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Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

La dificultad de ser príncipe de Dinamarca en África

Una interpretación de 'Hamlet' en el Teatro Kamikaze.

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En cierta ocasión, la antropóloga estadounidense Laura Bohannan trató de parafrasear Hamlet para una tribu de África occidental. Convencida de que «la naturaleza humana es más o menos similar en todo el mundo», optó por Hamlet al considerarlo un arquetipo universal fiable. Como es natural, todo esto sonaba muy bien sobre el papel, pero en la práctica Bohannan se topó con que sus oyentes planteaban objeciones a prácticamente la totalidad de las frases y realizaban interpolaciones que parecían fuera de lugar. Nos lo narra Bohannan:

—Polonio insistió en que Hamlet estaba loco, porque le habían prohibido ver a Ofelia, a quien amaba.

— ¿Por qué? —preguntó una voz desconcertada— ¿Por qué debería alguien hechizar a Hamlet por algo así?

— ¿Cómo? ¿Hechizarlo?

—Pues claro, sólo la brujería puede hacer enojar a alguien.

[...]

—Laertes regresó para asistir al funeral de su padre. El gran jefe le contó que Hamlet había matado a Polonio. Al oírlo, Laertes juró matar a Hamlet, por eso y porque su hermana Ofelia, al enterarse de que el hombre al que amaba había asesinado a su padre, se había vuelto loca y se había ahogado en el río.

—Y dale, ¿ya has olvidado lo que te dijimos? —me recriminó entonces un anciano—. Uno no puede vengarse de un loco; cuando mató a Polonio, Hamlet estaba loco. En cuanto a la chica, no sólo se volvió loca, sino que se ahogó. Sólo las brujas pueden hacer que la gente se ahogue. El agua en sí misma no puede hacer daño a nadie. Es simplemente algo que se bebe y donde uno se baña. [...] [por lo tanto Laertes] mató a su hermana con brujería, ahogándola para poder vender secretamente su cuerpo a las brujas.

Al final, el anciano de la tribu pierde la paciencia con los «errores» de Bohannan y se hace cargo de la narración, concluyendo:

—Podéis contarnos más historias de tu país, y nosotros, que somos ancianos, os instruiremos sobre su verdadero significado, para que cuando volváis a vuestra tierra vuestros ancianos vean que no habéis estado sentados en mitad de la selva, sino entre los que saben cosas, y que éstos han compartido su sabiduría.

Estaba leyendo Simpatía por el traidor. Manifiesto por la traducción, de Mark Polizzotti (lo último de Trama Editorial, traicionado por Íñigo García Ureta), e iba tomando notas con vista a escribir algo sobre la traducción, una actividad que he ejercido esporádicamente durante 40 años. Hasta que llegué al capítulo 5, que empieza con la historia que usted acaba de leer: aquí solté la carcajada y aparté el cuaderno de notas; ya veré si lo recupero cuando acabe de reírme.

Lo que hace gracia en primer lugar es descubrir lo parecidas que son las sociedades en algunos aspectos. Porque nosotros tenemos muchos personajes como los ancianos africanos, curas, tertulianos o simples aficionados, muy dispuestos al ejercicio propuesto: cuénteme usted lo que le pasa y ya le digo yo lo que tiene que pensar sobre ello.

La siguiente reacción es más de sorpresa que de risa. Los parentescos están firmemente establecidos en sitios diversos, por eso podemos traducir sin problemas términos como cuñado, suegra, sobrino… Sin problemas, claro, mientras no salgamos del área de la cultura occidental. Pero apenas se cruza el estrecho de Gibraltar, por no ir más lejos, la cosa cambia. El islam permite que un hombre case con cuatro mujeres. Cualquier persona llamará madre a la suya, pero ¿cómo se dirige a las otras tres mujeres de su padre? ¿Qué parentesco une a las cuatro entre sí, y con los hijos de las otras? Con seguridad los lenguajes de países islámicos tienen términos para designarlos, pero ¿cómo podemos traducir a idiomas occidentales cosas que no existen en Occidente?

Más allá del islam hay (o había, al menos) sociedades donde una mujer puede tener varios maridos. En otros sitios la relación de alguien con su padre es muy débil, mientras que tiene gran importancia la que se establece con el hermano de su madre. Etcétera: precisamente los antropólogos, tras algunos viajeros, nos han explicado todo esto.

Entonces ¿cómo se le ocurre a una antropóloga pensar que Hamlet es un texto que pueden entender los miembros de una tribu africana? Porque en esa obra el parentesco ocupa un lugar central, ineludible, que resulta necesariamente incomprensible a quien no comparta los supuestos culturales sobre los que se asienta.

En mi opinión, una tribu ajena a la civilización occidental, que no supiera de la existencia de la corriente eléctrica, entendería bastante mejor que Hamlet el manual de una lavadora doméstica. Porque, además de la distancia cultural, hay críticos que han calificado a esta obra de Shakespeare, junto con Edipo en Colono, como la más enigmática de la literatura universal: a nosotros mismos nos cuesta entenderla.

Consulto con mi antropólogo de cabecera, que se llama Carmen y es librera en La Vorágine (cuando se extinguieron los negros cazadores-recolectores los antropólogos dejaron de ir por ahí y se desparramaron entre nosotros), y conoce perfectamente el caso; me enseña una versión más amplia incluida en su manual de antropología cognitiva y simbólica. Según Carmen, y para mi sorpresa, fue esta historia de Laura Bohannan la que enseñó a los antropólogos la imposibilidad de emplear el parentesco como puente para entenderse con culturas dispares. Las sociedades nos parecemos mucho en disponer de personajes como los ancianos africanos, muy dispuestos a interpretar cualquier cosa que excede sus posibilidades de comprensión con arreglo al limitado juego de reglas que conocen, y a pretender imponer esa interpretación como la única verdad. ¿Pero en el parentesco? En absoluto; en este aspecto las sociedades difieren, en cuanto damos un paso fuera de los límites de la nuestra las reglas cambian, a veces radicalmente, y se necesita un entrenamiento cuidadoso para comprenderlas.

La tercera y, por no aburrir, última cosa que me llamó la atención del fragmento citado al principio, fue que a Polizzotti, hombre culto e inteligente, como su muy interesante Simpatía por el traidor atestigua, le pareciera adecuada la elección de Hamlet para llevar a la tribu africana: «Como es natural, todo esto sonaba muy bien sobre el papel», dice.

Creo que esto ilustra el modo de leer del traductor. El del traductor, no hace falta decirlo, es un desempeño nunca fácil: quien lo probó lo sabe. Quien traduce un libro de cierta envergadura tiene que aceptar de partida que en su trabajo quede algún error de mayor o menor importancia, además de muchos párrafos mejorables (incluso por él mismo, con tiempo por medio) que podrán achacársele. Centrándose en su tarea, pues, todo el tiempo se pregunta «¿cuál es la mejor manera de verter esto al idioma de destino?», dejando de lado completamente cualquier otra cuestión que podría ocurrírsele a un lector casual. Por ejemplo, la coherencia o la idoneidad de lo que el autor está diciendo. El traductor se centra en las palabras obsesivamente, trabaja sobre ellas. Y esto, quizá paradójicamente, puede llevarle a ignorar parte de las implicaciones de una comunicación dada.

En el mismo Simpatía por el traidor aparece señalada esta cuestión, en un pasaje tan revelador como hermoso. Un profesor estadounidense entiende al revés una conversación con colegas japoneses. Cuando estos se percatan, le explican el problema: ha comprendido perfectamente todas las palabras, pero ninguno de los silencios. 

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