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Jesús Ortiz

Tras muchos años trabajados en empresas de comunicación, dirige la editorial milrazones, traduce libros regularmente y enseña en un máster internacional sobre gestión de industrias culturales.

El peso de la tierra

Próceres augustos y sabios nos lo habían advertido: si el marxismo gobierna, hundirá el país. Así que cuando el lunes, seis días después de que Pedro Sánchez fuera elegido presidente en el Congreso, nos desayunamos con que un parque infantil en Nueva Montaña se había hundido sobre el aparcamiento de debajo, el corazón nos dio un vuelco: ya ha empezado.

El nuevo Gobierno de Madrid quiere subir el salario mínimo y las pensiones, en lugar de privatizar hospitales y vender viviendas públicas a fondos buitres, que es lo que hacen los buenos demócratas que respetan la Constitución: esto demuestra que el Gobierno de Madrid es radicalmente marxista.

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La ciudad revolucionaria

La bahía de Santander es muy bonita. Los santanderinos decimos que es la más bonita del mundo y nadie protesta demasiado, porque si hubiera algo de exagerado en la afirmación no sería mucho.

Las nubes y el sol se pasan el día jugando sobre ella y logran efectos de luz de lo más vistoso, resaltando un punto o toda una zona sobre los demás, siempre un punto o una zona distintos. Las embarcaciones que contiene van cambiando; los pesqueros son más, menos o ninguno, según se salga o no a faenar. A veces atraca un crucero o un buque militar. Y la recorren repetidamente barcos conocidos, de servicio (Agencia Tributaria, Guardia Civil, Protección Civil, remolcadores, práctico…) o privados, como el velero Bon Temps (segunda versión). La bahía es muy transitada; siempre puede verse alguna pedreñera cruzando; en temporada se suman las lanchas del Puntal, y durante todo el año es fácil divisar grupos de aprendices de navegantes en optimist con sus instructores en zodiac.

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A ciencia incierta

«Coged el tranvía hacia El mago de Oz», nos dijeron en la oficina de turismo de la plaza del Pilar, donde un grupo interpretaba con entusiasmo lo que debía ser la música popular de la tierra (sevillanas). Obedecimos una orden que nos pareció imposible: ¿al mago de Oz se llega en tranvía? En Zaragoza, sí. Nosotros no llegamos a Oz porque íbamos a Antígona, la librería que organizaba uno de los actos del foro «El Álbum en el Aula», dedicado a explorar la utilidad de esta clase de libros en la educación infantil. La edición de este año se llama «A ciencia incierta. Conversaciones acerca del libro álbum, la mediación lectora y el conocimiento del mundo».

Antígona no es Oz, pero cuando uno entra allí siente haber llegado a la tierra prometida. Todas las librerías son bienvenidas, pero en pocas uno se siente como en su casa, o más exactamente, como si en su casa pudiese tener casi todo lo que merece la pena leer en los próximos 40 o 50 años y lo que la ha merecido en los pasados. Y no es necesario tener un local enorme para eso (como más cerca de aquí demuestra Dlibros, en Torrelavega): lo que hace falta, sobre cualquier otra cosa, es pasión, amor por lo que uno hace.

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La clase de Ciencias Naturales

La mayoría de los enseñantes del Instituto no eran propiamente profesores, y García, el de Ciencias Naturales, no era una excepción. García era practicante. Los practicantes entonces iban por las casas para poner inyecciones. Llenaban de agua la cajita de metal que contenía la jeringuilla, empapaban en alcohol un trozo de algodón, le prendían fuego y sostenían con una pinza el envase sobre la llama hasta que el agua hervía. La misma aguja, así desinfectada antes de cada empleo, servía para todo el pueblo. El procedimiento aseguraba a los microbios una muerte científica, pero tenía todo el aspecto de un ritual mágico, lo que a no dudar multiplicaba la eficacia del invento de Alexander Wood.

García era alto y delgado, de unos 35 años, con bigote recortado, siempre de traje gris con corbata, y muy serio. No nos permitía ninguna confianza y no reía nunca. Fumaba mucho, aspiraba aparatosamente y echaba un enorme chorro de humo contra la mesa del profesor, frente a los veintitantos pupitres dobles, mientras nos tomaba la lección, actividad ejecutada con más frecuencia y dedicación que la de explicarla: la lección era estrictamente la que figuraba en el libro. García era un maestro en el arte del interrogatorio: si no sabías la respuesta a una pregunta se detenía ahí, fumando tranquilamente, mirando al tendido como dándote tiempo para que recordaras. Pero tú no podías recordar lo que no sabías y se creaba un silencio absoluto, denso, largo, ocupado por el espectáculo del enorme chorro de humo que salía de boca y narices del dragón, digo, del profesor de Ciencias Naturales.

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Guiños, gritos y susurros de Somontano

Apagar un ordenador es un acto banal. Casi todos lo hacemos a diario, sin darle importancia. Pero cuando en la película '2001: Odisea del espacio' el dr. Bowman apaga el de la nave espacial, el ordenador protesta. Siente cómo va perdiendo facultades a medida que el astronauta desconecta módulos y emplea su menguante inteligencia recordando quién es («I am a HAL 9000 computer») y se ofrece a cantar una canción que le enseñó su instructor en sus primeros tiempos. Bowman le anima a ello y HAL canta Daisy, con voz progresivamente desfalleciente: «Daisy, Daisy, give me your answer do. I’m half crazy all for the love of you». Hasta que calla.

Apagar un ordenador es un acto banal. Casi todos lo hacemos a diario, sin darle importancia. Es la voz lo que aporta al apagado de HAL emociones que lo equiparan con un asesinato. HAL no habla con la voz electrónica de otros ordenadores, habla con voz humana (la de Felipe Peña, en su versión española). Por tanto, sentimos nosotros, es humano.

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El idioma de los gatos

Ángelo Ponciano regentó durante años la librería que la editorial Icaria tenía en el 'Forat de la vergonya'. Él me habló por primera vez de El idioma de los gatos, de Spencer Holst. Conseguí un ejemplar, traducido por Ernesto Schóo y publicado en Argentina por Ediciones de la flor, que no se había reeditado recientemente.

Leí el libro y mi amigo Ángelo no había exagerado lo más mínimo: era maravilloso. Como dice Rodrigo Fresán en el prólogo, «La primera edición del libro tardó más de veinte años en agotarse y —sin embargo— fue un éxito fulminante. Se entiende por éxito el hecho de que cada persona que leía ese libro se convertía en una persona más feliz […]».

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Hay políticos generosos

Hace pocos años, cuando era la primera dama, me escribió Michelle Obama una carta muy amable, aclarando que lo hacía por orden de su marido. El presidente Obama tenía la necesidad urgente de transferir cuatro millones de dólares a mi cuenta corriente y necesitaba mis datos bancarios para hacerlo.

No voy a negar que me sentí halagado. Nada menos que el presidente de Estados Unidos había reparado en mi humilde existencia y para ponerse en contacto conmigo no recurría a un funcionario cualquiera de su administración, sino que le encargaba la gestión a su propia esposa.

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El oficio de escribir en el siglo XXI

El soldado estaba inmovilizado en la cama del hospital, vendado de pies a cabeza. Le suministraban alimento desde una botella colocada en alto, a la que le unía una sonda. Otra sonda recogía el desecho por abajo y lo vertía a otra botella idéntica a la primera, situada bajo sus pies. A intervalos regulares una enfermera venía y cambiaba cuidadosamente una botella por la otra, invirtiendo su posición. Al cabo de unos días, y pese a la atención médica, el soldado murió.

Esto lo cuenta Joseph Heller en Catch 22, una novela favorita de millones de estadounidenses y de al menos un local, su seguro servidor, pero cuya traducción al español, Trampa 22, ha pasado sin pena ni gloria. Ya va un par de veces que me ha venido a la cabeza exactamente este pasaje mientras atendía encuentros especializados del mundo del libro. La última fue el pasado viernes 13, en Bilbao, donde se celebraba por sexta ocasión la jornada «El autor en el nuevo mundo de la edición», que la Asociación de Escritores de Euskadi celebra anualmente para ayudar a sus miembros (y a quien quiera asistir: es abierta) a entender los acelerados cambios que se producen en el mundo del libro. Cambios que nos afectan a todos como lectores, pero más aún a escritores y editores.

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Hamelín

Decía Vonnegut que los niños son la promesa de Dios de que el mundo va a continuar. Es cierto que Vonnegut no tomaba café con el Espíritu Santo con frecuencia, como hace el Papa de Roma, y por tanto puede dudarse de que la información le llegara de primera mano. Pero había estado en el infierno, y el diablo suele estar bien informado de los designios divinos.

Sí, los niños son una promesa de futuro. Así que es mala cosa que en Cantabria empiece el año lectivo con menos discentes en escuelas e institutos. Las cifras que indica el artículo (86.763 alumnos, 3.670 menos que el año pasado) señalan un descenso notable: la intensidad de la promesa de Dios se encoge a ojos vistas.

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Arturo Mora

La foto que abre esta tribuna es del concierto del 18 de mayo de 1968 en la Facultad de Económicas de la Universidad Complutense. Puede verse en muchos sitios sin firma; es hermana de la que apareciera en la portada del diario falangista SP y la hizo Juan Santiso. Este concierto fue, nos recuerda Antonio Gómez, el segundo que Raimon dio en Madrid; el primero había sido el año anterior en el Club de Amigos de la Unesco, y en él tomó fotos Manuel de Cos.

Hubo un tercer concierto, en febrero de 1976, que abarrotó el Palacio de los Deportes. En él Raimon preguntó por Arturo Mora Sanz, a quien no conseguía localizar, con el que tenía amistad por haber sido el principal organizador del concierto anterior, que acabó disuelto por la policía. Arturo era delegado de la Escuela de Ingenieros Industriales en el Sindicato Democrático de Estudiantes.

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