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Cortes de luz en tiempos de emergencia climática

Alejandra Ortega García

En una de estas se nos va la luz, dice la canción. Y se fue. El pasado domingo las 900.000 habitantes de Tenerife sufrimos un cero energético que durante horas afectó al normal transcurrir de la jornada: los semáforos dejaron de funcionar dificultando la circulación, numerosos comercios se vieron forzados a cerrar, decenas de personas tuvieron que ser rescatadas de ascensores que se quedaron a mitad de camino. Muchas mirábamos frenéticamente cómo el porcentaje de batería del móvil iba bajando, mientras las redes sociales se inundaban de bromas sobre la llegada del apocalipsis final. Lo normal entre una generación que ha -hemos- sido bombardeada con imágenes de caos climático, zombis y colapso civilizatorio en cientos de series y películas.

Las causas del apagón eléctrico aún se están investigando. Sin embargo, en las horas siguientes al corte de luz, una misma pregunta se repetía entre los vecinos: ¿cómo es posible que un fallo en una central deje en situación de desabastecimiento energético a toda una isla?

Lorenzo y los cortes que están por venir

Tan sólo unos días después y por razones distintas eran nuestras vecinas Islas Azores quienes sufrían cortes en la red eléctrica. El huracán Lorenzo, con vientos de hasta 150 kilómetros por hora, dejaba a su paso inundaciones, escuelas cerradas y vuelos cancelados. Aunque Lorenzo no es el primer huracán que pasa por las Azores, su trayectoria y categoría anormales están siendo objeto de estudio meteorológico.

En Canarias sabemos lo que es quedarse sin luz a raíz de un temporal: en 2005 la tormenta tropical Delta dejaba a miles de personas sin suministro eléctrico, en algunos casos hasta siete días. A esto se sumaron cortes en telefonía y líneas móviles, que dejaron zonas enteras incomunicadas. También sabemos, porque la comunidad científica es clara al respecto, que fenómenos meteorológicos extremos como Lorenzo o el Delta serán cada vez más comunes en las próximas décadas. La cuestión es, ¿está preparado nuestro modelo energético para afrontar los Lorenzos por venir?

Distintos colectivos como la Plataforma por un Nuevo Modelo Energético llevan años advirtiendo de que en las islas tenemos sistemas de generación eléctrica centralizados, poco flexibles y sumamente vulnerables a incidencias de distinto tipo. Además, el 89% de nuestra electricidad proviene de la quema de fuel y gasoil. Esto, aparte de ser una irresponsabilidad en términos de emisión de gases de efecto invernadero, nos deja en una posición fuertemente dependiente de las importaciones de petróleo. Y el petróleo barato, como alertan investigadores de todo el planeta, tiene los años contados.

Dependencia energética y crisis ecológica

Pero sigamos recorriendo archipiélagos. En 2017, el huracán María arrasaba varias islas del Caribe dejando miles de víctimas mortales y decenas de miles de personas forzadas a desplazarse. En Puerto Rico la red eléctrica quedó destruida por el huracán sumiendo a toda la población en la penumbra. La magnitud de los destrozos, unida a una pésima gestión por parte del gobierno colonial, supuso que miles de boricuas estuvieran sin suministro eléctrico hasta un año después del ciclón, con todo el sufrimiento, problemas de salud pública y precariedad vital que esto supone.

Dice Naomi Klen en su libro La batalla por el paraíso que es difícil imaginar un sistema eléctrico más vulnerable a los shocks climáticos que el de Puerto Rico, aunque seguramente al pueblo canario le suene familiar. Como aquí, casi el total de la electricidad (un 98%) proviene de la importación y quema de combustibles fósiles que, como aquí, deben ser transportados en barco hasta las islas. Luego viajan en camión hasta un puñado de centrales eléctricas desde donde la energía es distribuida mediante cables suspendidos y un cable submarino que, como sucede en Lanzarote y Fuerteventura, conecta varias islas. El mantenimiento de esta macroestructura es, además, sumamente caro, por lo que el precio de la electricidad es mucho mayor que para sus vecinos continentales (como aquí).

El huracán no sólo devastó el tendido eléctrico, sino que afectó a infraestructuras viales y portuarias. Esto supuso que miles de contenedores cargados del combustible necesario para hacer funcionar las centrales quedaran bloqueados en los muelles. Ante la falta de diesel, muchas gasolineras acabaron desabastecidas y el transporte de personas y suministros básicos paralizado.

Y, también como aquí, mucho tiempo antes de la llegada del ciclón distintos grupos ecologistas señalaban que el modelo energético basado en el monopolio privado, centralizado y dependiente de la importación de combustibles era, además de insostenible y antidemocrático, un riesgo para la población.

En los meses siguientes al María distintos centros comunitarios que tenían instalaciones basadas en energía solar funcionaron como único punto de acceso energético para vecinas y vecinos. Surgieron también distintas campañas populares para instalar placas solares en decenas de viviendas y comercios, ante el total abandono institucional. En medio de una brutal crisis económica y humanitaria políticamente inducida, fueron las redes de apoyo entre iguales las que permitieron a muchas personas empezar a recuperarse del desastre. Porque, como dicen las compañeras lationamericanas, los huracanes son naturales pero los desastres se construyen económica y políticamente.

Aprendiendo del apagón

Podemos ir sacando conclusiones. La ciencia no deja duda: la crisis climática no está por llegar, sino que se despliega cada día en distintas partes del mundo. El declive de los combustibles fósiles supondrá un inevitable aumento de los precios y, en última instancia, desabastecimiento. Experiencias tan traumáticas como las del pueblo boricua deberían hacer sonar todas nuestras alarmas. La juventud, y cada vez más gente, lo tiene claro y pide cambios.

Frente a esto, podemos organizarnos para exigir y formar parte de la transformación a un modelo basado en la energía solar, descentralizado, justo y democrático. Podemos exigir y construir soberanía energética -y alimentaria- en nuestras islas. O podemos olvidarnos de lo que pasó el domingo, apagar la luz y aprender vía shock.

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