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¡No se me relajen!

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Me preocupa soberanamente el relajamiento de las obligaciones de la Administración Pública para con sus contribuyentes. Los que contribuimos a que tenga guita y la administre tan indigestamente. Y la alarma me saltó por los aires, no por los casos aislados de no se recomienda el baño en La Puntilla o La Laja. Hasta podría entenderse ante el desconcierto bochornoso del gobierno municipal que padece el ciudadano de Las Palmas de Gran Canaria. Pero, no, qué va: un par de enterococos en Las Canteras va incluido en el manual de socialismo de salón y cotilleo con el empresarismo autoritario que está a punto de revelarse como la panacea ante el derrumbe del Estado de Derecho y la democracia de mercado. La alarma, realmente, tronó en mi cerebro cuando el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife ya directamente prohibió el chapuzón en la playa corrupta de Las Teresitas.

No sé a dónde vamos a parar. Tanta mierda flotando alrededor nuestra impide que olamos el tufillo que emana hace años. De la COTMAC a la reforma del mercado laboral; de los gastos en telefonía móvil a lo que pide y le piden a través del suyo el alcalde más solicitado de la Comunidad, Berto González Reverón. Pero que las playas urbanas se llenen de cuando en cuando de mierda debería servir para que esta sociedad aletargada, casi al borde de la hipnosis, embutida en un trabe mental sobre si los fichajes multimillonarios del Madrid harán sombra algún domingo como este al fútbol elevado a la categoría de arte del Barça, despierte de una vez y exija, más allá de cada cuatro años -si es que realmente exige algo cuando introduce el sobre por la ranurita de cristal- una cuenta de resultados al día a quienes manejan nuestra barca. Ya no sólo en Las Canteras, también en Las Teresitas.

Como todavía no me he decidido a mudarme a Santa Cruz -este lunes, por ejemplo, la vía penal de Tebeto se abre en Vegueta, justo al lado del sanedrín- no puedo hablar de qué significa para los chicharreros Las Teresitas. Tienen, además, otros espacios grandes, limpios y libres para el relajamiento. Pero para un ciudadano de Las Palmas de Gran Canaria, para un canario de Las Palmas en gentilicio también mío de Pepe Alemán, la playa de Las Canteras es el único pulmón, en este caso amarillo, que tiene esta urbe acogotada sobre el istmo de Santa Catalina. Este domingo, tan especial, el ir y venir de gentes iguales -por lo del bañador, no por la figura- era un fiel reflejo de aquello de que en la orilla y bajo la sombrilla, todos somos iguales ante la marea y el solajero. Que las diferencias de clase se diluyen bajo el agua del Charcón o Punta Brava, de La Cícer al Muro Marrero.

¿Se imaginan ustedes que del no se recomienda el baño un día, que llegará, al tiempo, Sanidad imponga la restricción total a pisar, descalzos, la arena? ¿Qué sería de esta ciudad, sin aire más que ante la ventana de la Avenida? Hagan el favor, y no se me relajen: exijan preservar lo nuestro, que es de todos y no de ellos. Empezando por la playa (Las Canteras, Las Teresitas, la del Reducto, da igual) y después empiecen a mirar para arriba: hasta la loma de presunto picón de Tebeto, hacia los alquileres de chaslenes de chicha y nabos, hacia los pactos putrefactos decididos en despachos de empresarios, hacia los que nos gobiernan, que nos afecta, quieran o no, a todos.

De lo contrario, el consejero delegado de turno (de Presidencia, Interior o Defensa, todo se andará) sacara los tanques a la calle cuando del cerebro humano sólo quede en primera página, en vez de una reivindicación de normalidad democrática y sociedad civil, otra reyerta sangrante a la puerta de los Juzgados porque me miraste mal el otro día en aquella esquina de atrás. Para babeo de los titulares de Televisión Canaria.

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