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Ponzoña

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No hay una piedra en el mundo

que valga lo que una vida*

Sé que hoy no arreglaré nada. Lo que diga no contribuirá al cambio radical, ni a la alquimia perfecta, tampoco me dará la clave de la piedra angular que todo lo transforme. Solo serán unas palabras lanzadas a este impredecible espacio virtual, un grito al viento que quizá recale en alguna conciencia, quién sabe, y si es así, me vale, lo compro, me lo quedo. El triunfo quizás no esté en el fruto, puede que en la semilla esté la esencia, el motor, el cambio.

No soporto el hedor recalcitrante de quien se agarra al odio más vil para defenestrar al ser humano. Alguien que, en su pobreza intelectual, vio en ideas pétreas la solución a los mismos problemas. Las verdades de antaño, las mismas que no resolvieron nada, se repiten, nido de xenofobias y racismos incontrolados a la vez que ridículos.

La pregunta sigue machacando mi cabeza como un martillo pilón; constante y sesuda golpea sin cesar: ¿quién te hizo dueño de la tierra? Y se repite con rabia, queriendo provocar una respuesta que vaya implícita en la entonación de la propia cuestión, donde la expresión corporal se encargue de dar el significado completo a lo que las palabras no se atreven a mentar.

AAAA

Es ridículo, absurdo, inabarcable. La piel del otro se convierte en el puente infranqueable sin notar que compartes idéntica esclerótica. Pero qué se puede esperar del que no sabe mirar a los ojos… Solo el caos tiene cabida, el apocalipsis. La pérdida de todos los privilegios hizo que sacara las uñas y se defendiese como gato panza arriba. Instinto, dices, pero sabes que la naturaleza no entiende tus sandeces. Bravo, valiente, ahora eres el abanderado de la necedad.

Algunos se han convertido en fieles seguidores de la proclama. Estos son los que me preocupan. Mientras el amo mira, estas almas sin control están abocadas al contacto con la primera idea que cacen al vuelo. Maleables y dóciles son capaces de hacerse abanderados de la causa, reproduciendo de manera incansable sus vejatorias convicciones. No hay filtro. Se arrasa con el otro de manera sistemática, no importan las consecuencias. Es la apología barata de la involución más atroz. Y cuidado. Los elegidos muerden, no comparten. Son los guardianes de los valores, los auténticos, los dictados por la divinidad y por los que están  dispuestos a defender el muro con todas las armas que estén a su alcance, el invierno se acerca.

Yo en mi trinchera sin fronteras resistiré. Aquí no hay banderas. Transito la tierra que me vio nacer con la tranquilidad que da saber que no la heredaré. De este viaje con billete de fin y sin retorno no me llevaré nada. En el recorrido algunas músicas, palabras y la emoción que da el compartir con el otro este camino. Eso sí, pocas normas y muchas ganas de vivir. No lo dudes, si me encuentras, acércate; aquí hay hueco para uno más.

(*) Milonga del moro judío (Jorge Drexler)

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