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Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

La culpa de todo

La artista japonesa Yoko Ono.

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El titán Prometeo creó la humanidad a partir de arcilla, y después le proporcionó el fuego, robado a los dioses. Desde entonces hemos jugado a Prometeo infinidad de veces; hemos imaginado y en ocasiones construido una multitud de humanos artificiales. Pero nuestro incompleto dominio del fuego los hacía imperfectos. El hombre de palo, de Toledo, que excluía totalmente el empleo del fuego por las misma obvias razones que el Pinocho de Gepeto; el monstruo de Frankenstein, que solo lo usaba en el momento crítico de cobrar vida, en forma de rayo. El golem…

Tras Mary Shelley fue Frank L. Baum en El mago de Oz el que creó un humanoide por un procedimiento parecido, sin rayo porque ya estaba vivo antes. El hombre de hojalata que recluta Dorita para su pequeño ejército de desheredados era un leñador corriente, llamado Nick Chopper, antes de ser de hojalata. La Malvada Bruja del Este encantó su hacha para que no pudiera casarse con su enamorada, y el hacha iba cortando los miembros del pobre Nick uno a uno. Un lañador iba reemplazándolos por otros construidos con hojalata, pero olvidó ponerle corazón, y por eso Nick ya no podía amar a la chica. Iba a la tierra de Oz a procurarse uno nuevo.

Esta historia siempre me recordó a la Telefónica. Cuando yo era niño las llamadas de teléfono le llegaban a una telefonista, una chica que preguntaba con quién querías hablar, y metía una clavija en el agujero correspondiente para que pudieras hacerlo: «Le pongo», decía.

Telefónica fue sufriendo multitud de hachazos, cada uno de los cuales se llevaba una telefonista de carne, sustituida por quincalla mecánica que seguramente hacía algo parecido a meter una clavija en un agujero.

Pero el dominio completo del fuego había empezado mucho antes, con Volta, Faraday y demás, ya en el siglo XIX. Habían ido apareciendo diodos, baterías, transistores…

Así que la siguiente fase en la historia de la telefonía fue la sustitución de los artilugios mecánicos por la electrónica, el fuego debidamente dominado. Primero, las centralitas; pero a medida que se iba aprendiendo, cada vez más aparatos y más pequeños. Ya no solo para las empresas, también para particulares, y progresivamente para todo hijo de vecino.

La cumbre de este desarrollo fue el esmarfon. Es el más perfecto de todos los humanoides y bastante barato. Los chinos fabrican millones que venden por todo el mundo, hasta el punto de que ahora mismo hay más unidades funcionando que personas vivas en la Tierra.

De hecho, sospecho que, sin decírselo a nadie, China está consiguiendo darles cierta inmortalidad a sus ciudadanos, que serían así los más afortunados del mundo. Cuando uno muere lo entierran, claro, pero el contenido de su cerebro lo transfieren a un teléfono, de modo que el ciudadano chino sigue en cierto modo viviendo allí, con sus recuerdos y sus conocimientos. Por eso son tan listos nuestros esmarfons. Tan listos y tan personales, porque es obvio que tienen carencias y fobias propias. Quienes los habitan ya vivían antes, como el hombre de hojalata.

El mío, por ejemplo, tiene una idiosincrasia peculiar con la que tropiezo a diario. Hace poco me pidieron una foto y traté de obtenerla por el camino más rápido, haciéndome un selfie (que es como se llaman ahora los autorretratos de andar por casa). Aparece mi cara en la pantalla e inmediatamente el teléfono opina: «Varón, 75 años». Pero, ¿a ti quién te ha preguntado nada, imbécil? Que el habitante de mi teléfono sea chino seguramente explique que me eche mucha más edad de la que tengo, pero ¿no podría haberme tocado un chino más educado, que se reserve su opinión?

Aparte de poco educado, es decidido partidario del capitalismo. ¿Que cómo lo sé? Pues por el texto predictivo, eso de sugerirte lo que vas a decir a partir de lo que empiezas para ahorrarte teclearlo. La idea es buena, pero claro, depende del chino que te toque. El mío es cariñoso: cada vez que escribo «Te…» con la intención de seguir «…mando una foto» o «…paso su contacto», me propone indefectiblemente «… quiero». Bueno, no le hago caso y ya está, pero hay que andar con ojo, no vaya a declarar mi amor a un asesor fiscal, por ejemplo.

Por esa proclividad textual (que podría derivar en promiscuidad sexual si relajo la vigilancia de mi humanoide) sé que es partidario del capitalismo. Resulta que vamos con frecuencia a un bar que por razones históricas llamamos «el comunista». Pues cada vez que escribo «Estamos en el co…» o «Nos vemos en el co…», algo que hago prácticamente cada día, es capaz de proponer cosas como «… razón de las tinieblas», o «… gollo del mundo», y hasta «…ño de la Bernarda». ¿Pero «comunista»? Ni a tiros.

Por cierto, tampoco tendríamos tiros sin Prometeo. ¿Ve cómo tenía razón? De él vienen nuestros males. Qué manía de echarle la culpa a la pobre Yoko Ono, oyes.

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