Asaltar el trono antes de tiempo
En la política, como en el deporte, hay derrotas inesperadas, derrotas merecidas, derrotas por goleada y derrotas justas. Todas duelen y en todas alguien tiene que aprender a perder. Este domingo, en Nueva Jersey, le tocó a Argentina. En Madrid, a la concejal socialista Enma López. Y, pese a los 6.000 kilómetros de distancia que separaban un estadio de fútbol de la sede de un partido, las dos historias acabaron del mismo modo.
Los albicelestes cayeron 1-0 ante España en la final del Mundial, después del gol de Ferrán Torres en el minuto 106. Y la aspirante a arrebatar el cartel electoral del Ayuntamiento de Madrid a Reyes Maroto perdió las primarias por dos centenares de votos. Dos ciudades y dos descalabros con algunos parecidos.
Perder en la prórroga, con el árbitro de tu parte y con la falsa sensación de que la victoria te pertenece, como les pasó a los albicelestes, duele incluso mucho más. Algo parecido le pasó a Enma López y a los que le animaron a dar el paso creyendo haber despertado una ola de modernidad, de entusiasmo y de aire fresco que iba a desbordar de entusiasmo a los socialistas. Como Argentina, tampoco perdió por goleada, sino por 200 votos en un censo de más de 5.000 militantes y con una participación que apenas rozó el 35%. En ambos casos, el margen estrecho es lo que ha permitido a los vencidos a ambos lados del Atlántico convertir la derrota en un relato épico, aunque en el caso de Argentina hubiera una superioridad aplastante de su rival y en el de López, un pasado indeleble que pretendió escorar.
Si Argentina llegó a la final segura de revalidar el título de 2022 y no lo logró por exceso de una confianza que le llevó a subestimar al rival, López creyó -o la hicieron creer- que unas cuantas tertulias, unos vídeos de cocina y una compañía dispuesta a preparar el terreno para el día después del sanchismo bastarían para subir al podium. Se equivocó. Primero porque presentarse como candidata contra el aparato socialista, habiendo sido aparato durante años, no es la mejor estrategia de partida. Segundo porque Madrid -y menos la militancia socialista- no es la cosmopolita Nueva York, como para imitar la campaña de Mamdami. Tercero porque, en la cultura del PSOE, se otorga idéntica importancia tanto al voto de la militancia como a la familia orgánica de la que se procede, y López fue antaño protegida de los caídos Santos Cerdán y Francisco Salazar. Y cuarto, porque los afiliados leyeron que lo que había tras su candidatura iba más allá de un simple cartel electoral.
Una victoria de López, siendo Maroto la favorita de la dirección federal, hubiera tenido consecuencias orgánicas y hubiera puesto los cimientos para una operación de desestabilización del secretario general, Pedro Sánchez, a un año de las elecciones generales, que se lleva urdiendo hace tiempo.
Ahí estaban en primera fila el secretario general de Castilla y León, Carlos Martínez, a quien se le acusa desde Ferraz de romper con la cultura de imparcialidad de los territorios en procesos que les son ajenos; el de Extremadura, Álvaro Sánchez Cotrina, que alentó aunque no se dejó ver; algunos sindicalistas ya jubilados de la UGT; damnificados del sanchismo de varias federaciones y una parte del PSOE derrotado en las primarias que en 2017 enfrentaron a Sánchez con Susana Díaz dispuesto otra vez a tumbar al secretario general.
Nada que una militancia curtida en mil batallas y mil traiciones no haya vivido antes y que, en esta ocasión, no creyó que López representara novedad ni frescura alguna, sino más bien una componenda más de las que durante lustros han tejido los socialistas para el reparto del poder orgánico y la toma de posiciones a futuro.
La única diferencia con Argentina es que la selección de Scaloni defendía un trono ya conquistado y los que andaban detrás de López pretendieron asaltarlo antes de tiempo dejando ahora un futuro incierto para la concejal dentro de la estructura del partido.
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