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No son cosas de niños

En el último pleno celebrado en el Parlamento de Canarias hemos hablado de acoso escolar, esa forma de violencia que nos exige profundizar en la educación en valores, tanto en casa como en la escuela. Estamos ante un problema que ocurre a diario, en todo tipo de colegios, a plena luz del día, a veces con testigos, a veces no.

Somos nosotros, los adultos, quienes tenemos la responsabilidad y la obligación moral de no inculcar a los niños y niñas ideas que puedan conducirles a actitudes de desprecio hacia los demás. Debemos construir una sociedad abierta, tolerante y respetuosa, trabajando para ello desde la infancia, en las familias y en las aulas. Es importante subrayar que muchos adultos trasladan sus miedos y complejos a sus hijos, sin ser conscientes -o, en el peor de los casos, siéndolo- de que esas ideas las van a reproducir.

Es justo recordar que el Partido Popular consideró necesario hacer desaparecer la asignatura de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos. Sería este año, 2016, cuando según la Lomce del PP (y sólo del PP) se daría por completamente extinguida esta apuesta del Gobierno de Rodríguez Zapatero por promover una sociedad libre, tolerante y justa, que contribuya a la defensa de los valores y los principios de libertad, pluralismo o derechos humanos, entre otros. No obstante, dejemos por el momento en un veremos que así sea.

El respeto a las diferencias: incluso desde esta premisa tan básica se nos exige comenzar a reflexionar y a puntualizar. ¿Qué es exactamente la diferencia hoy, en la sociedad canaria del siglo XXI? ¿Qué, quién o quiénes determinan que una persona, un aspecto físico, un comportamiento sea diferente? ¿El hecho de que sea minoritario?

Somos nosotros quienes creamos las diferencias, quienes las catalogamos, al tratar lo no mayoritario o lo no convencional como algo anormal. Los niños y niñas acosados suelen ser personas no diferentes, sino especiales: especiales porque puede que sean más sensibles, puede que sean más maduras, puede que no hayan tenido la oportunidad de elegir ante ciertas circunstancias, puede que sí hayan tenido incluso más oportunidades que el resto pero no lo consideren importante...

“Eres un marica, eres aburrida, gordo, empollona, raro, cuatro ojos”... Ni en las aulas ni en casa podemos permitir que esto de lo que a menudo somos testigos se considere “cosas de niños”. En una situación de acoso, sucede que la víctima termina sintiéndose culpable, y cuando el asunto trasciende y se demuestra que efectivamente ha existido acoso escolar, esa culpabilidad se extiende al ámbito familiar.

Hablamos, por lo general, de niños y niñas que hacen bien las cosas, que son respetuosos con los demás, que sacan buenas notas pero, de pronto, comienza un cambio de actitud, en ocasiones como consecuencia del estado de ánimo en el que van entrando: aislamiento, depresión, tristeza, pasividad, apatía, agresividad, terrores nocturnos, excesiva dependencia de los adultos, llanto constante...

El miedo a relacionarse con niños de su edad conduce a que se refugien en otros más pequeños y se resistan a crecer para así sentirse protegidos. Especialmente grave llega a ser la situación cuando a todo esto se añade la violencia física o cuando el niño o niña acosada no ve otra salida que no sea imitar a su acosador.

No puede ser que ir al colegio se convierta en una tortura. No puede ser que un niño de seis años se refugie en los baños durante el recreo, solo, en silencio, esperando a que pase el tiempo para volver estar en su pupitre a salvo bajo la protección del maestro o maestra. Eso no lo podemos permitir. Se exige la implicación de la comunidad educativa, no tratarlo como un asunto menor porque, insisto, no son cosas de niños.

Hay que actuar ante la más mínima sospecha, por pequeña que sea, para así poder poner en marcha acciones en fases tempranas. Es muy importante tener presente que muchos niños no lo cuentan por vergüenza, por miedo o, lo que peor, porque admiten que merecen ser tratados así, pues a medida que aumenta el acoso disminuye la autoestima. Es clave la vigilancia en el centro, la labor de los docentes.

Los niños y niñas deben crecer jugando, riendo, compartiendo, disfrutando de la vida a esas edades, no sufriendo por sentirse peores, diferentes, raros. Los episodios de acoso escolar marcan el desarrollo posterior de la persona, su carácter. Adultos con problemas para relacionarse con otras personas, con miedos o tendencia a la depresión, en muchos casos han desarrollado ese carácter como consecuencia del acoso al que fueron sometidos en su infancia. El acosador termina destrozando la vida de esa persona.

Las nuevas tecnologías y las redes sociales, tan positivas para tantísimas cosas, hacen que ese acoso se lo lleven muchos niños a casa en la mochila, porque los insultos y las burlas continúan luego por Whatsapp, Twenty, Facebook... No se trata, ni mucho menos, de demonizar estas formas de comunicación, pero sí de advertir de la necesidad de que los padres y madres, en casa, estén atentos a lo que hacen sus hijos con el móvil o con el ordenador. Hay que proteger al niño o niña que sufre acoso, sí, pero también controlar al que presente conductas acosadoras.

Personas que lo han sufrido se preguntan por qué siempre es la víctima la que termina pagando las consecuencias: se le cambia de colegio mientras que el acosador o los acosadores continúan su vida normal, sin sufrir alteraciones. Desde el PSOE apostamos por impulsar acciones enfocadas a los niños y niñas que se demuestra que maltratan a sus compañeros. Es frecuente que sea el centro el que invite a la familia a cambiar a su hijo de colegio, lo que resulta claramente injusto y perjudica de nuevo a la víctima, al tiempo que altera la vida de toda la familia.

Igualmente importante es que los centros dejen constancia por escrito de la visita de padres y madres que acuden para contar lo que sus hijos, presuntamente acosados, les cuentan a ellos. Colectivos que trabajan en la materia recomiendan que así sea, es decir, que queden siempre registradas en el centro las advertencias que realizan los padres y madres sobre la información que reciben a través de sus hijos.

Insistimos hasta la saciedad: la clave está en prevenir, en educar y en intervenir cuanto antes. Acabo con un testimonio real rescatado de Internet: “Tengo... 67 años. No recuerdo cómo fue mi primer beso, pero no he podido olvidar el nombre de mis acosadores del bachillerato elemental (...). Mis delitos: llevar gafas, y ser larguirucho y risueño. Alguna vez he soñado con ellos. Nunca con mi primera novia”.

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14 de abril de 2016 - 18:40 h

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