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Jesús Ortiz

Tras muchos años trabajados en empresas de comunicación, dirige la editorial milrazones, traduce libros regularmente y enseña en un máster internacional sobre gestión de industrias culturales.

La cigarra, la hormiga y el pulgón: Esopo corregido y ampliado

Pingajillo. El muchacho que se volvió hormiga, de un tipo apodado Vamba, fue mi temprana iniciación a la mirmecología. El libro detallaba la laboriosa vida de las hormigas, que operan sobre todo en el sector primario: agricultura y ganadería. Como pastoras no tienen precio: cuidan de los pulgones, esa plaga de los rosales. Los acompañan a los mejores pastos por la mañana y luego los traen de vuelta a la cuadra, a su casa, el hormiguero. Luis Bertelli, Vamba, llama a los pulgones las vacas de las hormigas, y ciertamente los tratan como nosotros al ganado que nos da leche. Y los pulgones corresponden de modo parecido: se dejan ordeñar un líquido dulce que a las hormigas les gusta mucho. Las encanta.

Cuando leí Pingajillo no sabía nada de la relación entre hormigas y pulgones, pero ya estaba informado del carácter industrioso del insecto, gracias a «La cigarra y la hormiga», la fábula de Esopo. Cien veces nos la contaron; mil, quizás. Para que aprendas a apreciar a la hormiga trabajadora y despreciar a la cigarra gandula, que pasa el día cantando y disfrutando. La cigarra muere de frío y hambre en invierno a la puerta del hormiguero, donde la hormiga previsora ha almacenado riqueza sin cuento.

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Los leones de Correos

La costumbre de enviar recados escritos es antigua, pero sigue perfectamente viva. Desde que empezó, se ha inventado el telégrafo, el magnetofón, la radio, la televisión, el video, el teléfono, los mensajes de texto, los guasaps, los mensajes con voz e imagen, instantáneos, fáciles de crear… Nada de eso ha impedido que Correos siga moviendo cartas de un lado a otro.

Mi tía Gelines escribía cartas de letra picuda, azul, personales. Y otras a máquina, profesionales, las del negocio de mi abuelo. Verla hacerlo ya me aceleraba el pulso, porque un rato después me dejaría echarlas en la boca del león, yo levantado en vilo por ella porque me faltaba mucho para llegar estirando el brazo.

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El Machinero

En internet hay tanta información que resulta difícil pensar que no está toda. Y, sin embargo, muchas cosas relevantes no aparecen. Por ejemplo, sobre Jesús del Campo Zabaleta «el Machinero» solo hay unas pocas referencias indirectas, gracias a su libro sobre las Calles del Viejo Santander (Estvdio, 1999).

Pero no se dice nada de sus décadas cubriendo la información marítima para el diario Alerta. La información marítima no tiene mucha importancia, cierto, en los diarios de Palencia o Valladolid, pero Santander tiene puerto de mar y, oiga, en él pasan cosas: entran y salen barcos, y tal. Barcos que llevan dinamita, como el Cabo Machichaco; o armas, como los de ahora; o rubias. Hubo una época que los barcos traían muchísimas rubias, tan apreciadas que se las descargaba y trasportaba entre hileras de guardias civiles. Las rubias eran pesetas de cobre acuñadas en Chile, país donde este metal abunda, y fueron revaluándose a medida que la divisa se devaluaba, y al final una peseta rubia valía bastante más de una peseta, gracias al cobre que contenía. Hacerlas en Chile y enviarlas por barco a Santander ahorraba costes.

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Asaltar los cielos

Dédalo, el gran ingenioso, inventó el vuelo humano: hizo unas alas para escapar del laberinto que él mismo había diseñado para encerrar al Minotauro. Alas que mostraron ser perfectamente aptas para este cometido y dieron la libertad a su fabricante, pero que significaron la muerte para su hijo Ícaro que, no contento con superar las barreras terrestres, pretendió acercarse al sol.

Avisados estamos, por tanto, los humanos, desde antiguo, de que no es aconsejable tomar los cielos por asalto. Pero, como a tantos otros consejos, a este se lo desprecia con frecuencia.

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En la corte de Ronnie

Reg había ido a prisión por Ronnie. Y también George-Percival, Eric y Arthur: los cuatro preferían ir a la cárcel a que la corte quedara sin su dirección.

Ronnie era el padre de John le Carré, que hizo este descubrimiento, que sus compinches, sus cortesanos, habían cumplido penas de prisión en su lugar, tras su muerte. Pero desde mucho antes sabía que era un granuja: su madre le había llevado a visitarlo a la cárcel a una edad temprana, antes de los cinco años que tenía cuando ella los abandonó a él y a su hermano Tony. Recuerda ver su cabeza (que había vendido a la ciencia por 50 libras) a través de los barrotes, cumpliendo condena tras un juicio en el que se había defendido a sí mismo.

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El canto de los grillos

La poeta malagueña Chantal Maillard me regaló una vez una jaula para grillos que había traído de China, explicándome que allí los niños cazaban y enjaulaban estos animalitos. Me sorprendió mucho que lo contara de los chinos, habiendo hecho yo de niño eso mismo, como mis compañeros; y ella se sorprendió otro tanto cuando se enteró de esto. Desde entonces dudo si la costumbre es propia de cántabros y chinos nada más, o se practica en todo el mundo excepto en Málaga.

Sospecho lo segundo: los grillos hacen un ruido demasiado obvio como para que los niños los ignoren. El ruido lo producen deliberadamente frotando sus alas esclerotizadas, como reclamo para atraer grillos del sexo opuesto. El equivalente a la berrea, vamos. Solo que, con miles de intérpretes, el canto de los grillos puede ser bastante perturbador, como muestra la noticia de que la embajada de EEUU en Cuba evacuó a varios de sus componentes por sufrir «dolores de cabeza, problemas cognitivos, insomnio y pérdida de audición», efectos todos ellos provocados por los grillos. No queda claro si el canto era una grabación empleada por humanos como ataque, o simplemente que los animalitos se apareaban como lo han hecho siempre. 

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Qué será, será

Tenemos un año enterito para gastar. Eso es un capital. Es un buen momento para ser optimistas, así que seámoslo a fondo y pensemos que tenemos unos cuantos años para gastar. ¿Cómo puede ser el futuro?

Doris Day cantaba 'Qué será, será'. Era una niña que preguntaba a su madre: "Will I be pretty? Will I be rich?"

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El sudor de los gigantes

Los gigantes sudan de golpe. Tienes uno delante, tan fresco, y ves de pronto cómo se le empapa la camisa. Al momento siguiente está completamente seco. Miras para otro lado, y cuando vuelves a él lo encuentras otra vez hecho una sopa.

No conozco a ningún gigante. Lo más cerca que he estado de alguno fue durante los Juegos Olímpicos de Barcelona, en 1992. Salía de trabajar de madrugada, iba a pasear por las Ramblas que, entonces, a aquella hora recorría un gentío tan inmenso como el del mediodía o mayor, y desde lejos veías venir a un grupito de hombres que parecían andar con zancos porque se les veía la mitad superior del cuerpo sobresaliendo por encima de la multitud. Pero no iban con zancos: eran el Dream Team, la representación estadounidense en baloncesto. Cuando llegaban a un paso de peatones se paraban, como los demás, pero mientras esperaban apoyaban el codo con aire indolente sobre el semáforo.

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Sábado siglo XXI

Todavía no han dado las 10 de la madrugada del sábado y la autoridad competente advierte seriamente de que ya han pasado las lecheras.

—Todas, toditas —dice, clavándome una mirada que no presagia nada bueno.

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Poder o no poder

Richard Burton llevaba haciendo de Hamlet unas 60 representaciones cuando el gerente del Old Vic entra en su camerino:

—Esta noche hazlo especialmente bien. El viejo está en primera fila.

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