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Jesús Ortiz

Tras muchos años trabajados en empresas de comunicación, dirige la editorial milrazones, traduce libros regularmente y enseña en un máster internacional sobre gestión de industrias culturales.

Los escritores tienen problemas

«Por los escritores sabemos que los editores son unos hijos de puta», dice Juan Mal-herido (una creación de Alberto Olmos) en su sentida despedida a Gonzalo Canedo, de Libros del silencio, muerto en 2013.

Los escritores tienen razones para estar preocupados. Profesionales con años de experiencia declaran una merma de ingresos constante año tras año. Muchas causas confluyen. Se suele insistir en la piratería, pero no creo que sea la principal y con toda seguridad no es, ni mucho menos, la única. Otra razón es que cada vez hay más escritores publicados, porque los costes de producción de libros también han bajado notablemente. El exceso de títulos publicados no cabe en el canal de distribución tradicional; pero los nuevos autores encuentran modos de vender su producto dirigiéndose directamente a su público natural, familiares y amigos, sin que esto impida que con el tiempo pueda ampliarse.

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Las leyes de los dioses, o ‹Por qué consumimos ficción›

Esta tarde al salir del trabajo, cuando iba usted a coger el Metro Tus, se ha encontrado casualmente con un amigo. Lo lleva en su coche y le ahorra 45 minutos de trayecto. Así que llega a casa con imprevista antelación y se encuentra a su cónyuge retozando en la cama con un vecino. ¿Qué hace usted? Tiene varias opciones.

Una, acercarse a la cocina a por el cebollero, regresar al dormitorio y ponerlo todo perdido de sangre.

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Narciso viaja en aviones

Con otros pasajeros espero que las cintas empiecen a girar y nos acerquen nuestro equipaje. Pero antes de que se mueva ninguna, aparece un personaje con uniforme cargado de insignias aladas; a un lego como yo podría parecerle un general del Ejército del Aire, que nos informa de que primero van a salir las maletas de los aviones de fuera de la Unión Europea, y después de los de aquí.

¿Aviones de fuera de la Unión Europea…? Pero ¿cuántos aviones han llegado al aeropuerto de Parayas? Porque solo he visto dos. Me vuelvo hacia la pista y compruebo que, en efecto, allí está el que me ha traído de Madrid y otro más. Busco indicaciones y descubro que el segundo aparato ha llegado de Marrakech. Sigo desconcertado, hasta que caigo en que el funcionario no está hablando en castellano, sino en vernácula. La lengua de Santander llama intercambiadores a las marquesinas grandes y metro a los autobuses articulados, así que es comprensible que a lo que en Madrid se llamaría el avión de Marrakech (o del moro, en más castizo y menos preciso) aquí se le diga los aviones de fuera de la Unión Europea.

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El último bonito

No ha acabado junio y aparecen los primeros en la plaza, esperanza de un verano feliz. Los bonitos vienen de poniente, para ellos la mar océana empieza a acabarse en Finis Terrae, donde para nosotros termina el mundo. Los primeros bonitos son gallegos, menudos, magros. Pero cargan con la promesa de la playa y el descanso, y se los recibe con fiestas.

Por entonces llueve bastante; llega la señora de la plaza (sutilezas imprevisibles del lenguaje aprendidas hace mucho, quién sabe si siguen vigentes: los señores tienen mujer; los obreros, señora) y enseña orgullosa una de esas primeras capturas, que será admirada con devoción, primero, y comida con respeto, más tarde, a pesar de que no sea de las mejores del año.

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Nudismo y monarquía

El 16 de agosto de 1984, mañana hará 34 años, un cura párroco encabezó a un grupo de vecinos de Cangas de Morrazo que, con palos y estacas, amenazaron a unos nudistas acampados cerca de la playa de Barra, mientras la policía municipal desmontaba sus tiendas y la Guardia Civil estaba por allí. En el orwelliano 1984 el nudismo llevaba 15 años practicándose en la playa de Barra y había sido autorizado recientemente por el Gobierno Civil competente, el de Pontevedra.

El relato del asunto que hizo El País nombró a un cura de otro pueblo, no al que realmente participó. El periódico rectificó públicamente ese error en cuanto tuvo noticia (en la edición dominical, de circulación muy superior a la de los demás días de la semana), pero el cura mencionado en la primera información demandó a la periodista María José Porteiro y a la empresa editora de El País por intromisión en su honor.

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Baden Baden y el infierno de los ángeles

Sus habitantes la abandonan masivamente en verano porque Madrid se vuelve insoportable: sube el calor y baja el ruido. Huyen hacia la periferia, donde se les acoge con los brazos abiertos porque durante un ratito ayudan a reducir el paro de unos cuantos y aumentan las ganancias de otros. Con el clima local poco se puede hacer; quizás ponerle velas a algún santo, intento tradicional de eficacia poco demostrada. Pero los ayuntamientos de la periferia se ponen manos a la obra con una decisión encomiable para atender el segundo deseo de los visitantes. Organizan conciertos (si los músicos no se presentan, no pasa nada, porque el público se pone a gritar), le ponen altavoces a las procesiones y, si hay playas, contratan manadas de primos actualizados de los famosos Ángeles del  Infierno, ruidosos moteros de origen californiano. Sus primos estivales reúnen lo mejor de dos mundos, el ponto y el averno: cabalgan motos acuáticas. Esta prole de Poseidón y Perséfone recorre incansable el mar por delante de las playas, ahora de babor a estribor, luego de estribor a babor, y los veraneantes se relajan felices. «Esto es vida —piensan—, y no la del pobre Rodríguez que tiene que quedarse solo en Baden Baden».

El servicio es muy eficaz, pero no deja de ser humano, y por tanto imperfecto. Hay ocasiones en que no pasa ninguna moto durante más de 10 minutos seguidos. Entonces el veraneante empieza a ponerse nervioso; aparta la vista del móvil y otea el horizonte océano, como si temiera la llegada de piratas. Alza la oreja hasta que alcanza a distinguir en lontananza un murmullo insignificante, que en efecto resulta ser una moto, y mientras el murmullo va convirtiéndose rápidamente en rugido atronador, el veraneante reemprende su actividad con el móvil y recobra su felicidad estacional. Bien por el ayuntamiento.

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Riqueza, liquidez y escorpiones

¿Nunca le han quitado en el aeropuerto su frasco de after shave? Nunca entendí que una loción perfectamente inofensiva en el baño de casa fuera peligrosa en un avión. Así que se me ocurre que quizá a las autoridades lo que les preocupe sea en realidad el contrabando de líquidos: resulta que los líquidos caros lo son en mayor medida que los sólidos caros, como el oro o la cocaína.

Uno pensaba que los líquidos más caros serían artículos de lujo, como vinos y perfumes. Parte del precio se debería a la dificultad de producirlos; el resto sería atribuible, como ocurre siempre con los productos de lujo, al prestigio añadido. ¿Cuánto del precio del perfume Chanel número 5 se debe a Marilyn Monroe? Marilyn declaró que lo único que «se ponía» para dormir eran unas gotas de ese perfume, lo cual excitó enormemente la imaginación de muchísima gente. (Eso era lo que tenía Marilyn: yo podría decir que para dormir no me pongo ni siquiera colonia, pero dudo mucho que esa información excite lo más mínimo la imaginación de nadie, qué le vamos a hacer).

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Gay Talese honra a su padre

«My father was a tailor»: así empieza Gay Talese a hablar de su padre. Es una frase cargada, porque de modo muy parecido empieza The House Of The Rising Sun, una canción que oí mucho de adolescente, y que continúa: «She sewed my new bluejeans». Que es exactamente lo que ladra el perro que hace mucho me regaló Iván Pávlov, que oyó conmigo la canción muchas veces, a The Animals y a Joan Baez. El perro es muy poco cuidadoso y se agarra a un clavo ardiendo para ponerse a ladrar: finge ignorar que era la madre del autor de la canción quien le cosió a este sus vaqueros nuevos.

Y Talese no habla de su madre, sino de su padre. Un sastre italiano emigrado a Nueva Jersey que aprendió inglés leyendo el New York Times, donde seguía con preocupación las noticias sobre la Segunda Guerra Mundial: sus hermanos combatían en el ejército italiano, junto a los alemanes, contra los estadounidenses, sus paisanos de adopción.

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La abducción del Bristol

Un día de la primavera de 1879 Charles Peirce subió al vapor Bristol en Boston. Al día siguiente en Nueva York se dio cuenta de que había olvidado a bordo su abrigo y un reloj, especialmente valioso porque era un regalo del Gobierno de los Estados Unidos en reconocimiento de sus méritos. Temiendo la deshonra de perderlo, regresó al Bristol, consiguió que le pusieran en fi la a todos los camareros negros del barco y recorrió la fi la hablando con ellos, uno por uno, de temas triviales, método por el que esperaba descubrir al que se había quedado su reloj y su abrigo.

Al acabar la fi la no tenía la menor idea de quién podría ser el culpable, pero se dijo a sí mismo que debía elegir a uno. Hizo eso, elegir a uno cualquiera; lo sacó de la fi la y le ofreció dinero a cambio del reloj, pero el camarero negó tenerlo. Tampoco las amenazas sirvieron para obtener otra respuesta.

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Problemas de dormitorio

Ni a mi mujer ni a mí nos interesan los tríos. Pero cae la noche y ahí estamos los tres, en el dormitorio, desnudos: ella, el mosquito y yo.

De los tres, el único que se frota las manos anticipadamente feliz es el mosquito. Nosotros, en cambio, estamos consternados. Queremos que se vaya. Se lo hemos dicho de todas las maneras posibles. Algunas de ellas muy poco elegantes, cierto, pero eso fue después de haber agotado todas las posibilidades amistosas. Por ser amigables empezamos poniéndole nombre, porque es difícil hablar a alguien noche tras noche sin nombrarlo. Nuestro mosquito se llama Manolo.

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