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Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Paisano con mascarilla tocando el piano

Una sanitaria camina de vuelta a casa tras una jornada de trabajo.

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Ya hace años que los teléfonos móviles nos permitieron a todos ser fotógrafos y camarógrafos. Las redes sociales nos han convertido en autores y editores. Así que todos los días ofrecemos y se nos ofrecen ingentes cantidades de grabaciones sobre los más variados asuntos que tocan toda la gama de las emociones, apreciados por públicos de lo más variopinto, y con importancia diversa, desde lo banal hasta lo trascendente.

Algunas se convierten rápidamente en virales (adjetivo este, viral, que no tenía las connotaciones terroríficas que está cobrando desde hace meses). Pero otras no necesitan hacerlo para que nos interesen mucho, como ocurre con libros y películas, que pueden apasionarnos sin necesidad de que el resto del mundo los aplauda.

Se ha visto mucho, muy merecidamente, a un adolescente que con sus amigos trabaja por arreglar lo que otros destrozan: «En la declaración de Pablo hay más decencia y dignidad de la que conocerán en sus tristes vidas todos los abascales que desquician el mundo banderitas vacías en mano». Y el otro día vi una filmación corta que me encantó. Es un plano que muestra altercados en la rambla de Barcelona. Se ve gente correr, furgonetas de policía invadiendo la parte central, peatonal, con las luces de emergencia destellando amenazadoras. La imagen va acompañada del ruido esperable: gritos y sirenas. Pero hay algo más: un piano eléctrico toca Eternal Flame.

Un paisano con mascarilla toca, sin levantar la vista del teclado. Toca porque es su trabajo, su modo de recolectar moneditas para comer. Es su trabajo ordinario, y ahora que de pronto la calle deja de tener su desorden ordinario para entrar en el de la manifestación de descontento y su represión, sigue tocando en medio del tumulto, a su bola. Aunque sepa perfectamente que nadie va a entretenerse en dejar una moneda en el platillo, él toca igual.

Nuestro trabajo es ayudar a quien está peor, de todas las maneras posibles, una de ellas mostrando que la vida sigue, y va a seguir aunque paguemos un precio desorbitado

¿Igual? La verdad es que no toca muy bien. Quizá no pueda hacerlo mejor, pero es más probable que la consciencia de que arriesga que le aticen con una bala de goma afecte su capacidad: yo, desde luego, estaría temblando como azogado y no acertaría a poner una nota en su sitio. (Inciso: la policía y la prensa llaman pelotas de goma a lo que disparan contra manifestantes, como si fueran los inofensivos juguetes que hace muchos años venían con los zapatos Gorila. Estas también son de goma, pero no son juguetes, sino proyectiles).

La canción, por otro lado, es una horterada mayúscula (Do you feel the same? Am I only dreaming?). Pero el tipo cumple su trabajo, aunque el mundo se hunda a su alrededor. Impasible el alemán, diríamos los que aprendimos mal las canciones falangistas que teníamos que entonar de críos.

Uno nunca hubiera creído que iba a admirar a un paisano que toca mal un tema horroroso. Pero ahora no puede evitar hacerlo, porque resulta un ejemplo. Ahora que dejan de funcionar muchas de las protecciones con las que creíamos contar; ahora que buena parte de las subvenciones que la situación excepcional demanda va a manos de los mismos que ya las cobraban antes, parásitos que viven de ellas, y no a quienes más las necesitan; ahora que en cualquier momento nos puede caer un balazo fulminante. Ahora, sobre todo, que la situación se prolonga sin solución a la vista, es difícil resistir a la desesperanza. Pero no queda otra que tocar nuestra melodía de siempre. Aunque sea hortera y lo hagamos mal. Puede que nos llegue el balazo. Pero dejar de interpretar nuestra melodía implica aceptar estar muertos de miedo por nuestra cuenta, sin dar pelea. Entregar nuestra vida muy barata.

Nuestro trabajo es tocar y tocamos. Para no añadir a la incertidumbre, para que los demás nos encuentren donde esperan encontrarnos. Nuestro trabajo es ayudar a quien está peor, de todas las maneras posibles, una de ellas mostrando que la vida sigue, y va a seguir aunque paguemos un precio desorbitado. Nuestro trabajo es también ayudarnos a nosotros mismos, porque cuesta mantener el ánimo cuando la mala situación dura mucho, y recordar esto es un modo de hacerlo.

Las palabras de Pablo, el hijo de la basurera, dicen con toda claridad la decencia y la dignidad. La música es tautológica: solo se dice a sí misma. No tiene otro significado. Pero a veces, como le ocurre a la de este pianista enmascarado, el contexto se lo da.

Do you feel the same? Am I only dreaming?

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Publicado el
11 de noviembre de 2020 - 06:30 h

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