“La guerra es la paz”, Orwelll en Felisa
En la fachada del Ministerio de la Verdad, “Miniver” en la neolengua de la distopía orwelliana 1984, podían leer las tres consignas del Partido: “La Guerra es la Paz”, “La Libertad es la Esclavitud” y “La Ignorancia es la Fuerza”. La neolengua tenía como objetivo manipular a la población y para ello se dedicaban a cortar, simplificar y destruir palabras para limitar el alcance del pensamiento. En la misma línea, llamaban Ministerio de la Paz o “Minipax” al encargado de gestionar los asuntos bélicos, a saber, la guerra eterna con otras superpotencias. No tan lejos de 1984, nuestro actual Ministerio de la guerra se denomina hoy Ministerio “de Defensa”, una forma de dulcificar la realidad que es, en sí misma, neolengua.
A Pedro Sánchez, que nos llenó de esperanza al entonar el “No a la guerra” para, a renglón seguido, aumentar el gasto en defensa, no le gustó el término “rearme” del plan para mejorar las capacidades militares de los países europeos propuesto por Von Der Leiden como “Rearm Europe”. “Hay que dirigirse a la ciudadanía de otra manera”, manifestaba desde Bruselas. ¿Qué pretendía realmente con eso? ¿Se mostraba como un iluso, un cínico o un fan de la neolengua de la Oceanía orwelliana? Lo cierto es que hubo un poco de las tres opciones, pero su praxis, la de su gobierno, es de rearme, no hay duda. Finalmente, el plan se ha ido aprobando en fases con la aséptica denominación “Preparación 2030”, y el enfoque del cambio ha sido meramente terminológico porque lo que nombre es engranaje del régimen de guerra que se está imponiendo mundialmente y contra el que son indispensables las decisiones más allá de las declamaciones.
Así, en Moncloa no convencía el término “rearme” pero las cifras de la Comisión Europea y de la OTAN han hecho que se imponga con severidad el principio de realidad: el gasto militar español en 2025 creció un 35% respecto al año anterior. España ha puesto en marcha el mayor proceso de rearme industrial y militar desde la profesionalización de las Fuerzas Armadas, que incluye una combinación de nuevos Programas Especiales de Modernización del Ministerio de Defensa y el Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa del Ministerio de Industria. El plan ReArm Europe, que compromete 800.000 millones de euros —alimentado por ingeniería contable para ocultar la deuda pública— y la exigencia aliada de elevar el gasto militar al 5% del PIB para 2035 constituyen el marco económico de un giro bélico atlántico en el que España se sitúa a la cabeza del incremento presupuestario militar, con una subida histórica que ya se acerca el 3% del PIB.
Este panorama de rearme, disimulado o no, se financia mediante un indiscutible coste de oportunidad social y ya se traduce en Europa en recetas de austeridad selectiva: recortes en la ayuda al desarrollo, congelación de pensiones, hachazos a las ayudas por discapacidad —como el ejecutado por el laborista Keir Starmer en el Reino Unido— y globos sonda para retrasar la jubilación a los 70 años. Es la traslación exacta de la consigna de 1984: el bienestar social debe sacrificarse en el altar de la disuasión y, aunque el Gobierno asegure que no afectarán a partidas de asuntos sociales como Seguridad Social, pensiones, Educación o Sanidad, los gastos previstos representarán un retroceso en el bienestar de la población porque afectaran indefectiblemente al resto de ministerios poniendo en peligro el ya maltrecho Estado de bienestar. Súmese que, según denuncia el Centre Delàs d´estudis per la pau, la inversión armamentística destruye valor social y empleo en comparación con la economía real: por cada mil millones de euros, el sector militar apenas genera 11.600 puestos de trabajo, frente a los 20.000 de la sanidad o los 29.000 de la educación.
Y este régimen de guerra tampoco se sostiene solo con partidas presupuestarias: necesita una profunda reconfiguración cultural que devuelva el nacionalismo marcial al núcleo de la identidad europea. La infosfera, hoy más que nunca, es un campo de continuación y ampliación de la escalada militar y se ocupa de atender al hecho de que el engranaje belicista necesita, además de presupuestos milmillonarios, una masa humana que los ejércitos profesionales ya no logran captar de forma voluntaria. A ello se debe que el fantasma del servicio obligatorio —visto hace una década como una reliquia del pasado— recorra de nuevo el continente: desde los modelos nórdicos de selección forzosa hasta el reciente regreso de la “mili” en Letonia y Croacia, pasando por los modelos híbridos de una Alemania que ya obliga a sus jóvenes a censarse militarmente a los 18 años y obliga a los hombres de entre 17 y 45 años a solicitar un permiso del Ejército para salir del país más de tres meses. Dinamarca ha ampliado la duración del servicio y ha extendido la obligatoriedad a las mujeres, para quienes hasta ahora era algo voluntario.
En España, aunque el discurso oficial niega la vuelta al cuartel forzoso, la maquinaria mediática y cultural ya está en marcha para tantear a la opinión pública. Aprovechando el 25 aniversario de la suspensión de la mili —que no está abolida y sigue en la Constitución oculta tras el deber de defender España—El País Semanal sacaba en portada su globo sonda con el reportaje “¿Lucharías por tu país?” deslizando, de manera sibilina, debates sobre el alistamiento obligatorio o la necesidad ciudadana de combatir porque “en tiempos de amenazas la cuestión es qué tipo de ejército necesitamos”. Así opera lo que el análisis crítico denomina “régimen de guerra”, uno tal que quiere hacernos creer que la necesidad de rearme es indiscutible, para regocijo de empresas militares como Indra o Air bus y para desdicha de la democracia. No se trata de una coyuntura, un momento o un episodio de las relaciones internacionales, sino de una tendencia y una decisión del capitalismo mundial.
Detrás de una estética pulcra de publirreportaje, El País nada incluía en sus páginas sobre el modo en que la maquinaria bélica sigue cobrándose víctimas y no sólo en los lugares en conflicto, sino en los eslabones más vulnerables de la cadena que encuentran en el ejército una forma de huir de la pobreza y la precariedad. Casos como el del joven legionario de origen boliviano Kevin Parra Mejía, un muchacho de 23 años fallecido en Ceuta tras sufrir un desvanecimiento en plena instrucción física bajo las órdenes de un superior que, según declaraciones de compañeros, desoyendo sus síntomas con un cínico “esta película me la conozco yo”, le obligó a seguir corriendo hasta desplomarse.
Dentro de toda esta estrategia de normalización de la violencia y la guerra es donde cabe entender que este año se haya colado un stand del Ministerio de Defensa en Felisa, Feria del libro de Santander. Y es en ese contexto donde hay que protestar enérgicamente contra que un evento cultural se deje utilizar así. Por ello, la Asamblea Cántabra contra el Rearme ha puesto en marcha una petición en Change.org para que se retire el Stand y ha publicado su posicionamiento en Briega denunciando cómo la presencia de este Ministerio en Felisa “responde en realidad a la necesidad de justificar y normalizar una política suicida, la carrera armamentista en la que estamos inmersos”, invitando a acompañarles en su protesta los días 26 de junio y 3 de julio, a las 19 horas en la Plaza Porticada.
En la misma línea de denuncia, el Ágora solidaria Cultura y Memoria Luis Toca ha lanzado un comunicado en el que su presidenta, la escritora María Toca, ha ironizado además: “Si el Ministerio de Defensa participa en una feria literaria, quizás quienes nos dedicamos a la literatura deberíamos acudir a los desfiles militares a leer poemas de paz y amor”. Toca ha criticado otro de los inexplicables errores de Felisa este año, la presencia del defensor del sionismo Marcos Barnatán. Y es que si la cultura permanece indiferente ante el genocidio palestino, ya no es que sea neutral, es que se convierte en cómplice.
La ironía de Toca desarma, con la precisión de la palabra, la puesta en escena de nuestro particular Minipax en el espacio público. Que los tanques necesiten mimetizarse entre libros no es una anécdota festiva sino la constatación de que el pensamiento crítico está perdiendo la partida contra la neolengua del nuevo militarismo global.
Si Felisa permite que los manuales de instrucción militar ocupen el espacio del ensayo, y que la apología de las armas desfile con impunidad por nuestra feria cultural, estará contribuyendo a que la barbarie sea el único horizonte posible. Si hay quien quiere hacernos creer que la guerra es la paz, deberemos responder que la insumisión y la rebeldía a esa oscura neolengua es nuestro orden.
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