Santiago Lorenzo: “Aspiro a parecerme, en mi pobreza, a los genios que escriben los guiones de 'Los Simpson'”
Hace más de 15 años que Santiago Lorenzo (Portugalete, 1964) es una de las voces más singulares, inimitables y profundamente libres del panorama literario español contemporáneo. Aunque empezó a publicar ya bien entrados los cuarenta, Lorenzo ha conseguido en algo más de una década crear un universo narrativo propio y reconocible, caracterizado por historias tremendamente humanas, tiernas, con un humor irresistible y un dominio del lenguaje absolutamente genial.
Sus libros están llenos de personajes vulnerables, desubicados y aparentemente insignificantes que viven vidas precarias y solitarias, sin grandes ambiciones, más o menos como la inmensa mayoría de la población. Sobre ellos, la mirada de Lorenzo es comprensiva, compasiva y también muy graciosa. Son buenos, pero tampoco son tontos y eso, quizá, es lo que los hace tan reales.
Escritor de títulos lacónicos y magnéticos, tras Los millones, Los huerfanitos y Las ganas, en 2018 llegó su gran éxito, Los asquerosos, “una versión de Robinson Crusoe ambientada en la España vacía”, como lo describen en Blackie Books, su editorial de siempre.
“Manuel acuchilla a un policía antidisturbios que quería pegarle. Huye. Se esconde en una aldea abandonada”, comenzaba la sinopsis de aquel libro. “A uno del GRAPO le toca la Primitiva”, comenzaba la de Los millones. La de su nueva novela, Contenta, de la que no contaremos mucho, lo hace así: “Un ayuntamiento contrata a Cecilia para que grabe un vídeo de promoción turística sobre el municipio. Nada más llegar, la mujer se encuentra con que el pueblo es horroroso de feo”.
Una de las cosas que más me ha gustado de su libro es el lenguaje que utiliza. Está lleno de frases memorables como esta, con la que me estuve riendo un rato: “Por fortuna, el mardonesés común pasaba el rato en su domicilio, sedente, cenante y televidente”. ¿Cómo trabaja este tipo de frases?
Pues la verdad es que no lo sé. Yo me paso todo el día pensando, pero no escribo nada. Pasan cuatro años entre una novela y otra, cuatro años de estar en casa pensando constantemente en la historia sin escribir. De vez en cuando se me ocurre algo que puede tener gracia y lo apunto en una hoja. Tengo la casa llena de hojas.
De vez en cuando las reúno y mido el grosor: con esta novela tenía 8,6 centímetros y dije: “Vale, es bastante”. En Los asquerosos tenía doce con algo. A partir de ahí empiezo a quedarme con las buenas ideas y las demás, pues van a la chimenea. Suelo empezar en verano y envío la novela a Blackie el 15 de marzo. Es la tercera ya que cumple esas fechas.

Sé que es un gran lector. ¿Hay algún autor cuya forma de escribir le inspire?
Mi problema es que olvido todo lo que leo. No me acuerdo de nada, solo de tonterías. Es más, me acuerdo escuetamente de mis propias novelas. Hace un rato estábamos hablando en la comida del final de Los asquerosos y nadie se acordaba de cómo acababa.
Tengo mucha memoria para las fechas o los nombres de calles, pero nada más. Incluso a veces pienso en alguno de mis libros y pienso “qué mal resolví eso” y voy al libro y digo “ah, no, si lo hice bien”.
La pregunta que me haces es temible porque no sé muy bien qué decir. Últimamente, me ha gustado mucho Teruel, una novela gráfica sobre la Batalla de Teruel de Eneko Tabernilla. También estoy leyendo un ensayo, Las guerras de entreguerras, de Julio Gil Pecharromán, pero ya no me acuerdo de nada. Habla de la cantidad de guerras que hubo entre 1919 y 1939, pero se me ha olvidado todo.
Son temas que tampoco tienen que ver con lo que usted escribe. De hecho, sus libros siempre tienen mucho humor. ¿Leeremos alguna vez a un Santiago Lorenzo más serio?
¡Pero es que todos mis libros son muy serios! Pasan cosas muy graves. En este libro incluso hay una muerte, que siempre le mete emoción a la cosa. No sé por qué siempre hay humor, tendrá que ver con mi composición electromagnética o algo así, pero tiende a hacerme gracia todo.
Y luego me hacen llorar cosas que no deberían. Por ejemplo, la película Top Secret. Tiene una secuencia en la que Nick Rivers (Val Kilmer) saca a cantar a una niña de 12 años, una canción que se llama Spend This Night With Me. La niña se pone a llorar y se acaba desmayando porque está cantando con él. Y no sé, solo de recordarlo me emociono.
¿Qué fue lo primero que se le ocurrió de Contenta?
El origen está en un relato que había escrito hace un tiempo y que me gustaba. Durante un viaje a Valladolid, que es un sitio que a mí me inspira mucho, decidí comenzar una nueva novela partiendo de ese relato. Alrededor de él, más bien.
¿Se puede decir qué parte de la novela es la del cuento?
¡No! Porque la respuesta me deja un poco mal. De todos modos, creo que está disimulado porque muchas de las cosas que pasan en la novela podrían ser el inicio de un cuento.
Pensé: qué buen título sería “Contenta”. Pero estaba seguro de que ya lo habría usado alguien. Busqué en internet ¡y no encontré nada de nada! Así que me dije: “¡Qué chollo! ¡Corre!”. Era un título perfecto e inédito
¿Y por qué lo tituló Contenta? Porque la protagonista, Cecilia, tampoco es que esté muy contenta en ningún momento del libro.
Las historias buenas son una paradoja, ¿no? O una contradicción. En realidad, a veces se me ocurre un título y aunque no tienes la novela, piensas que podría estar bien escribir algo que se llamara así. Me pasó con Los asquerosos.
En este caso pensé, qué buen título sería “Contenta”. Pero estaba seguro de que ya lo habría usado alguien. Busqué en internet ¡y no encontré nada de nada! Así que me dije: “¡Qué chollo! ¡Corre!”. Era un título perfecto e inédito.
Si no me equivoco, Cecilia es su primera protagonista femenina. ¿Le pidió algo su historia que no le hubieran pedido sus personajes anteriores?
Fue un reto. Quería ver qué pasaba si escribía un personaje femenino. ¡Un desafío! Y estoy muy feliz con el resultado. Además, como en mi editorial no hay ninguna prisa ni atosigue ni nada, pues tengo todo el tiempo del mundo para darle muchas vueltas y es una gozada. Cuando me parece que ya está terminada, pues la mando a Blackie a ver qué les parece.
Entonces ¿en su editorial no leen nada de la novela hasta que no la termina?
No. Yo se la envío entera y luego empieza el trabajo de edición, ¡que bendito sea! Porque hacen propuestas muy, muy buenas. Me sacan los colores porque escribo grandes meteduras de pata. Jan Martí y Rebeca González Izquierdo editan muy bien y quiero que sus nombres salgan en esta entrevista.
Creo que quien tiene necesidad de hablar sobre lo que está escribiendo es que no se lo está creyendo mucho. Yo lo hacía cuando era joven. Tenía una novia a la que tenía abrasada. Claro, me dejó.
¡Es mucha confianza!
Bueno, también es que yo ya tengo más años que el invento de la puerta. Oye, y si al final quizá sale el libro y no lo lee nadie alguno me dirá: “Mira, al final solo te lo creíste tú”, pero es que la novela es esa. Me da igual lo que se piense de ella.
No dejará de sorprenderme en toda mi vida que mis novelas gusten. ¡No lo digo para tirarme el pisto! Cuando viene alguien y me dice “tu novela es una basura” tampoco me duele. Por las mismas, cuando alguien me dice que le gustó, lo agradezco mucho, pero tampoco me creo que soy Thomas Mann, ni me echo a llorar ni nada
En realidad sus novelas le encantan a miles de personas.
Cosa que no dejará de sorprenderme en toda mi vida. ¡No lo digo para tirarme el pisto! Cuando viene alguien y me dice “tu novela es una basura” tampoco me duele. Por las mismas, cuando alguien me dice que le gustó, lo agradezco mucho, pero tampoco me creo que soy Thomas Mann, ni me echo a llorar ni nada.
Es todo tan extraño… Yo hacía películas y no las veía nadie. Lo normal es que a la gente no le guste lo que haces. Entonces cuando pasa que sí les gusta, yo me alegro mucho por Blackie Books y lo agradezco. Pero no para creerme si escribo bien o mal, es que es así la novela. Luego es que tampoco sé qué hacer con la pasta.
¿Tiene claro el argumento de su próxima novela?
Ni idea. Pero le debo una novela a la Ría de Bilbao. Yo nací allí en el 64 y en esa zona han pasado muchas cosas hasta hoy. Así que supongo que habrá que hacerla. Pero no sé, quizá luego cambie.
Volviendo a Contenta, los amores de Cecilia son un poco locos y cambiantes. ¿Qué lugar quería darle al amor en el libro?
Es que solo hay este tema. Lo que pasa es que son amores un poco accidentados. De Cecilia me gusta que no sea una chica guapa, que sea normal. Me gusta la gente poco agraciada intentando amar.
La novela es una oda a la gente normal.
Eso pretendía. Si algo pretendía era eso. A mí me gusta leer esas historias. La historia de la infantería, de la gleba, del soldado raso.
En el libro asoman muchos de los temas que actualmente preocupan en nuestro país: la vivienda, la precariedad, la corrupción política… ¿Por qué decidió meter todo eso? ¿Le interesa la actualidad?
Muchísimo y veo cosas que me disgustan mucho. Lo bueno de escribir libros es que puedes canalizar el disgusto por esa vía. Muchas veces pienso en toda esa gente que está por ahí haciendo marranadas y me pregunto cómo viven, si duermen bien, y algunos parece que sí que duermen bien.
Su historia da giros que parecen disparatados, pero que luego encajan. A veces el libro me recuerda a esos episodios de Los Simpson que empiezan de una forma y luego siguen de una forma completamente inesperada.
Ya me gustaría a mí escribir como esos tíos. Aspiro a parecerme, en mi pobreza, a los genios que escriben los guiones de Los Simpson. Intento funcionar igual, por supuesto sin conseguirlo.
Pero hace mucho tiempo que me di cuenta de que me gustan las historias con giros. A veces parece que el giro temático es efectista o que es como “de Hollywood” en el peor sentido de la palabra. Pero es que a mí las historias que me gustan son esas. Meter goles al lector.
Cuando empecé a escribir la historia de Cecilia no sabía nada de hacia dónde iba a ir la trama. Si pienso ahora en la novela, no sé cómo ha quedado, pero giros sí que tiene.
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