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Jesús Ortiz

Tras muchos años trabajados en empresas de comunicación, dirige la editorial milrazones, traduce libros regularmente y enseña en un máster internacional sobre gestión de industrias culturales.

El oficio de escribir en el siglo XXI

El soldado estaba inmovilizado en la cama del hospital, vendado de pies a cabeza. Le suministraban alimento desde una botella colocada en alto, a la que le unía una sonda. Otra sonda recogía el desecho por abajo y lo vertía a otra botella idéntica a la primera, situada bajo sus pies. A intervalos regulares una enfermera venía y cambiaba cuidadosamente una botella por la otra, invirtiendo su posición. Al cabo de unos días, y pese a la atención médica, el soldado murió.

Esto lo cuenta Joseph Heller en Catch 22, una novela favorita de millones de estadounidenses y de al menos un local, su seguro servidor, pero cuya traducción al español, Trampa 22, ha pasado sin pena ni gloria. Ya va un par de veces que me ha venido a la cabeza exactamente este pasaje mientras atendía encuentros especializados del mundo del libro. La última fue el pasado viernes 13, en Bilbao, donde se celebraba por sexta ocasión la jornada «El autor en el nuevo mundo de la edición», que la Asociación de Escritores de Euskadi celebra anualmente para ayudar a sus miembros (y a quien quiera asistir: es abierta) a entender los acelerados cambios que se producen en el mundo del libro. Cambios que nos afectan a todos como lectores, pero más aún a escritores y editores.

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Hamelín

Decía Vonnegut que los niños son la promesa de Dios de que el mundo va a continuar. Es cierto que Vonnegut no tomaba café con el Espíritu Santo con frecuencia, como hace el Papa de Roma, y por tanto puede dudarse de que la información le llegara de primera mano. Pero había estado en el infierno, y el diablo suele estar bien informado de los designios divinos.

Sí, los niños son una promesa de futuro. Así que es mala cosa que en Cantabria empiece el año lectivo con menos discentes en escuelas e institutos. Las cifras que indica el artículo (86.763 alumnos, 3.670 menos que el año pasado) señalan un descenso notable: la intensidad de la promesa de Dios se encoge a ojos vistas.

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Arturo Mora

La foto que abre esta tribuna es del concierto del 18 de mayo de 1968 en la Facultad de Económicas de la Universidad Complutense. Puede verse en muchos sitios sin firma; es hermana de la que apareciera en la portada del diario falangista SP y la hizo Juan Santiso. Este concierto fue, nos recuerda Antonio Gómez, el segundo que Raimon dio en Madrid; el primero había sido el año anterior en el Club de Amigos de la Unesco, y en él tomó fotos Manuel de Cos.

Hubo un tercer concierto, en febrero de 1976, que abarrotó el Palacio de los Deportes. En él Raimon preguntó por Arturo Mora Sanz, a quien no conseguía localizar, con el que tenía amistad por haber sido el principal organizador del concierto anterior, que acabó disuelto por la policía. Arturo era delegado de la Escuela de Ingenieros Industriales en el Sindicato Democrático de Estudiantes.

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La sorprendente vitalidad del libro viejo

En diciembre hará 25 años de que comprara Se oyen las musas, de Truman Capote, publicado en Buenos Aires en 1966. Es el relato del primer viaje de una compañía teatral estadounidense por la URSS, una expedición de la que Capote formó parte. Lo adquirí en una librería de viejo de la calle San Luis, casi esquina con Peñas Redondas, que ya no existe. Esta es una de las mejores experiencias que se pueden tener en las librerías de lance: encontrar un libro que uno desea ardientemente y del que no ha oído hablar antes en la vida. Pocos años después Muñoz Molina escribió sobre este mismo libro: a él le había pasado algo muy parecido, lo encontró sin conocer previamente su existencia.

Pero, además de esa posibilidad, hay más razones para visitar este tipo de establecimientos. Razones de dinero, sin ir más lejos. Fíjese: la vivienda más cara que se ofrece hoy en Cantabria puede comprarse por algo más de cuatro millones de euros. Si usted vendiera dos casas de ese precio y además tuviera un par de millones por ahí, podría adquirir un ejemplar de la Biblia de Gutenberg…, que no es el título más caro: por encima de él hay al menos una docena. Si tuviera dinero que quisiera conservar seguro, protegido de la devaluación ¿qué compraría: joyas, relojes, lingotes de oro…? Pues pregunte a un especialista y le dirá que, como activo para invertir, los libros son el tercer objeto más traficado, tras los cuadros y las esculturas.

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Coolidge contra los vampiros

Alguien tan cáustico como H. L. Mencken alabó al presidente de Estados Unidos Calvin Coolidge casi por no hacer nada. «Sufrimos más, no cuando la Casa Blanca es un pacífico dormitorio, sino cuando hay un cantamañanas berreando en su tejado […] El dr. Coolidge fue precedido por un Salvador del Mundo y seguido por dos más. ¿Qué estadounidense informado, teniendo que elegir entre cualquiera de ellos y otro Coolidge, dudaría un instante? Bajo su mandato no hubo emociones, pero tampoco dolores de cabeza. No tenía ideas, y no supuso ninguna molestia».

Hombre de pocas palabras, algunos historiadores sostienen que llegó a la presidencia por una única frase, pronunciada con ocasión de la huelga de la policía en Boston en 1919: «El derecho de huelga contra la seguridad pública no lo tiene nadie, en ningún sitio, en ningún momento».

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Ver a Dios en el tercer milenio

El conductor del autobús cobraba los billetes y devolvía el cambio correcto a cada pasajero, como siempre, pero ese día además les explicaba lo contento que se sentía de estar en el Cielo. Hizo lo mismo al siguiente: dos días estuvo oyendo voces divinas y angelicales. Cuando regresó a la Tierra, al mundo de todos, siguió convencido de haber estado realmente en el Cielo.

Su experiencia la cuenta con detalle un artículo del British Journal of Psychiatry, publicación que no figura entre mis lecturas habituales, pero que es citada por Oliver Sacks en un artículo con el mismo título del presente, recogido en su último libro (Todo en su sitio. Primeros amores y últimos cuentos).

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La cigarra, la hormiga y el pulgón: Esopo corregido y ampliado

Pingajillo. El muchacho que se volvió hormiga, de un tipo apodado Vamba, fue mi temprana iniciación a la mirmecología. El libro detallaba la laboriosa vida de las hormigas, que operan sobre todo en el sector primario: agricultura y ganadería. Como pastoras no tienen precio: cuidan de los pulgones, esa plaga de los rosales. Los acompañan a los mejores pastos por la mañana y luego los traen de vuelta a la cuadra, a su casa, el hormiguero. Luis Bertelli, Vamba, llama a los pulgones las vacas de las hormigas, y ciertamente los tratan como nosotros al ganado que nos da leche. Y los pulgones corresponden de modo parecido: se dejan ordeñar un líquido dulce que a las hormigas les gusta mucho. Las encanta.

Cuando leí Pingajillo no sabía nada de la relación entre hormigas y pulgones, pero ya estaba informado del carácter industrioso del insecto, gracias a «La cigarra y la hormiga», la fábula de Esopo. Cien veces nos la contaron; mil, quizás. Para que aprendas a apreciar a la hormiga trabajadora y despreciar a la cigarra gandula, que pasa el día cantando y disfrutando. La cigarra muere de frío y hambre en invierno a la puerta del hormiguero, donde la hormiga previsora ha almacenado riqueza sin cuento.

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Los leones de Correos

La costumbre de enviar recados escritos es antigua, pero sigue perfectamente viva. Desde que empezó, se ha inventado el telégrafo, el magnetofón, la radio, la televisión, el video, el teléfono, los mensajes de texto, los guasaps, los mensajes con voz e imagen, instantáneos, fáciles de crear… Nada de eso ha impedido que Correos siga moviendo cartas de un lado a otro.

Mi tía Gelines escribía cartas de letra picuda, azul, personales. Y otras a máquina, profesionales, las del negocio de mi abuelo. Verla hacerlo ya me aceleraba el pulso, porque un rato después me dejaría echarlas en la boca del león, yo levantado en vilo por ella porque me faltaba mucho para llegar estirando el brazo.

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El Machinero

En internet hay tanta información que resulta difícil pensar que no está toda. Y, sin embargo, muchas cosas relevantes no aparecen. Por ejemplo, sobre Jesús del Campo Zabaleta «el Machinero» solo hay unas pocas referencias indirectas, gracias a su libro sobre las Calles del Viejo Santander (Estvdio, 1999).

Pero no se dice nada de sus décadas cubriendo la información marítima para el diario Alerta. La información marítima no tiene mucha importancia, cierto, en los diarios de Palencia o Valladolid, pero Santander tiene puerto de mar y, oiga, en él pasan cosas: entran y salen barcos, y tal. Barcos que llevan dinamita, como el Cabo Machichaco; o armas, como los de ahora; o rubias. Hubo una época que los barcos traían muchísimas rubias, tan apreciadas que se las descargaba y trasportaba entre hileras de guardias civiles. Las rubias eran pesetas de cobre acuñadas en Chile, país donde este metal abunda, y fueron revaluándose a medida que la divisa se devaluaba, y al final una peseta rubia valía bastante más de una peseta, gracias al cobre que contenía. Hacerlas en Chile y enviarlas por barco a Santander ahorraba costes.

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Asaltar los cielos

Dédalo, el gran ingenioso, inventó el vuelo humano: hizo unas alas para escapar del laberinto que él mismo había diseñado para encerrar al Minotauro. Alas que mostraron ser perfectamente aptas para este cometido y dieron la libertad a su fabricante, pero que significaron la muerte para su hijo Ícaro que, no contento con superar las barreras terrestres, pretendió acercarse al sol.

Avisados estamos, por tanto, los humanos, desde antiguo, de que no es aconsejable tomar los cielos por asalto. Pero, como a tantos otros consejos, a este se lo desprecia con frecuencia.

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