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CANARIAS Y LA SELECCIÓN ESPAÑOLA FEMENINA DE BALONCESTO

Myriam Henningsen: el baloncesto en la sangre (1994)

Myriam Henningsen se quedó fuera del ‘equipo olímpico’ al irse a jugar al extranjero, pero, tras Barcelona 92, un gran año en el Dorna le abrió las puertas de la selección española

Capítulo 10 del libro ‘Canarias y la selección española femenina de baloncesto’, del que es autor Luis Padilla. Publicado por AyB Editorial con el patrocinio de la Federación Insular de Baloncesto de Tenerife

Henningsen defiende a Yolanda García (Canoe), en un amistoso de preparación previo al Mundial de Australia

Henningsen defiende a Yolanda García (Canoe), en un amistoso de preparación previo al Mundial de Australia

Biografía

Myriam Henningsen Pérez (Santa Cruz de Tenerife, 3-7-1966)

Selección española: 7-5-1994 / 12-6-1994 (Debut / despedida)

Veces internacional: 14 (9-5 victorias / derrotas)

Puntos: 39

Torneos oficiales:

Mundobásket Australia 94 (8º)  

El baloncesto en la sangre

Myriam Henningsen fue la primera baloncestista española en jugar como profesional en el extranjero y también la primera jugadora nacida en el Archipiélago en disputar un Mundobásket. Lo hizo en Australia en el año 1994. Si alguien hubiera apostado por ello una docena de años antes, no hubiera ganado dinero. Porque entonces, con quince años, era la mayor promesa del baloncesto español. Internacional en todas las categorías inferiores, había liderado al CEU Náutico a los dos primeros títulos nacionales logrados por el baloncesto de base canario, pese a ser un año menor que sus compañeras.

En realidad, Myriam cumplía con el destino que tenía fijado casi desde su nacimiento, cuando por genes, físico y tradición parecía predestinada a ser una figura del baloncesto español. Lo fue, pero le costó. Y mucho. Así, siendo una de las mejores baloncestistas del país, apenas jugó con la selección absoluta. Renunció sin saberlo –o igual sí– cuando con 17 años recién cumplidos, tras un curso notable en Primera División con el Betania catalán, fichó por el Alcalá. “El Canoe quiso que jugara con ellas, pero pagándome sólo los gastos de alquiler del piso. Me comentaron que era la mejor opción para llegar a la selección, pero me negué”, explica.

Hija de Ernesto Henningsen, legendario jugador del Náutico en los años cincuenta, siguió los pasos de su hermana Verónica, que militaría durante un lustro en el Tenerife Krystal. “Empecé a jugar por tradición familiar y porque el baloncesto lo tenía metido en vena, sin duda, pero luego sigues porque te gusta”, apunta. Y porque pronto destacó en aquel histórico CEU que con el tiempo ganaría dos títulos nacionales en categoría juvenil. “Allí Toño Iboleón hizo un trabajo muy bueno conmigo. Me enseñó a mover los pies en el juego interior, técnica individual, conceptos defensivos... Fue la clave en todo lo que vino después”, agradece.

“La labor de aprendizaje es básica para una jugadora y Toño tenía una paciencia infinita con nosotras. Te exigía mucho, pero también te apoyaba y te enseñaba”, explica una jugadora que, aún en edad infantil, fue la máxima anotadora, la máxima reboteadora y la mejor jugadora del Campeonato de España Juvenil de 1981 en el que el CEU Krystal, ya bajo la dirección de Paco Apeles, logró su primer título nacional. Al curso siguiente, el llamado CEU Náutico repetiría éxito “en unos años muy buenos a nivel deportivo y personal: aprendíamos, nos divertíamos... y ganábamos casi siempre”.

“La verdad es que no paraba mucho. Por un lado estaba el equipo con la la liga insular y luego el regional, los nacionales o el nacional escolar; y también las convocatorias con la selección española de la categoría, pero yo era más feliz jugando que estudiando. Además, en el CEU tuve unas compañeras que supieron entenderme. Tenía un carácter difícil, pero me aceptaban como era y así formamos un equipo que era eso, un equipo”, agrega Henningsen, quien contaba con una fuerza, una velocidad y una técnica individual desconocidas en una jugadora de 1,86 metros. Lógico que con 16 años recién cumplidos debutara en Primera División.

Lo hizo, ya se ha dicho, en el Betania. “No quería irme. Yo era casi una niña y hubiera preferido quedarme en casa con mi gente y en el Krystal con mi hermana, pero los técnicos dijeron que era muy joven y que no iba a jugar ni un minuto con el equipo sénior. Entonces, la mujer de Gavaldá [entrenador del Betania], que era tinerfeña, contactó con mi madre, surgió la opción de ir a Barcelona... y me fui a jugar a Primera División más de treinta minutos por partido”, apunta al hablar de un curso que concluyó alojada en la Residencia Blume, donde coincidió con otros jóvenes en una situación similar.

“Todos estábamos lejos de la familia y esa sensación de soledad que tú tienes se normaliza”, expone Henningsen, que convivió en la Blume con deportistas como Natalia Mas (natación), Sergi Brugera (tenis) o Manuel Estiarte (waterpolo). Internacional juvenil y júnior a las órdenes de Chema Buceta, también superó una operación en la rodilla derecha que le impidió ir al Eurobásket júnior de Italia 83, pero no firmar dos cursos con números de americana en el Alcalá y rozar el debut en la selección absoluta, de la que en el verano de 1984 se despidió María Planas, “una grandísima entrenadora”.

Acabado su periplo peninsular, en la campaña 85-86 regresó a la Isla para jugar en el Coronas con Paco Santamaría de técnico. Fue un ejercicio irregular para aquella veterana de 19 años: firmó cifras de crack (17,3 puntos y 10,8 rebotes por partido) en una primera fase en la que formó una pareja demoledora con Cathy Boswell... hasta que el club dejó de pagar. Santamaría renunció y Henningsen logró “un acuerdo amistoso” para rescindir su contrato y se lanzó a la aventura: tres cursos en el Saturn Köln alemán, unos meses en el Cepsa 88-89 de Cubeles y otros tres años en el Galatasaray de Turquía, con tres títulos de liga.

La aventura no empezó bien: nada más llegar a Alemania tuvo una lesión de menisco y de los ligamentos cruzados y laterales –la célebre triada– que la mantuvo cinco meses hospitalizada y un curso inactiva. “Me dijeron que no iba a jugar más, pero me recuperé y pude disfrutar de una competición de gran nivel”, apunta Myriam, quien no oculta que los tres años en el Galatasaray “fueron una experiencia maravillosa, por los tres campeonatos logrados y por ser el mejor club en el que he estado a todos los niveles”. Eso sí, ir al extranjero eliminó toda opción de entrar en el equipo olímpico de Barcelona 92 que ya formaba Chema Buceta.

“Estando en Turquía me llamaron y la delegada de la selección sugirió que fichara por el Canoe, pero estaba muy bien económicamente. Me hubiera gustado ser olímpica, pero estoy orgullosa de ser la primera española en jugar como profesional en el extranjero. Ahora es más habitual, pero no entonces y le doy mucho valor”, explica Henningsen, que mediado el curso 92-93 regresó a España para firmar unos meses brillantes en un Cajasegovia al que salvó de un descenso seguro. Por el camino hizo “un buen partido ante el Dorna Godella, sobre todo en defensa” y eso hizo que con 27 años fichara por el equipo valenciano.

La baja de Wonny Geuer, embarazada, le restó potencial al Godella 93-94, pero le dio protagonismo a Myriam “en un curso en el que confió mucho en mí Miki Vukovic, un técnico duro, pero un crack a nivel táctico”. Tras ganar la liga española y la Copa de la Reina, el Dorna se quedó a un paso de repetir título europeo al caer en la final continental ante el Como: “No pude jugar ese día porque tenía el tobillo como una maceta y también porque Vukovic quiso protegerme. Había hecho una Copa de Europa muy buena y, antes del partido, me vendaron y estaba para jugar. Creo que Miki tenía que haberme sacado, pero...”.

Pese a ello, Myriam entró en la lista de Manolo Coloma para el Mundial de Australia 94 con sus compañeras Laura Grande, Pilar Valero, Paloma Sánchez y Ana Belén Álvaro: “Me costó llegar, pero la sensación de estar en la selección absoluta fue muy gratificante en lo baloncestístico y además tuve la suerte de visitar un país alucinante. Como fuimos dos semanas antes, algo pude ver”. Con Henningsen y Lobón por Geuer y Messa como únicos cambios respecto al equipo que había ganado el Eurobásket 93, España acudió a Australia tras una fase de preparación inmaculada ante rivales como Suecia, Hungría, la República Checa o Francia, subcampeona europea.

“Sabía que era un grupo casi cerrado y traté de pasar de puntillas, pero en el cierre de la preparación, ante Francia, me jugué un par de tiros, estuve más alegre en ataque... y Coloma me dijo que me dedicara a coger rebotes, que para eso me había llamado. Y eso hice”, apunta la pívot tinerfeña, que mantuvo su protagonismo ya en el Mundobásket. España sumó dos triunfos y una derrota ante Estados Unidos en la fase de grupos, con notables cifras de Myriam: once puntos a Nueva Zelanda, seis rebotes contra las gigantes USA “y gente como Lisa Leslie, Katrina McClain o Teresa Edwards, compañera en el Godella. Una pasada”.

En la segunda fase, España se estrenó con un convincente triunfo ante China (76-60) que la dejaba a un paso de semifinales y de las medallas, pero cayó con Cuba (65-68) tras dominar de trece puntos al descanso. “Debimos ganar a las cubanas y luego se nos fue un partido raro contra Brasil (87-92). De haberlo ganado, estoy convencida de que hubiéramos acabado jugando la final contra las americanas”, recalca. Curiosamente, el oro se lo disputaron Brasil –que sorprendió a Estados Unidos en semifinales– y China, dos conjuntos que no fueron superiores a España, que se abandonó y finalizó octava. “Lo tuvimos cerca y acusamos el palo”, resume.

Pese a jugar algo menos de lo esperado, insiste en que “jugar un Mundobásket es algo único y la experiencia fue maravillosa. Sufrí el cambio horario y me pasó de todo, de un herpes a vómitos, pero resultó inolvidable medirse a una tipa brutal como Hortensia Marcari, la brasileña; a las cubanas, que defendían en zona con cinco negras iguales y sólo veías brazos... No soy de vibrar con el himno, pero como jugadora fue alucinante. Y aunque había un bloque del Dorna y otro del Banco Exterior [Ares, Ferragut, Cebrián], el ambiente fue bueno”. “Además, la relación con Coloma fue correcta”, explica.

Cuando recuerda aquella experiencia, Myriam no tiene dudas de que el Mundobásket 2018 será “importantísimo” para Tenerife, “algo que se verá cuando esté pasando”. “Además, puede suponer un revulsivo para el baloncesto femenino, pero para ello hay que seguir apoyando cuando acabe el torneo, que esa ayuda tenga continuidad tras el campeonato; y para ello sería bueno que hubieran muchas mujeres en esos niveles organizativos, algo que ahora no ocurre en Canarias”, agrega una jugadora que confía en que el aficionado al baloncesto “y al deporte en general” acuda al Santiago Martín y al Quico Cabrera, “porque el espectáculo merecerá la pena”.

A nivel deportivo, Henningsen aconseja a España “disfrutar el día a día. A la selección le puede ir bien ser la anfitriona, pero también le puede pesar. Lo que sí necesita es tener suerte en el día clave, posiblemente el cruce de cuartos de final, que es lo que marcará estar o no en las medallas. Cualquier error lo pagas caro, pero en un cruce te vas a casa”. Eso sí, tiene claro que “Estados Unidos es muy favorita, por individualidades y como colectivo... aunque en una cita así no hay que tirar ningún partido. Ya se vio en aquel Mundobásket de Australia: era imposible que las americanas perdieran y Brasil les ganó en las semifinales”.

De aquel Mundobásket de Australia 94, Myriam también se trajo en el vuelo de vuelta un consejo de Coloma: fichar por el Canoe para seguir “cerca de la selección”. Prefirió irse a Lugo para ascender al Ensino a Primera División, donde jugaría un curso en la élite antes de ir tres años a Portugal [Madeira, Cif y Algef] y hacer un último intento de jugar en casa, esta vez en el Uni Tenerife, donde las rodillas y la espalda le invitaron a la retirada. “Me hubiera encantado jugar más en Tenerife porque ésta es mi casa; lo intenté tres veces, pero no se dio”, destaca una baloncestista que considera que “el baloncesto femenino ha mejorado físicamente en los últimos años”.

Eso sí, entiende que “se necesita que se crea más en sus jugadoras y que no se las trate diferente por ser mujeres”. Con esa idea dirigió al Médano 16-17 a nivel autonómico, pero el proyecto no tuvo continuidad. Y ahora le gustaría poner su entusiasmo y sus conocimientos baloncestísticos en las categorías de base. “Prefiero enseñar a competir”, sentencia una jugadora que por genes, por físico y por tradición ya nació destinada a ser figura del baloncesto. Aunque le costó trabajo, mucho trabajo.

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