Entrevista a Óscar Liam, escritor

Óscar Liam, escritor: ''Un cuento de mi abuela me resultó familiar leyendo a García Márquez y ahí empecé a hilar 'Las Galletas'''

Román Delgado

Santa Cruz de Tenerife —
7 de junio de 2026 19:17 h

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Óscar Liam es galletero, periodista y escritor de la novela Las Galletas. Estudió su carrera en Madrid, pero sigue ligado a su pueblo de siempre, el aronero de Las Galletas, en el sur de la isla de Tenerife. Óscar Liam Torres Rogan nació en 1995 y hoy su dedicación principal es la escritura y el trabajo en el bar familiar sito en ese lugar, tan distinto ahora a lo que casi nada era cuando su abuela Elva recaló allí, tras salir del barrio norteño de La Montaña, en Los Realejos (también en Tenerife). Ella era muy joven y partieron en busca de una mejor vida entonces ligada al trabajo en el cultivo del tomate. Otros tiempos aquellos.

Este escritor ha publicado este año Las Galletas, en la editorial Plasson & Bartleboom (2026), su primera novela tras antes tener una aportación literaria en Te pondrán flores en el estómago, nuevos flujos de literatura canaria (Ediciones La Palma, 2024). Ahora, aún en fase de promoción de ese trabajo, que está siendo muy leído y valorado, tiene algunas citas por delante: la firma de ejemplares en la Feria del Libro de Madrid, el 11 de junio próximo, y la presentación de esa novela en el Teatro Leal de La Laguna, el 19 de junio.

Óscar Liam no tiene formación literaria, reconoce. ''Soy periodista y me gusta leer y escribir'', apunta. Con esto, y seguro más cosas, le ha bastado para rematar esa viva novela, en la que la protagonista es su abuela Elva, también su pueblo: Las Galletas (municipio de Arona), y mucho más.

El autor indica que sigue conviviendo con mi abuela en Las Galletas. ''Hoy todavía sigue existiendo ese pueblo, que yo asocio a ella porque sigue viva y formando para de esa comunidad. Lo que [de él] menos valoro es la pérdida de identidad y la falta de interés por intentar entender de dónde venimos. Lo más importante es que los pocos que quedamos del pueblo, desde hace unos años una gran minoría, seguimos conociéndonos y en gran parte haciendo vida común“, dice.

En Las Galletas el alma del libro es su abuela Elva, a la que convierte en protagonista principal de principio a fin. Ella cuenta su vida y lo que pasa en su entorno más próximo e influyente, y así se dibuja el durante de su existencia, que viene a ser parcialmente equivalente a la historia de ese pueblo del sur de Tenerife y en parte de la isla. En la novela sobre todo se subraya la parte humana: la dignidad personal ante el objetivo de escapar de la pobreza con trabajo honrado, mucha lealtad y atención familiar. ¿Cómo se construyó en el libro esa secuencia de historias, dichos, realidades y ficciones desde la escucha?

La idea surgió lejos de casa, cuando aún vivía en Madrid. Extrañaba mi tierra y aunque parezca ilógico la distancia te acerca a tus raíces. Estaba en busca de mi identidad, fueron las primeras tomas de conciencia política y mis primeros acercamientos a la literatura. Mi abuela siempre nos había contado cuentos desde que éramos muy pequeños ya fuese por su naturaleza o para hacer que los nietos nos dejásemos dormir. Uno de sus cuentos me resultó familiar en una novela de García Márquez y ahí empecé a hilar, a pensar en todas las historias que yo me sabía de memoria y me di cuenta de que había un buen material para hacer literatura.

En estas historias de la abuela, la vida de la protagonista, fuente de todos los relatos y hazañas seleccionados, encaja entre dos polos o muros: el norte, continuamente rememorado y añorado por doña Elva, y el sur, un espacio que al principio fue desolación y luego esperanza y futuro. ¿Usted se empeña en subrayar ese viaje y sus huellas emocionales, una migración interior que no deja de ser la huida de la pobreza a otra pobreza con atisbo de algo mejor? ¿Qué valor literario halla en esos márgenes, muy presentes en todos los relatos?

Se ha trabajado mucho el tema de las personas que salieron de las islas hacia Cuba y Venezuela, una parte muy importante de nuestra historia, pero parece que se le había dado menos atención a la inmigración interinsular. Ahora parece una simple mudanza pero en aquellos años era casi como cambiarte de país. El sur de la isla casi lo poblaron los gomeros y las gentes del norte de Tenerife; hacía falta mucha mano de obra para trabajar los campos.

En mi cabeza tenía un valor literario muy fuerte también por el paisaje. Las imágenes de esos años las tengo grabadas fuertemente aunque yo no viví esos años. Es tanto tiempo imaginándolo que ya lo tengo como un espacio más. Mi escritura se basa mucho en el territorio aunque no de una forma excesivamente descriptiva de forma directa. A través de conversaciones o sucesos de los personajes sí que se presenta una visión del lugar.

¿Cuánto hay en el libro de realidad expresada y volcada al papel sin más, pureza, y cuánto de ficción, de ajuste, de arreglos del autor?

El libro sale de una realidad, de las historias que me contó mi abuela, pero en el momento que yo decidí escribir el libro ya pasó a convertirse en ficción. Si mi abuela escuchara alguno de los capítulos seguramente me corregiría nombres, lugares, fallecimientos, orden de las historias, pero yo las lleve a la ficción según mi interés literario. En resumen, el origen es real, el final es ficción.

¿Cómo ha sido ese proceso literario de confluencia y qué dificultades usted ha podido encontrar en mantener la escritura según el habla popular, el de la abuela, que es jerga pura, localismo, y en la que solo asoma el autor, el nieto, en contadas ocasiones y por invitación de la voz principal? Así se deja ver, aparece en escena, ¿quizá para remarcar que todo empezó siendo un diálogo luego convertido en monólogo?

Quise darle importancia a las historias, no quería convertirlo en una entrevista, en un pregunta y responde por parte de la narradora. Esto me permitió darle al lector el lugar donde se sienta el nieto, darle la silla que está enfrente de la abuela y que escuche lo que tiene que contar. Escribir en segunda persona muchas veces es complejo, pero utilizando ese recuerdo de entrevista me divirtió mucho.

El lenguaje oral salió solo, en cuanto decidí escribir historias que me había contado mi abuela en el papel apareció directamente su voz. Hasta ese momento no fui consciente de lo interiorizada que tenía su forma de hablar en mi cabeza. También porque son palabras que usamos en mi casa, nada es forzado, no es querer escribir un libro en canario para agradar, es mi forma de hablar, es algo natural.

¿Cuál cree que es la razón de la magua que doña Elva tiene con el norte, con La Montaña (barrio de Los Realejos donde vivió su infancia), que dejó atrás y que tanto añora y tan presente está en sus recuerdos de Las Galletas de las tomateras?

Una de las frases del libro es “una es de donde nace, y eso es pa’ siempre”, creo que podría contestar directamente la pregunta. Ese sentimiento de magua que la narradora muestra en todo el libro lo veo reflejado en muchas lectoras y lectores que me han escrito estando fuera. Viven fuera del archipiélago muchas veces forzados por la situación que vivimos en Canarias, directamente han sido expulsados y han tenido que salir a buscarse la vida fuera. La magua siempre existe cuando tienes que dejar tu casa.

¿Cuándo decide que en la memoria recogida de su abuela, en todas esas historias, hay un libro y por qué se plantea servirlo como una secuencia de historias casi puras, con brevedad (son lecturas cortas sin continuidad forzada entre ellas), aportando ritmo y mucha frescura y sencillez?

Todo empezó como relatos sueltos que subía a redes sociales, los acompañaba de una foto antigua de mi familia o paisajes similares a los que contaba la historia. A la gente le empezó a gustar y lo compartía. Junté una decena y les iba dando cada vez más forma, ya no era solo por publicar en redes. Vi que había un proyecto que tenía valor.

Mi editor, Dimas Prychyslyy, tuvo buen ojo y la primera vez que me escuchó leer un de los capítulos se quedó con ello en mente hasta que pudo publicarlo. Siempre estaré agradecido por todo lo que me ayudó y me sigue ayudando.

¿Qué lección sacó usted de todo el proceso: primero, de la escucha, y segundo, del volcado de toda esa oralidad servida quizá en la acera o ante mesa y hule? ¿Qué mensajes le gustaría que quedaran tras la lectura?

El de la escucha es algo completamente normal para mí. Yo no me siento a entrevistar a mi abuela ni a preguntarle cosas para escribir un libro. Yo convivo con ella, comparto todos los días con ella porque es mi vida entera. Desayunamos y almorzamos juntos. Creo que esa conexión tan fuerte me ayudó a grabar esa oralidad a la hora de escribir. Ella me enseño todo.

El mensaje es la novela y la novela ya es de las lectoras y los lectores. Cada uno saca su propia lectura y a veces con comentarios que me hacen sobre el libro me dejan a mí también reflexionando, eso es muy bonito.

Ahora, tras este primer libro, Las Galletas, una publicación que está siendo muy leída y valorada, qué ve adelante o qué le gustaría hacer o ya prepara como actividad de escritor. ¿Hay algo en mente o toca reposo?

Cuando mi trabajo y la promoción de Las Galletas me lo permiten, sigo escribiendo para una futura novela.

Uno nunca deja de escribir. A veces hay más tiempo para sentarte y a veces ni para respirar. Escribiré más libros, seguro, pero no concibo eso de sacar una novela al año, me parece imposible, yo no vivo de esto, la mayoría de mi tiempo se lo lleva el trabajo del que como. El libro salió hace cuatro meses y durante este tiempo no he parado con la promoción. Tiempo al tiempo.