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Elisa Beni

Con 23 años fui la directora más joven de un diario español y ahora escribo en el diario más joven. En medio he pasado por decenas de redacciones y aún así sigo amando el periodismo. Ahora vivo este periodo decisivo como analista y comentarista en Las Mañanas de Cuatro,El Gran Debate de T5, Julia en la Onda de Onda Cero, "Tiempo" y allí donde quieran una voz que cree en lo que dice.

La fractura judicial

La insólita huelga que han llevado a cabo de forma conjunta esta semana jueces y fiscales no ha acaparado el prime time. No era aún suficientemente disruptiva y las leyes de la noticia y del interés son implacables. No por ello ha sido un fracaso. Hay que conocerlos un poco para valorar lo difícil que les ha sido llegar a la unidad en la convocatoria por parte de todas las asociaciones judiciales y fiscales.

Alrededor de un 60% de los jueces españoles la secundaron. No molestaron mucho, de momento, aunque no hay datos exactos de suspensión de juicios y diligencias porque el Ministerio ya se ocupó bien de mover sus hilos -la dependencia directa de los letrados de Gobierno de los TSJ- para que fuera más difícil saberlo. A marrullerías y zancadillas no hay quién le gane a Catalá. No ha dudado ni en atacar a la independencia judicial ni en amenazar con el espantajo de los cotilleos que le cuentan. Hacer algo de provecho, eso es otra cuestión.

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Los tiempos desquiciados

Vivimos tiempos desquiciados, dislocados, fracturados y ni siquiera tenemos un Hamlet cuya suerte le aboque a remediarlos. El tiempo se ha abierto y se traga en su sima la razón y la templanza. Absorbe el discurso lógico y despide vaharadas de emoción irracional. Es muy difícil romper ya la costra de esa lava rugiente que inflama más que calma y que anega el discurso cegándolo. Ni un príncipe de una lejana y podrida Dinamarca podría conseguirlo. 

En los tiempos dislocados, los discursos aparentemente llenos de sentido común pero vacíos de principios y de lógica hacen fortuna. Las arengas de lo aparente, de lo que se dice evidente, de las fórmulas mágicas, firmes y decididas para problemas que no tienen ninguna solución fácil ni clara ni evidente ni inmediata son la pócima del éxito. Cierto es que tales soluciones son sometidas al nigromante demoscópico y al augur de las urnas. Y así a los complejos retos de un tiempo que apenas llegamos a comprender, tal es el misterio de todo nacimiento, se oponen ocurrencias que ni siquiera respetan la lógica de las normas que nos dimos y que aún no hemos sido capaces de transformar siquiera en otras más acordes a los tiempos.

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El naufragio de Llarena

No cabía esperar otro fin que no fuera el naufragio para una singladura instructora tan errática, anómala y voluntarista como la llevada a cabo por Llarena. Ya tenemos el primer pecio: la euroorden belga. No es lo mismo creer que el fin último de preservar la unidad de España soportará todos los medios, incluso los irregulares, en un país cuyos altos tribunales tienen un nivel de sumisión a la llamada Razón de Estado inaceptable, que intentar que ese trágala funcione también en el resto de Europa. No se trata de ningún manejo extraño ni de estados hostiles ni de nada de lo que nos van a argumentar ahora, sino de que las anomalías en esas euroórdenes con freno, marcha atrás y regreso no son digeribles por nadie que no esté dispuesto a supeditar la ley a los deseos, por muy patrióticos que estos sean.

La fiscalía belga ha acabado por presentar los mismos argumentos que las defensas de los ex consellers porque el cenagal procesal en el que Llarena ha sumido el procedimiento no admite mirar para otro lado. En su informe, los fiscales belgas desgranan con indisimulado estupor las incongruencias y renuncios, por no decir falsedades y contradicciones, que los reclamantes españoles han ido poniendo sobre la mesa de la Justicia belga. Dejan claro que no se trata de cuestiones formales de la euroorden, como que esta sea incompleta o que contenga alguna inexactitud o falta de claridad, puesto que la jurisprudencia belga ya establece que eso no sería un motivo para denegar la ejecución de una orden europea de detención y entrega. No, la cuestión va más allá. La Fiscalía deja claro que es preciso que la autoridad judicial belga verifique si la orden de detención ha sido emitida por una autoridad judicial, si procede efectivamente de esa instancia judicial y si, ATENCIÓN, la orden está precedida de una orden de detención nacional. “Si no se cumplen estas condiciones, la orden de detención europea no es regular y, por lo tanto, no se puede ejecutar”. Lo que está claro es que un auto de procesamiento no tiene en ningún lugar ni de dios ni del diablo el valor de una orden de detención “y por lo tanto no puede constituir una base válida para ejecutar la euroorden”.

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De los bosques y los nabos

Me temo que otra vez nos la están colando. A las feministas en general y a todos en particular. Ya han conseguido engañarnos con los árboles. He oído respiros de alivio por la negativa de algunas catedráticas a integrarse en la Comisión de Codificación para un ratito y he visto que algunos hombres les han secundado para conseguir una comisión paritaria. Lo aplaudo, pero son los árboles. ¿Qué coño nos importa la Comisión de Codificación para todo lo que hemos reivindicado las mujeres en la calle y en los medios? Nada. Son los árboles. Los árboles con los que intentan tapar aprisa y corriendo el verdadero bosque, el bosque de nabos del poder. La Comisión de Codificación es una filfa. Una cosa inventada por el Ministerio que da prestigio a 20 cátedros, varones por supuesto, y que no ha sido llamada en un cuarto de siglo para consultarle nada. Todas las leyes penales hechas en veinticinco años se han hecho sin ni siquiera consultarles. Poder, cero.

No, que no nos tapen el verdadero bosque de nabos, el que concentra el poder y es origen y fuente de toda la jurisprudencia sobre los delitos sexuales que a la mayoría nos inquieta o nos escandaliza. La Sala de lo Penal del Tribunal Supremo, ese es el sancta sanctorum en el que la alquimia del patriarcado dirime nuestra libertad sexual. Quince nabos como quince soles durante toda la vida de Dios, hasta que hace muy poco llegó una única mujer. Eso es lo que hay que cambiar. Ese es el objetivo y no la Comisión fantasma que sólo existe tras el dedo poco inocente de Catalá (¡que le cesen de una vez, por favor!).

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Se está liando

Se está liando ahí fuera y nosotros, como siempre, distraídos con nuestras cosas, que ni siquiera son tales cosas sino meros casos. Nuestro aislacionismo, nuestro aldeanismo, no se sabe si es genético o sobrevenido. Nunca estaremos seguros de si nos adaptamos, como organismos en perpetua evolución de la especie hispánica, a la dinámica a la que nos forzó el dictador o si es que constitutivamente estamos programados para pretender vivir fuera del pulso de la historia, ajenos a los acontecimientos más relevantes, como si estos y sus consecuencias no fueran a alcanzarnos de plano igualmente, con la agravante necesaria de nuestro estupor por la sorpresa. 

Pensamos tan poco en lo que deberíamos que aún no nos alcanza para darnos cuenta de si es la pobreza intelectual y de miras de nuestros dirigentes la que nos sume permanentemente en debates estériles, fútiles y vanos o si somos nosotros y nuestra frivolidad inherente los que hacemos que nuestros estadistas se alejen de los focos de interés real y de las tendencias geopolíticas y tecnológicas que van a cambiar el paisaje y hasta el paisanaje. Aquí, como es sabido, los países, las ideas, los problemas, sólo nos sirven como triunfos de bastos para arrearle al oponente en algún empeño absurdo. Alguien nos atizará con Austria en pleno rostro para demostrar sus tesis sobre la inviabilidad de las pensiones o refregaremos al que se tercie con la experiencia finlandesa sobre la renta universal básica. Estados Unidos es un campo más amplio y lo mismo nos servirá para apuntalar cualquier teoría neoliberal sobre la educación o el negocio como para estacar al represor que pretende que quemar una bandera o pitar un himno debe arrastrarnos a presidio, quien sabe si como peligrosos criminales.

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De la vileza y la impotencia

Ya está. Lo han conseguido. Conmigo y con miles más. He visto lo que no quería ver y me han obligado a saber lo que siempre evité. Llevo meses trabajando en los platós con personas que conocían la identidad de la víctima de La Manada y ninguno intentó desvelármela ni yo propicié que lo hicieran. No quise ver fotos tomadas durante la vista. Nadie me ofreció ver nada que yo hubiera rechazado ver. Pero, ya está. Esta madrugada, sin que yo lo buscara, sin mi consentimiento, han dejado en mis canales de comunicación con Internet la filiación, la foto y otros datos personales de la víctima de un delito junto con una vomitona de palabras. Ya está. El mal está hecho. Si yo, que tantas oportunidades tuve y tanto me apliqué para que su intimidad no fuera también violada, no he podido evitarlo, eso significa que el daño está hecho y que un número indeterminado de personas, muy grande, muchas de las cuales serán de su entorno, saben a estas alturas su identidad y la estarán juzgando no ya en un cuestionable ejercicio teórico sino en primera persona.

Me siento indignada y cabreada y dolida. Tengo que decir en voz alta que acaba de quedar manifiestamente claro que la Justicia no es capaz de proteger a sus víctimas. No se crean que me desayuno ahora con esta cuestión, pero esta víctima era un icono, un emblema, un símbolo. Sobre ella se desplegaron todos los decimonónicos sistemas de protección que una anacrónica Ley de Enjuiciamiento Criminal es capaz de desplegar. Más allá de los biombos, se ensayó la vista cerrada y se bloquearon las pruebas. Mucha gente ha sacado un cuestionable pecho, en público y en privado, afirmando que habían accedido a pruebas claves del proceso como los videos. A mí me asegura el tribunal que los videos del caso sólo los tiene el juez instructor y la Audiencia de Navarra y que las partes sólo los han podido visionar en sede judicial y en presencia de quien podía dar fe pública de que no fueran copiados ni grabados de forma alguna. Desde allí me decían ya durante el juicio: “al 99% que nadie tiene los videos, aunque sí fotogramas de un informe policial de más de 300 folios sobre el contenido de los videos que las partes han pasado a algunos periodistas”. A pesar de ello nunca se identificó a la víctima.

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A los monstruos no mirar

Hace mucho tiempo que sabemos que Los Simpson son el Nostradamus de nuestra época. Casi todas las historias han sido contadas, casi todo ha sido avanzado en la serie. Como modernos Julio Verne nos ofrecen soluciones para todo tipo de problemas fruto de un futuro que ya intuían. Lo que sucede en Internet con las mujeres y, precisando más, lo que está sucediendo estos días como reacción a las protestas y a las voces que se han alzando para clamar por el respeto a nuestra libertad sexual y por el fin de las estructuras que nos convierten en víctimas o sospechosas, ha terminado por recordarme a un capítulo en el que la feminista Lisa nos daba una solución que ya se me antoja insuficiente. En él, la pequeña amarilla interpretaba junto con Paul Anka la canción: "A los monstruos no mirar". Los monstruos.

En la noche del martes al miércoles, sendos hilos en las webs Forocoches y Burbuja.info publicaron datos personales de la víctima de 'la manada'. Su nombre, sus dos apellidos, alguna foto y su perfil de Linkedin. Se trataba de una venganza por denunciar, por acusar, por pedir Justicia. No es la primera vez que lo hacen. Lo llaman CSI y consiste en poner a miles de foreros a buscar pequeños datos y detalles que, cruzados, les permiten llegar a la identidad. No lo han inventado ellos. No son precisamente listos. Lo han copiado de otros foros igual de nauseabundos. "Esta bien que tengamos esto para presionarlas y que dejen en paz a los jueces. Ahora depende de ellas y de cuanto les importa la chabala (sic) que ya te digo que nada pero bueno".

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Rafa, desencadenado

Hace tiempo que el Notario Mayor del Reino andaba desatado, desencadenado, entre justiciero y matón, como si buscara que le fichara Tarantino. Una vez más ha ido demasiado lejos, pero esta vez lo ha hecho en términos tan prístinos, tan indiscutibles y tan inaceptables que puede que haya logrado romper las cadenas que le aferran al poder de forma definitiva.

Y lo ha hecho porque ha pretendido ponerse al frente de una manifestación que no es la suya, porque se ha querido poner una medalla que no le corresponde y porque para ello ha pisoteado como un gañán la línea más gorda, más roja y más peligrosa de las que su tarea tiene como límite. Estoy encantada de ver todas las cosas que las mujeres, y todos aquellos que luchan por la igualdad y la justicia, podemos conseguir, pero ya aviso: lo de Rafa no tiene nada que ver con una sentencia o un voto particular o nada similar. Lo de Rafa tiene que ver con que queriendo apropiarse de las banderas de otras con una clara finalidad electoral, se ha pasado de frenada y se ha inmiscuido tanto en el ámbito vedado de otro poder del Estado como en la intimidad de un magistrado concreto y lo ha hecho además como el cuñado que es, de una forma tan baja y rastrera como la utilizada con Cifuentes. A ella le reventaron el hígado político, que ya cursaba al borde del colapso, de un golpe de miseria, de mafia y de ilegalidad. Todo queda en casa.

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A los jueces les da un ataque

A veces las gentes sufrimos un ataque de cuernos personal, profesional o vital. Los jueces, sin embargo, tienen a veces ataques de potestas. Les acaba de dar uno. Es una de las cuestiones que nos deja la resaca de la sentencia de La Manada que tantas y tantas cosas ha removido. Ya les he dicho que no comparto el volcado de las justificadas iras de las mujeres sobre un tribunal o una judicatura que, presentando problemas, no es la causa principal de las disfuncionalidades que de forma mayoritaria e indignada sentimos muchas personas y no sólo las mujeres. Aún así, tengo que aceptar que mucha de esta rabia secular contenida se ha desbordado en las plazas, frente a los ministerios y los tribunales y ha apuntado con el dedo directamente a los jueces. Ellos también lo han notado, pero me temo que se han quedado mirando al dedo, en pleno ataque de potestas, se han puesto tensos, rígidos, en modo poder y se han olvidado de hacerse las preguntas más obvias. Les cuento.

Yo siempre he sido una curiosa incontinente y cuando era joven y estudiante lo era en grado temerario. A solo pasillo y medio del aula en la que cursaba la carrera que elegí y que amo, daba clases aún uno de los míticos romanistas que ha habido en este país, don Álvaro D’Ors, a quien nadie hubiera osado quitarle el don. Hijo de Eugenio d’Ors, era ya un mito en sí mismo. Tanto oír temer, sufrir, elogiar y admirar a mis compañeras de colegio mayor sus míticas clases de Derecho Romano, me colé más de una vez con ellas a oír al maestro. El mito no defraudaba. Pues bien, don Álvaro era un prodigio de saber y de pedagogía y explicaba a las mil maravillas todo lo que quería, pero tenía predilección por el tema de la auctoritas y la potestas. Tanto que, como a todos los sabios, se le podría resumir en pocas palabras diciendo que la auctoritas consiste en la posición que se deriva del saber socialmente reconocido y la potestas, la posición que se obtiene del poder socialmente reconocido. También se aprendía de él que dictar una sentencia es pura auctoritas porque para dictar una sentencia no hace falta el PODER sino el SABER. Los jueces, al percibir en los gritos de las mujeres que pierden la auctoritas han sentido una necesidad imperiosa y corporativa de mostrar el músculo de la potestas en un gesto equivocado y que tampoco calma nada la inquietud de los que reflexionan sobre lo que nos está sucediendo como sociedad.

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Por la calle de en medio

Me declaro fuera de toda manada. De las que agreden y de las que pretenden que la Justicia sea hecha en las plazas. No encuentro otra forma de abordar este asunto que desde la serenidad y la razón. Voy a contarles lo que he visto en esa sentencia que ayer inflamaba al país, a muchas mujeres del país, y que lo hacía precisamente porque se ha querido que la voz de la víctima, o sus silencios, fueran tenidos en cuenta con toda la fuerza de su denuncia. Puede parecerles un contrasentido, pero no lo es y esta es la debilidad de la sentencia.

En la resolución Sección Segunda de la Audiencia Provincial de Navarra se retrata con toda claridad un tribunal dividido, quebrado, fracturado, hasta un punto que es difícil ver en la práctica forense. Veo un tribunal que ha sentido la presión social hasta el punto de verse quizá inconscientemente forzado a emitir una sentencia de cerca de 400 folios para un asunto que, en principio,no precisaría de tantos. Muchos de ellos están dedicados a reforzar una posición que es un equilibrio, más inestable que estable, incluso desde el punto de vista técnico. Veo un voto particular que casi es una acusación de prevaricación hacia sus compañeros, algo inusitado, por su virulencia, por las descalificaciones jurídicas que hace de ellos sin un ápice de respeto o siquiera de educación.

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