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'Me acuerdo', la obra de Georges Perec que demuestra que 480 recuerdos bien elegidos valen más que una montaña de memorias virtuales

El escritor George Perec, en una imagen tomada en Francia en 1978

Cristina Ros

18 de octubre de 2026 21:47 h

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Hay pocos escritores, y creadores en general, que merezcan tanto el adjetivo “original” como él: Georges Perec (París, 1936-Ivry-sur-Seine, 1982), autor de novelas, ensayos, teatro, poemas, guiones y artículos, además de miembro del grupo de experimentación literaria Oulipo. Fue un literato todoterreno, único y prolífico. Se le suele denominar un autor “de culto”, pero lo cierto es que su obra se ha leído en amplitud y hasta ha creado escuela. Al menos, con algunos de sus títulos. Entre ellos, Lugares, por el que su traductor Pablo Martín Sánchez acaba de ser galardonado con el Premio Nacional a la Mejor Traducción.

Dentro de la fértil trayectoria de Perec, el año 1978 supuso un hito al ver la luz dos de sus libros más emblemáticos: por un lado, la monumental La vida instrucciones de uso (Premio Médicis), considerada por muchos su obra maestra, una indagación en la memoria con una estructura organizada en torno a un edificio parisino y las historias de sus inquilinos a lo largo de más de un siglo; por el otro, la breve Me acuerdo, un texto de apariencia simple que muchos han imitado, aunque no siempre con la misma gracia.

Ese Me acuerdo ha vuelto este año a las librerías de la mano de Impedimenta, con una nueva edición y traducción de Eduardo Berti, autor de la casa y 'oulipiano' como Perec. Su contenido es de sobra conocido: una enumeración de recuerdos, de lo más trivial a lo profundo, expuestos en frases sencillas y sin voluntad de conformar un relato con ellos. Recuerda a personas, noticias, modas, lugares, obras, medios de transporte y anécdotas variopintas. Todo parte de lo íntimo, de las vivencias de su infancia y juventud, pero, como sin querer, conforma la radiografía de una generación, de un mundo perdido.

El texto tiene más elaboración detrás de lo que su presentación puede dar a entender: el autor le dedicó varios años, durante los que trabajaba como bibliotecario y, por lo tanto, tenía acceso a documentos que fueron su particular magdalena de Proust y despertaron esa sucesión de recuerdos. Los fue apuntando al tiempo que avanzaba en su ya citada obra magna, que por aquel entonces le ocupaba la mayor parte del tiempo.

La memoria y cómo fijamos (o no) los recuerdos

Leída hoy, Me acuerdo aporta algo más que el conocimiento de una época y un lugar determinados, o que el descubrimiento de un método narrativo singular. En general, provoca una reflexión en torno a la memoria y el modo en el que fijamos (o no) los recuerdos, en un momento en el que todo parece almacenarse (que no es sinónimo de recordar) en una nube. La nube es el espacio de Internet donde se guardan archivos y datos, pero también ese agregado de partículas que impide ver con claridad, que nos “emborrona” la vista; y ahora no nos faltan estímulos que actúan como niebla tóxica.

Sin embargo, no basta con comparar el presente hiperconectado del siglo XXI con la sociedad analógica en la que vivió Perec para entender las claves de su proyecto. De entrada, hay que tener en cuenta que toda su obra, desde sus comienzos, está marcada por la memoria de la Segunda Guerra Mundial: sus padres, polacos judíos emigrados a Francia en los años veinte, murieron durante la contienda. Perec creció con sus tíos, y no olvidó, aunque tampoco se dejó llevar por la desesperanza.

Ya se ha dicho: en sus recuerdos cabe lo grave, pero también lo ligero, lo anecdótico. Porque la vida es así, en la vida hay de todo. Lo recopilado, además, ha pasado por un filtro: frente a la acumulación a la que se tiende hoy, Perec selecciona 480 recuerdos, que pueden parecer muchos al ver la cifra, pero, comparados con el scroll infinito y la cadena de enlaces de la red, constituyen una cantidad cerrada e incluso manejable.

El eclecticismo de su selección funciona como un juego: el propósito no es narrar una autobiografía a la antigua usanza, centrándose en los hechos relevantes, sino plantear algo distinto, una travesura con cierto fondo (no en vano algunos elementos son eso mismo, juegos: “444, Me acuerdo del yoyó”). El tipo de detalles que a menudo se pasa por alto en las memorias tradicionales, por tacharse de trivial o superfluo. No obstante, estas curiosidades desencadenan a su vez el reconocimiento de los lectores, cómplices del autor en su aventura por los meandros del pasado.

Un pasado que se reconstruye sin nostalgia, porque, como analiza Eduardo Berti en el prólogo, “lo que Perec propone con Me acuerdo es arrancarnos del intimismo narcisista y del goce autárquico. Me acuerdo no dice que ‘antes era mejor’, dice que antes era antes, y la lista restablece el orden en el desorden”. A Perec, como a los de su generación, no se le hubiera ocurrido idealizar el pasado, por mucho que fuera el universo de su niñez. Y, también como los de su generación, estaba curtido en el compromiso con la memoria histórica, con las víctimas; es decir, con el otro, con los derrotados de la guerra, con los expulsados de la sociedad, con los seres marginales como él mismo fue alguna vez.

El precio de tenerlo todo al alcance

¿Y qué nos dice todo esto hoy? Tenemos tan al alcance la herramienta de “guardar” que almacenamos fotografías, artículos, canciones y notas varias por doquier. La lista —o las listas— de tareas, compras, deseos, propósitos se vuelven interminables. No es culpa del individuo: el ritmo de productividad del tardocapitalismo, tanto en bienes materiales como en contenidos digitales, hace imposible su asimilación. La experiencia se vuelve superficial, fragmentada y dispersa; saltamos de una página a otra, leemos los titulares, escuchamos un audio acelerado, añadimos libros por leer, opinamos sin saber.

Esa sensación de tenerlo todo al alcance se vuelve en nuestra contra; en la práctica, es tan apabullante que obnubila, paraliza. No, no nos convertiremos en el superhéroe que es capaz de abarcarlo todo, en el artista que crea la obra total. En esa renuncia, leer Me acuerdo puede ser una válvula de esperanza. Porque recuerda el poder de lo acotado: mejor apuntar 480 (o diez, o mil) que mirar de reojo el infinito de la nube. También recuerda el atractivo de la heterogeneidad: no todo tiene que ser lo más elevado; no todos los libros tienen que ser La vida instrucciones de uso.

Y, claro, es asimismo una invitación a la risa, a tomarse menos en serio a uno mismo; listar recuerdos no tiene por qué ser un ejercicio de nostalgia funesta, esa nostalgia que hoy trata de despertar fantasmas peligrosos. Tampoco es un mero diario personal, una mirada al ombligo: los nombres, las películas y todo lo demás que se recopila se eleva a conciencia de la vivencia particular para enfatizar los vínculos que nos unen, que dan sostén a cada sociedad, cada cultura, cada época.

Hoy, cuando cada vez hay más gente que recupera costumbres analógicas, como escribir cartas, llevar un diario personal o utilizar un teléfono sin conexión a Internet, este libro de Perec puede tomarse como inspiración: no fue su obra cumbre, pero ha permanecido, ha inspirado, sigue siendo simpática. Y todo comenzó como unas frases que el autor iba apuntando en ratos sueltos. Hay algo claro: mejor tomar notas —escuchar una canción, ver una película, leer un libro, responder un correo— y asumir las limitaciones humanas que dejar el abismo para un mañana en el que no, no seremos mejores. En cambio, en ese mañana agradeceremos haber dejado algo hecho, fijado en algo más sólido que una nube; aunque solo sean unas frases escritas de nuestro puño y letra, en un cuaderno.

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