos para cerrar las cuentas a cero, motivo por el cual se llevó a cabo la externalización. Pero después llegaron 300.000 euros para rehabilitación en 2023 sumados a las aportaciones municipales anuales. La “Feria del Norte” puede resultar rentable para la empresa que vende las entradas, pero la infraestructura municipal que la hace posible no ha demostrado autosuficiencia ni de lejos.
Ahora, el poder judicial, tan dado en los últimos tiempos a dejarnos claro que sustenta sus decisiones en prejuicios ideológicos, vía la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Superior de Justicia de Cantabria, suspende la previa anulación del contrato para garantizar que los festejos taurinos se desarrollen durante la Semana Grande señalando que paralizarlos dejaría la programación festiva de la ciudad “irreconocible”. Opina la sentencia, como si de un gestor cultural protaurino se tratase, que sin corridas la Semana Grande de Santander quedaría “alicorta” o “deprimida”, lo que obviamente no es una categoría jurídica ni un hecho probado sino una valoración cultural que aventura la identificación de toda la ciudadanía con una afición particular.
La Declaración de Nueva York sobre la Consciencia Animal, firmada en abril de 2024 por investigadores líderes en neurobiología, etología y filosofía, ha establecido un consenso científico sin precedentes a afirmar que existe una fuerte evidencia de consciencia no solo en mamíferos y aves, sino también una “posibilidad realista” en todos los vertebrados y muchos invertebrados, lo que exige considerarlos éticamente en nuestras decisiones. En el caso del toro, la cuestión relevante estriba en establecer qué estados negativos produce la lidia y qué justificación podría autorizar su producción deliberada. Ni la tradición, ni el arte, ni la conservación de una raza, ni la libertad del espectador justifican su dolor, porque todos ellos son bienes humanos comparativamente secundarios frente al interés elemental de las víctimas animales de no ser atormentados y asesinados.
Las investigaciones de neurocientíficos como el estadounidense Jaak Panksepp, que estudió los sistemas emocionales básicos compartidos por numerosos mamíferos, permiten comprender que las emociones animales no son meras proyecciones antropomórficas. La embestida del toro puede entenderse etológicamente como una combinación de defensa, miedo, activación, intento de eliminar una amenaza y respuesta al dolor en una plaza cerrada, donde el animal no puede escapar.
La defensa taurina suele apoyarse en un estudio dirigido por Juan Carlos Illera para afirmar que el toro apenas siente dolor porque libera grandes cantidades de endorfinas. Pero, además de ser un mero estudio preliminar que reconoce varias limitaciones metodológicas, tal conclusión no se sostiene: que el organismo active mecanismos naturales para soportar una agresión no significa que la agresión deje de doler. Una revisión veterinaria posterior, encabezada por Daniel Mota-Rojas, muestra que las endorfinas no convierten el daño en ausencia de dolor: evidencian, más bien, un cuerpo tratando de sobrevivir a las agresiones que se le infligen.
La matanza pública de toros no es un vestigio aislado, sino una expresión extrema de lo que Horkheimer denominó “razón instrumental”, que reduce la vida a recurso, mercancía o espectáculo. La misma lógica que agota ecosistemas y convierte el planeta en materia disponible transforma aquí el cuerpo, el miedo, la resistencia y la muerte de un animal en fuentes de emoción, identidad y rentabilidad. Y se trata de desprecio por la vulnerabilidad que tampoco se detiene en la frontera de especie, pues el poder ha animalizado y bestializado históricamente a los seres humanos que quería excluir. La razón instrumental tampoco protege necesariamente a quien empuña la espada: históricamente ha convertido también cuerpos masculinos de extracción popular en materia de riesgo, disciplina y promesa de ascenso social. Eso no iguala al torero con el animal —solo el primero puede consentir, decidir y, al menos formalmente, abandonar esa práctica—, pero revela que el negocio taurino explota, de manera radicalmente desigual, la vulnerabilidad de ambos.
Coincido con la lúcida y siempre ética Concepción Arenal, que, en sus Artículos sobre beneficencia y prisiones, ya en 1877, sentenciaba: “En la Plaza de Toros hay una fiera, sí, pero no es el toro, sino el público. Esta es la grande y repugnante fiera, cruel e insensata”. Arenal criticó con vehemencia el efecto moral de este espectáculo sangriento, que consigue “disminuir en el hombre las dotes que le constituyen tal, la facultad de conocer y de sentir”. Algo que se comprueba, por cierto, cuando se protesta ante ellos y ellas, como se hará de nuevo el 24 y 25 de julio a las 17.30 en la entrada de la Plaza. Y a quienes la horterada ceremonial que rodea el asesinato de víctimas animales los hace sentirse autorizados a hablar de “arte” les observo, de la mano de Pío Baroja, quien declaraba abiertamente en 1917 que la matanza ritualizada de toros le producía “asco”, y que “la crueldad, como la estupidez, cuanto más adornadas son más odiosas”.
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Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
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