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Lo inaceptable

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Nuestros vecinos de África se desangran entre alambradas fronterizas, la guardia civil les apalea y les conduce ilegalmente de regreso a su cárcel de hambre, se les encierra en campos de concentración al lado de nuestras casas bajo el “delito” de querer sobrevivir, sus barquillas vuelcan y naufragan; pierden la vida intentando llegar a nuestras envidiadas y turísticas costas. Ellos mueren pero nosotros también morimos por dentro, hacemos aguas por nuestra intolerable y creciente deshumanización. Nuestro naufragio es moral cuando nos habituamos a algo tan inaceptable como el maltrato a nuestros semejantes.

Las imágenes de las veinte personas a quienes durante varias horas se las retuvo sobre la arena hirviente de la playa grancanaria de Maspalomas, para luego ser trasladadas en un camión municipal de basura, mientras a pocos metros los turistas disfrutaban de un placentero día, deberían retumbar como un aullido de alarma en nuestras envejecidas conciencias. Basta ponernos un instante en la piel del otro para sentir el maltrato atroz a unos seres humanos que acababan de llegar a costa, agotados, enfermos, deshidratados, tras un viaje infernal.

No podemos dejar de indignarnos ante el racismo de los responsables del Ayuntamiento de San Bartolomé de Tirajana, quienes decidieron trasladar a los emigrantes en un camión de basura, mostrando más preocupación por los efectos sobre el turismo de la imagen de los inmigrantes sobre la arena que por el maltrato indigno al que sometieron a estos seres humanos. No podemos obviar que el presidente del Cabildo grancanario, Bravo de Laguna, calificó de “adecuado” el trato dispensado, pidiendo, eso sí, que no se exageraran las críticas, en alusión a una conocida portada de periódico. No es admisible la actuación de los cuerpos policiales, en manos de un ministro del Interior, Jorge Fernández, que criminaliza a los inmigrantes cuando afirma -sin aportar ni un solo dato ni prueba- que hay terroristas yihadistas entre quienes saltan la valla de Melilla. Los tres son dirigentes del Partido Popular.

En pocas palabras, no podemos acostumbrarnos al reinado impune de la indignidad, la desvergüenza, el abuso y la villanía política, aunque algunos se empeñen en incrementarnos la dosis de la vacuna a diario.

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