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Opinión - Valentía en tiempos de guerras. Por Rosa María Artal

Consumir preferentemente antes del 12/06

Pedro Sánchez y Carles Puigdemont en el Parlamento Europeo, en una imagen de archivo.

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Es peligroso tener razón cuando el gobierno está equivocado

Voltaire

El doce de junio es la fecha fija para atisbar si la legislatura y el Gobierno progresista se sostienen o si saltan por los aires. No hay otro análisis posible y, por mucho que no lo digan, en Moncloa lo deben tener clarísimo. No tiene otro sentido el repetir una y otra vez que quedan tres años de legislatura que se completarán –nunca se oyó a un Gobierno repetir tanto que podrá cumplir su mandato–, como si además de convencer y convencernos quisieran convencerse ellos mismos. Todo el que objetivamente ve el panorama contiene el aliento: los de izquierda y los de derechas. Por eso todo está en un impasse evidente. No hay nada que hacer en política interior hasta que se desate ese nudo gordiano, y quien tendrá la espada para hacerlo será, por supuesto, Carles Puigdemont. Así que nos dedicamos a la geopolítica. No está mal aunque eso no mejorará una situación peligrosa.

Que la presidencia de Sánchez depende de que Puigdemont consiga ser Molt Honorable President lo saben hasta las piedras, que, como es sabido, siempre callan. Así que la actual situación política debe ser consumida preferentemente antes del 12 de junio, fecha en la que se producirá la sesión de investidura en el Parlament y se conocerán los resultados de las europeas; las vascas, para lo que hablamos, no computan. Fue la convocatoria de las elecciones catalanas la que dinamitó los marcos y entró en una dinámica endiablada tanto para ERC, responsable del adelanto, como para los socialistas. Así que todo está en suspenso. Calma tensa con difícil solución porque el triunfo de Illa, tan ansiado anteriormente, se ha convertido en un caramelo envenenado.

Veamos lo que no puede sino ser visto. Puigdemont se presenta porque su siguiente objetivo –más allá de referéndum o no referéndum que él sabe que es un camino improbable y en todo caso largo– consiste en restaurar la situación anterior a la aplicación del 155, es decir, en volver a ser president del Govern de Catalunya. A tenor de las encuestas, a Junts no le ha sentado mal a pesar del porvenir magnífico de Salvador Illa. Lo que antes se veía como la esperanza de Sánchez de conquistar un triunfo electoral y una baronía importante ha devenido ahora en una espada de Damocles. Si Illa ganara y aspirara a ser president, solo o con el apoyo de ERC, Puigdemont dejaría la política, lo ha dicho, pero sobre todo los siete votos de Junts se volverían inalcanzables para Sánchez. Con amnistía y sin Generalitat, Sánchez ya no le sirve para nada. Esa es la situación real. Que no les vengan con lo de que Junts no puede querer que gobierne el PP. Es más cierto que en esas circunstancias no sólo retiraría el apoyo sino que podrían incluso abstenerse en una eventual moción de censura presentada por Feijóo, tras la que se convocarían elecciones generales. No es política ficción, son cosas que se hablan en los reservados o a través de los batzokis.

La opción de un triunfo de Illa no es buena para las expectativas progresistas nacionales. Paradójicamente, que Illa no gobierne en Catalunya es la opción menos mala para la coalición. Tampoco es una posibilidad que redunde en una seguridad absoluta, porque un Gobierno independentista –Junts con apoyo de ERC– sería un jardín inextricable; por eso digo que es la menos mala. Hasta lo de cómo se gestiona por los socialistas un golpe electoral en las europeas parece un juego de niños comparado con este problema catalán casi irresoluble. Y es que un PSC en la oposición, así como haciéndose un Arrimadas, tampoco aseguraría con Junts la estabilidad de la legislatura, aunque, obviamente, ofrecería alguna oportunidad. Lo contrario es de implosión inmediata.

No es el análisis más optimista pero sí parece el más realista. No veo cómo desarrollar un hipótesis viable diferente, que no sea pensar que Puigdemont, aunque se quede en la cuneta, va a dejar de contar y que sus siete votos van a seguir apoyando al Gobierno sólo por miedo a la llegada de la derecha. No veo cómo esa posición puede sostenerse, la verdad, mucho menos sabiendo de las cuchipandas entre la derecha nacionalista vasca y catalana que se vienen sucediendo. Son la derecha, no lo olviden, y compiten directamente con la izquierda nacionalista. Ese es el problema, más allá de las divergencias entre las facciones que integran Sumar por los puestos en las listas y mucho más allá de que Pablo Iglesias se haya plantado en Euskadi a pretender que Bildu le dé la patada a Sánchez. Ningún miedo a que le hagan caso, la verdad.

Yo lo que observo es cómo los círculos de poder, de todo signo, contienen el aliento. Saben que el 12 de junio no es una fecha cualquiera. Unos porque pueden perder lo que tienen y otros porque atisban una posibilidad de alcanzarlo. Todos, en realidad, trabajan con la vista puesta en esa fecha que puede resultar de caducidad. Estoy abierta a cualquier otro análisis, siempre y cuando sea realista y no posibilista, y para ello es necesario no partir de premisas que no se sostienen.

“No me pidas que no piense en voz alta por mi bien (...) Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Y lo cantaba un catalán, qué bien traído. 

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