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Hace unos días, los temores que albergábamos sobre la manera de actuar de algunos de los agentes de la Unipol –supongo que ni en esta cuestión conviene generalizar- se sustanciaron en la paliza (¿presunta?) que propinaron a un joven en el barrio de Ofra sin venir a cuento. ¡Y aunque viniera, claro! Las manifestaciones de los vecinos del barrio se han sucedido. Las autoridades y la propia Policía Local afirman que el chico hospitalizado se estrelló con su moto contra un muro. Les puedo asegurar que, si la versión de los unipolis es cierta, el muchacho tuvo que chocar contra la pared una docena de veces, a distintas velocidades y en diferentes trayectorias. Lo cual parece raro, ¿verdad? Pero si, en efecto, los armarios de la Unipol le dieron al motorista una cuerada formidable, el cuerpo especializado de la policía chicharrera se ha colocado, sencillamente, en la modernidad de la agresividad inmotivada al ciudadano, como la Guardia Civil de Roquetas del Mar o las mossas autonómicas de las comisarías de Barcelona. Estas barbaridades y abusos hay que cortarlas a tiempo. Castigar a quienes las cometen y evitar que se repitan. Santa Cruz no necesita para nada la Unipol, aunque las arcas municipales se beneficien de su contratación eventual en otras localidades del Archipiélago para garantizar el orden de fiestas o espectáculos. Y, desde luego, cualquier agente del orden, sea estatal, local o autonómico tiene que tener claras sus obligaciones, sus competencias y su absoluto respeto a las formas democráticas y a los derechos del ciudadano a quien ha de servir, proteger y ayudar. No agredir. No es nada complicado, pero hay gentes a quienes pones un uniforme y una pistola al cinto y se transforman en tigres del asfalto, oigan.

José H. Chela

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