El artista plástico Fernando Álamo rememora en la tinerfeña sala Bibli los 50 años de la obra ‘Knife’
Fernardo Álamo inaugura este viernes 13 de marzo, a las 19 horas, Knife 1976 - 2026, en la sala Bibli de Santa Cruz de Tenerife.
En 1976, con apenas 24 años, el artista tinerfeño Fernando Álamo presentó en el Ateneo de La Laguna una acción titulada Knife. Junto a José Luis Medina Mesa, llevó a cabo un montaje multimedia que hoy se considera una de las primeras experiencias de body art en Canarias y una de las más tempranas en el conjunto del Estado español. Medio siglo después, en 2026, esta pieza sigue siendo un referente incómodo y fundacional: un gesto que unió crudeza visceral, experimentación formal y una reflexión precoz sobre el cuerpo, la violencia y el sacrificio.
Knife no fue una performance al uso de las que hoy asociamos con el directo y la presencia física inmediata. Se trató de un montaje híbrido. De las paredes colgaban telas desgarradas con cuchillos, heridas en la superficie que anticipaban lo que estaba por venir. Entre ellas, se intercalaban fotografías, dibujos y textos que evocaban tanto la crudeza del matadero como apuntes íntimos del artista. Proyecciones audiovisuales se combinaban con posibles intervenciones en vivo (o simuladas con gran convicción): imágenes grabadas en un matadero real —el degüello de vacas, la sangre, el hierro— se alternaban con secuencias donde el cuerpo humano aparecía herido o amenazado por un cuchillo. La banda sonora de Edmundo López no era música melódica, sino un entorno sónico desgarrador, cargado de tensiones, ruidos y atmósferas metálicas. Cada corte de imagen encontraba eco en un golpe, un chirrido, un sonido que hacía vibrar al público. El mismo título, en inglés, era un guiño deliberado a la canción de los Rolling Stones, pero también una elección estratégica: knife evoca tanto el arma como el corte preciso, quirúrgico, que disecciona realidades.
El contexto era el de la Transición española, con el franquismo agonizante y una Canarias aún marcada por el aislamiento insular y las tensiones sociales. El Ateneo de La Laguna, espacio de tertulia ilustrada que empezaba a abrirse a lo contemporáneo, acogió la acción. No era una galería convencional: llevar el matadero al centro cultural implicaba una transgresión simbólica. El olor a sangre y carne fresca, real o evocado, invadía el espacio; el público se enfrentaba a la alternancia entre el sacrificio animal industrializado y la posible autoinmolación artística.
En los años 70, el body art internacional ya había explorado los límites del cuerpo como soporte: Marina AbramoviÄ y Ulay con sus ritmos de dolor y resistencia, Gina Pane con sus incisiones controladas, VALIE EXPORT con sus acciones feministas… En España, el conceptualismo madrileño y barcelonés predominaba, pero las prácticas corporales extremas eran escasas. Knife llega en ese vacío insular y lo llena con una radicalidad propia: no solo denuncia la violencia, sino que la escenifica en paralelo entre animal y humano, entre producción cárnica y creación artística.
El cuchillo funciona como bisagra: instrumento de matar y de crear. El artista se sitúa en el lugar del animal sacrificado, cuestionando la frontera entre lo productivo y lo desechable. Hay ecos de tauromaquia canaria (reprimida culturalmente), de erotismo mortífero y de una crítica velada al cuerpo obrero explotado en la periferia insular. Álamo declararía años después que la idea surgió como una «pequeña piedra que empieza a rodar», pero el resultado fue una acción sádico-teatral que rozaba lo insoportable para el espectador de la época.
La recepción inicial fue de escándalo controlado: incomprensión mayoritaria, pero reconocimiento en círculos minoritarios. Sin embargo, Knife quedó pronto eclipsada por la trayectoria pictórica posterior de Álamo, que desde los años 80 y 90 se consolidó en una pintura sensorial, expresiva y muy valorada en el mercado y las instituciones. La performance, por su crudeza y su carácter efímero, no entró con fuerza en las historias oficiales del arte performativo español, centradas en Madrid y Barcelona.
Medio siglo después, ¿qué nos dice Knife en 2026? En una época de hipervisibilidad digital —donde la violencia animal se documenta en tiempo real en redes, donde el body art se ha domesticado en formatos virales y donde el debate sobre el antropocentrismo y el biocentrismo es cotidiano—, la pieza adquiere nueva vigencia. Anticipa sensibilidades ecológicas y posthumanas: el animal como víctima sacrificial, el cuerpo humano como extensión vulnerable de la lógica extractivista. También resuena como gesto periférico: Canarias como espacio de experimentación adelantado a su tiempo, lejos de los centros peninsulares.
Fernando Álamo nunca fue un artista de una sola nota. De la acción extrema de 1976 pasó a una pintura hedonista y táctil, pero Knife permanece como corte fundacional: el primer cuchillazo consciente en una trayectoria que, medio siglo más tarde, sigue interrogando las mismas heridas —ahora con pincel, antes con proyector y cuchillo—. En 2026, recuperarla no es mitificarla, sino reconocer que el arte de los 70 ya planteaba preguntas que solo ahora empezamos a responder con claridad.