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Esa triste rutina

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Estoy un poco asombrada. No sé si existe alguna teoría, puede que sí, que confirme lo que hace tiempo vengo pensando, sin ánimo de ofender a nadie, y es que parece como si algunas mujeres tuviéramos una especie de imán para que se nos acerquen solo personas tóxicas y vamos por la vida coleccionando relaciones amorosas, o de otro tipo, con seres residuales -o cáncamos, como yo los llamo-. ¿Qué característica pueden tener esas mujeres para que esa colección de trastos tenga lugar?

Que seas una abnegada madre de familia o una profesora que se desvive por su profesión pudiera ser un motivo no solo para ser admirada por un hombre sino también para que este se aproveche de esa característica y pase por un hijo más desvalido que el resto o un alumno con algún déficit al que tú debieras dedicar más tiempo y esfuerzo. Pudiera ser…

Martillo y clavos

Conocí a una mujer que, después de muchos años de viuda de un marido que le zurraba de lo lindo y de muchos fracasos amorosos posteriores en los que parecía que atrajera las palizas, lloraba porque echaba de menos la seguridad que le daba aquel marido. Un síndrome de Estocolmo brutal, desde luego. Lo siguiente que experimentó fue una violación y después el deterioro cognitivo a raíz de eso que acabó con ella.

Conocí a un hombre encantador, delicado, caballeroso, atento, que me adoraba y que alababa todos mis pasos, hasta los más mediocres, que hablaba bien de mí a todo el mundo, que halagaba cada torpe intento mío por figurar en alguna cosa donde otras mujeres triunfan con mucha facilidad, con el que disfrutaba cada instante y me sentía dichosa… Pero este hombre tenía un defecto y es que era muy aficionado a comer por ahí y siempre con vino; el vino pasaba más tiempo con él que yo o que su familia y, obviamente, lo prefería por encima de todo lo demás. De esta manera, cuando se pasaba solo en una copa de lo que era capaz de tolerar para considerarse sobrio, empezaba a crecer de forma desmedida su egocentrismo, basado en apagar el brillo de los demás, en el desprecio hacia el resto de los seres humanos. Luego venían los gritos, los insultos a todo lo que le rodeaba y finalmente hacia mi persona. No salía de mi asombro. Era increíble con qué arte buscaba y encontraba mi supuesta relación con cualquier cosa contra la que despotricaba en ese momento para terminar insultándome. Luego todo se rompía. Después venían los arrepentimientos de quien reconoce que es un ser horrible y las lunas de miel, luego la relajación y al poco tiempo otra vez la tensión, luego el estallido y siempre la misma espiral de violencia una y otra vez.

Era increíble con qué arte buscaba y encontraba mi supuesta relación con cualquier cosa contra la que despotricaba en ese momento para terminar insultándome. Luego todo se rompía

Muchas veces rompimos. Me llegaba a llamar de todo lo que se le iba viniendo a la mente en aquel estado de ofuscación. La última vez me gritó que era como todas las mujeres, una estúpida, mentirosa, puta, zorra y tantas lindezas que se le ocurrieron, y lo peor de todo es que ya los efectos del alcohol no estaban: estaba sobrio. Pero había normalizado ese comportamiento como forma de resarcirse cada vez que las cosas le iban mal o él pensaba que así era. Habíamos estado paseando toda la tarde y, al llegar al coche para irnos, la escandalera se hizo insoportable, así que quité la llave del contacto del coche y me largué de allí acelerando el paso lo más lejos que pude llegar. Esperé al abrigo de una cafetería y, cuando consideré que era tiempo suficiente, regresé a buscar mi coche. Ya él no estaba. Esa noche me volvió a decir que era un ser horrible y que no sufriera por su culpa y me pedía perdón nuevamente, arrepentido.

No me avergüenza decir que en este momento en que escribo estas líneas ni siquiera hace veinticuatro horas de esa escena, y que estoy previendo mi propia reacción y que cada vez la tengo más clara.

Pero parece que no voy descaminada en mi teoría. A veces preferimos a la chusma y nos engañamos pensando que son capaces de hacernos felices, pero hace falta grandes dosis de paciencia y aguante, un gasto de energía terrible para enderezar lo que está torcido y en realidad no merece la pena tanto esfuerzo. Y es que, como decía Rubén Blades, “si naciste pa’ martillo, del cielo te caen los clavos”.

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