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Estigma

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No son buenos tiempos, desde luego, para la lírica sindicalista pero hay que escucharla, guste más o menos a los detractores. Por el bien de la democracia y de la clase trabajadora -y desempleada, es obligado precisar- que empieza a reaccionar, entre agresivas penurias reformistas y pronósticos contradictorios catastrofistas de quienes las apadrinan en medio de las meflifluas sonrisas de la patronal, desengañados tras comprobar que el martes después del 20-N ni disminuían las colas de las demandas de empleo ni se abrían las puertas de empresas, industrias y centros de trabajo para satisfacer todas aquellas predicciones de dos semanas de campaña electoral y meses y meses de inflar las condiciones 'medioambientales' para ganar la confianza mayoritaria y decidir luego, eso sí, bajo el manto de la respetable voluntad popular. Si es mayoritaria, mejor. Menos debate.

Pero, bueno, ya dijimos que en la digestión de la huelga general de octubre de 2010, los primeros en hacer una reflexión obligatoria sobre su papel, presente y futuro, debían ser los sindicatos. Vaticinamos que iba a ser una digestión pesada: al impacto menor que causó en la población y en la opinión publicada -nada que ver con el de diciembre de 1988, cuando el apagón televisivo de medianoche hizo comprender a muchas personas cuál es el alcance de un conflicto de este tipo-, hubo que emplear mucha sal de frutas para sobrellevar la progresiva desconfianza de la población, más preocupada, sin duda, en conservar lo que quedaba, laboralmente hablando, en una suerte de 'virgencita, que me quede como estoy' antes que luchar para defender lo que tanto ha costado conseguir.

Así que, independientemente de la coyuntura, tendrán que replantearse su funcionamiento en la sociedad. Lo ocurrido a lo largo de los últimos meses ha estigmatizado a los sindicatos. Y si antes, salvo honrosas excepciones, no había una conciencia y una cultura sindicalista, el rechazo a ciertos métodos, a sus dobleces, a los vicios internos, a la tibieza y a la falta de eficacia en la resolución de problemas reales ha ido acentuándose. Se ha llegado a hablar de los liberados en el tono más despectivo posible, se ha considerado que han creado una nueva casta de dirigentes privilegiados o acomodados?

Una lástima. La historia de los sindicatos en nuestro país está plagada de lucha, de resistencia y hasta de heroísmo. Desde la clandestinidad han venido coadyuvando a la consolidación de las libertades y de la propia democracia. Su concurrencia en la vida pública está consagrada constitucionalmente, cuando se les reconoce, junto a las organizaciones empresariales, su contribución a la defensa y promoción de los valores de los intereses económicos y sociales que les son propios.

Se diría incluso que algunas de las críticas recibidas son manifiestamente injustas pero lo cierto es que se impone un período de autocrítica y de sensible renovación. Sin llegar a la reinvención, pero sí a una trasformación que, en la praxis, permita recuperar, sobre todo, la credibilidad perdida. Debe ser una revisión profunda que dé respuestas a los cambios que se están produciendo o se avecinan en el tejido productivo y los nuevos sectores; que tenga alternativas a las exigencias de la sociedad de hoy y de mañana y que sepa adaptarse a los mercados laborales y a sus peculiaridades. Las centrales sindicales españolas, las grandes, las de implantación nacionalista y las de menor grado de representatividad, han de ser conscientes de que han de modernizarse. Han de construir nuevos discursos, han de funcionar de forma más transparente y participativa, han de comunicar mejor y han de operar medidas que propicien la recuperación de la conciencia sindicalista.

Estamos ante un punto de inflexión, desde luego: sin perder el ánimo reivindicativo, sin alejarse de su finalidad básica, sin renunciar a señas de identidad ni a defensa de los valores laboralistas, se impone un nuevo papel. Los tiempos difíciles ya están aquí. Y exigen lucha.

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