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Jesús Ortiz

Tras muchos años trabajados en empresas de comunicación, dirige la editorial milrazones, traduce libros regularmente y enseña en un máster internacional sobre gestión de industrias culturales.

En la corte de Ronnie

Reg había ido a prisión por Ronnie. Y también George-Percival, Eric y Arthur: los cuatro preferían ir a la cárcel a que la corte quedara sin su dirección.

Ronnie era el padre de John le Carré, que hizo este descubrimiento, que sus compinches, sus cortesanos, habían cumplido penas de prisión en su lugar, tras su muerte. Pero desde mucho antes sabía que era un granuja: su madre le había llevado a visitarlo a la cárcel a una edad temprana, antes de los cinco años que tenía cuando ella los abandonó a él y a su hermano Tony. Recuerda ver su cabeza (que había vendido a la ciencia por 50 libras) a través de los barrotes, cumpliendo condena tras un juicio en el que se había defendido a sí mismo.

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El canto de los grillos

La poeta malagueña Chantal Maillard me regaló una vez una jaula para grillos que había traído de China, explicándome que allí los niños cazaban y enjaulaban estos animalitos. Me sorprendió mucho que lo contara de los chinos, habiendo hecho yo de niño eso mismo, como mis compañeros; y ella se sorprendió otro tanto cuando se enteró de esto. Desde entonces dudo si la costumbre es propia de cántabros y chinos nada más, o se practica en todo el mundo excepto en Málaga.

Sospecho lo segundo: los grillos hacen un ruido demasiado obvio como para que los niños los ignoren. El ruido lo producen deliberadamente frotando sus alas esclerotizadas, como reclamo para atraer grillos del sexo opuesto. El equivalente a la berrea, vamos. Solo que, con miles de intérpretes, el canto de los grillos puede ser bastante perturbador, como muestra la noticia de que la embajada de EEUU en Cuba evacuó a varios de sus componentes por sufrir «dolores de cabeza, problemas cognitivos, insomnio y pérdida de audición», efectos todos ellos provocados por los grillos. No queda claro si el canto era una grabación empleada por humanos como ataque, o simplemente que los animalitos se apareaban como lo han hecho siempre. 

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Qué será, será

Tenemos un año enterito para gastar. Eso es un capital. Es un buen momento para ser optimistas, así que seámoslo a fondo y pensemos que tenemos unos cuantos años para gastar. ¿Cómo puede ser el futuro?

Doris Day cantaba 'Qué será, será'. Era una niña que preguntaba a su madre: "Will I be pretty? Will I be rich?"

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El sudor de los gigantes

Los gigantes sudan de golpe. Tienes uno delante, tan fresco, y ves de pronto cómo se le empapa la camisa. Al momento siguiente está completamente seco. Miras para otro lado, y cuando vuelves a él lo encuentras otra vez hecho una sopa.

No conozco a ningún gigante. Lo más cerca que he estado de alguno fue durante los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992. Salía de trabajar de madrugada, iba a pasear por las Ramblas que, entonces, a aquella hora recorría un gentío tan inmenso como el del mediodía o mayor, y desde lejos veías venir a un grupito de hombres que parecían andar con zancos porque se les veía la mitad superior del cuerpo sobresaliendo por encima de la multitud. Pero no iban con zancos: eran el Dream Team, la representación estadounidense en baloncesto. Cuando llegaban a un paso de peatones se paraban, como los demás, pero mientras esperaban apoyaban el codo con aire indolente sobre el semáforo.

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Sábado siglo XXI

Todavía no han dado las 10 de la madrugada del sábado y la autoridad competente advierte seriamente de que ya han pasado las lecheras.

—Todas, toditas —dice, clavándome una mirada que no presagia nada bueno.

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Poder o no poder

Richard Burton llevaba haciendo de Hamlet unas 60 representaciones cuando el gerente del Old Vic entra en su camerino:

—Esta noche hazlo especialmente bien. El viejo está en primera fila.

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Hormigas, ratas y tribunales

Los franciscanos denunciaron a las hormigas porque habían abierto camino bajo los cimientos del monasterio, amenazando su ruina, y además se habían llevado la harina destinada al consumo de los hermanos. Al abrirse el proceso, el abogado de los demandantes explicó que sus clientes vivían de la caridad pública y mendigaban su sustento con gran trabajo, «mientras que las hormigas, cuyas costumbres morales y norma de vida eran abiertamente contrarias a los preceptos evangélicos […] subsistían gracias al pillaje y al engaño». Pedía que las acusadas justificasen su conducta y, caso de que se negasen a hacerlo, se las sentenciara a la pena máxima prevista por la ley, la muerte.

El abogado de las hormigas, por su lado, argumentó que sus clientes servían a la divina Providencia con ejemplo de prudencia, caridad, piedad y demás virtudes; y para probarlo citaba pasajes de san Jerónimo, del abad Absalón, y de Plinio. Que las hormigas trabajaban mucho más duramente que los frailes, pues transportaban pesos que excedían con frecuencia el suyo. Que se hallaban en posesión del terreno mucho antes de que los querellantes se hubiesen establecido en él; por consiguiente eran los frailes quienes deberían ser expulsados de unas tierras a las que no tenían derecho.

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Los escritores tienen problemas

«Por los escritores sabemos que los editores son unos hijos de puta», dice Juan Mal-herido (una creación de Alberto Olmos) en su sentida despedida a Gonzalo Canedo, de Libros del silencio, muerto en 2013.

Los escritores tienen razones para estar preocupados. Profesionales con años de experiencia declaran una merma de ingresos constante año tras año. Muchas causas confluyen. Se suele insistir en la piratería, pero no creo que sea la principal y con toda seguridad no es, ni mucho menos, la única. Otra razón es que cada vez hay más escritores publicados, porque los costes de producción de libros también han bajado notablemente. El exceso de títulos publicados no cabe en el canal de distribución tradicional; pero los nuevos autores encuentran modos de vender su producto dirigiéndose directamente a su público natural, familiares y amigos, sin que esto impida que con el tiempo pueda ampliarse.

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Las leyes de los dioses, o ‹Por qué consumimos ficción›

Esta tarde al salir del trabajo, cuando iba usted a coger el Metro Tus, se ha encontrado casualmente con un amigo. Lo lleva en su coche y le ahorra 45 minutos de trayecto. Así que llega a casa con imprevista antelación y se encuentra a su cónyuge retozando en la cama con un vecino. ¿Qué hace usted? Tiene varias opciones.

Una, acercarse a la cocina a por el cebollero, regresar al dormitorio y ponerlo todo perdido de sangre.

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Narciso viaja en aviones

Con otros pasajeros espero que las cintas empiecen a girar y nos acerquen nuestro equipaje. Pero antes de que se mueva ninguna, aparece un personaje con uniforme cargado de insignias aladas; a un lego como yo podría parecerle un general del Ejército del Aire, que nos informa de que primero van a salir las maletas de los aviones de fuera de la Unión Europea, y después de los de aquí.

¿Aviones de fuera de la Unión Europea…? Pero ¿cuántos aviones han llegado al aeropuerto de Parayas? Porque solo he visto dos. Me vuelvo hacia la pista y compruebo que, en efecto, allí está el que me ha traído de Madrid y otro más. Busco indicaciones y descubro que el segundo aparato ha llegado de Marrakech. Sigo desconcertado, hasta que caigo en que el funcionario no está hablando en castellano, sino en vernácula. La lengua de Santander llama intercambiadores a las marquesinas grandes y metro a los autobuses articulados, así que es comprensible que a lo que en Madrid se llamaría el avión de Marrakech (o del moro, en más castizo y menos preciso) aquí se le diga los aviones de fuera de la Unión Europea.

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