Cine
‘Aída y vuelta’, más que una metaficción
En mi cabeza la cosa surgió así: en Mediapro decidieron que era buena idea hacer una película basada en la serie Aída. Pensaron en hacer un episodio largo, en forma de largometraje, un capítulo especial para cine. Le ofrecieron el proyecto a Paco León y él no se mostró muy convencido. Les pidió que le dejaran darle una vuelta. Lo reflexionó y se le ocurrió que sería una buena idea, en lugar de hacer un capítulo más, crear la historia de la grabación de un capítulo de la serie, hablar del proceso creativo, de los problemas a los que se enfrentaban los actores, de la relación entre ellos. Sus conflictos personales y profesionales. Les dijo que si no lo aceptaban, no haría la película. En la productora no estaban muy seguros, la idea era arriesgada y dudaban de si sería lo suficientemente comercial, pero Paco León era la mente detrás de Carmina o revienta, de Arde Madrid o del exitazo de Kiki. Y le dieron luz verde.
No tengo ni idea de si todo ocurrió como lo he contado, pero me gusta pensar que así fue. Porque Paco León es una auténtica rareza como cineasta, un creador nato, una mente libre aunque rigurosa con un instinto natural para el cine. Es libre y juguetón pero tiene un enorme control sobre el material que maneja, conoce las reglas del juego. O inventa sus propias reglas.
Aída y vuelta es una película fascinante y totalmente inclasificable. Es amena, divertida y dramática. No sólo es que esté magníficamente rodada, con un total dominio de la puesta en escena, de la cámara, del ritmo, es que de ella se desprende un profundo conocimiento del ser humano, la obra de un observador de nuestras virtudes y nuestras miserias, y eso lo aplica con total acierto a la dirección de actores. Tiene uno la sensación de que todo está impregnado de verdad, sin dejar de estar decorado, adornado cinematográficamente. De que es documental sin dejar de ser ficción, siendo conscientes todo el tiempo como espectadores de que no es ni de lejos un documental (ni lo pretende) y tampoco es del todo ficción. Los actores también han tenido un gran valor al participar de este juego, han dado un salto de fe poniéndose en las manos del director, pues se presentan como quienes son, con sus verdaderas identidades, corriendo el riesgo de que el público pueda pensar que sus personajes, que llevan sus nombres reales, son exactamente iguales a ellos como personas. Y obviamente no es así. Es obvio que ha cogido algunos de sus rasgos y los ha llevado al lugar que ha querido. Exponerse como actor de ese modo es arriesgado, puede llevar a confusiones. Quiero pensar que todo sucedió de este modo: Paco León les presenta el guion. Algunos de ellos se asustan. Dicen que ellos no son así en la vida real. O no del todo. Entonces él les dice que él, que encarna también a otro personaje en la película, al Paco León que interpreta al Luisma, pues les dice que él tampoco es así en la vida real. Que él, director y coguionista de la película junto a Fer Pérez, no se ha quedado con el papel más blanco y puro. Y ellos, entonces, quedaron convencidos. Quizá no fue así, pero podría haber sido.
La película no es perfecta pero ¿cuál lo es? Algunas de sus mejores escenas, a juicio de éste que escribe, son aquellas en que los actores-personajes-personas se relacionan con los fans en la calle, cuando éstos los abordan para “pedirles” (vean la película para esclarecer el entrecomillado) una foto o manifestarles su emoción. El modo en que quedan retratadas esas situaciones es tan auténtico que genera ansiedad, una sensación de peligro, de desconcierto, de inquietud, sin que por ello se aleje apenas unos centímetros de la comedia. Ésta queda confundida con el drama, no sabiendo uno donde empieza una y donde termina la otra. Cómo están escritas esas escenas, cómo están dirigidos los actores, cómo se mueve la cámara y con qué valor de plano, revela una absoluta consciencia del material con el que se está trabajando, que no deja nada al azar. Otro de los elementos que a mi juicio convierten a esta película en una obra compleja es la relación de la película con la serie en la que se basa: hay un guion del capítulo que están rodando, asistimos a los gags del mismo, pues los están grabando a lo largo de toda la historia. Pues bien, no me reí prácticamente con ninguno de los gags, lo que me hace tener un recuerdo extraño de una serie que yo disfruté mucho en su momento. En la sala parte del público reía con los chistes (repito, del capítulo interno que están grabando), dándolos, digamos, por buenos. Pero yo, junto al otro sector del público, me sentía distanciado, percibiendo su trazo grueso. Y me aventuro a decir que es algo intencionado, que los guionistas han querido mostrar el grado de tosquedad de aquella clase de chistes, de un estilo pasado de moda. He tenido la sensación de que se trata de una suerte de, si no de venganza, al menos sí de una necesidad de revelar lo grotesco de una serie que rompía los índices de audiencia. Una crítica en toda regla a la industria televisiva. Y el efecto producido en el espectador de la película, que es a la vez espectador del capítulo, forma parte de ese intrincado juego. El espectador que recuerda con gusto la serie continúa riendo con esta extensión de la misma, sin ser consciente de que todo ha cambiado. De que hoy no somos los mismos que éramos. Ni falta que hace. Y no creo que el director pretenda decir que hay que ponerle límites al humor, sino de que la calidad del mismo quizá no era tan bueno como lo recordamos. De ser así, la paradoja es tremenda: productora encarga película sobre serie de éxito y esa película revela la simpleza de la misma. Pero creo que eso es lo de menos para el director, porque él sabe que lo importante son las personas. Y de eso va Aída y vuelta.