La solidaridad de todo el planeta se concentra en Medyka, Polonia. En el lado polaco de la frontera con Ucrania, incontables voluntarios de distintos países ofrecen a los ucranianos que huyen de la invasión rusa abrigo, comida, bebida caliente, asesoramiento jurídico o asistencia psicológica. Desde allí, cada minuto salen guaguas hacia la estación de Przemysl. En la terminal, los refugiados parten a distintos puntos de Europa para ponerse a salvo en casas de familiares o conocidos, aunque siempre con la esperanza de volver a su país.

Por las noches, el frío azota con fuerza en el campamento de Medyka y las temperaturas caen bajo cero. Sin embargo, las sonrisas de los voluntarios y voluntarias se contagian y hacen de la frontera un lugar menos hostil. Cuando cae el sol, los distintos puestos de ayuda humanitaria ponen música en distintos idiomas. No hay descanso y las llegadas se prolongan hasta la madrugada. Cuando llegan, las mujeres, los niños y las personas mayores que han podido salir de Ucrania se amontonan en torno a las estufas.

Allí, junto al fuego, está Anastasia. Nació en Chernígov, una ciudad situada al norte de Ucrania entre Rusia y Bielorrusia. Tiene 27 años y trabajaba diseñando dibujos para videojuegos. Ahora, junto a sus sobrinos, se marcha a Berlín. Sus ojos están cansados. Desde que comenzó la invasión no ha dormido tranquila.

De ese mismo punto de Ucrania es Natalya, que espera sola sentada sobre un pequeño tronco a que su hija venga a recogerla. Hace dos años que no la ve y lamenta que una guerra sea el motivo de su reencuentro. ''Mi casa familiar está destrozada. Fue construida en 1929 y tiene muchísima historia. Me he llevado unas fotos, a mi perro y un poco de ropa. Si me preguntas qué voy a hacer, no lo sé. Con todo esto no puedo pensar ni en el pasado ni en el futuro, solo en el presente'', cuenta con la mirada perdida.

Cuando amanece, los refugiados comienzan a hacer fila en el barrio ucraniano de Shehyni. Allí, la tristeza empaña la calidez del otro lado de la frontera. Las familias pasan hasta cuatro horas en la cola hasta llegar al puesto de control de documentación. La espera se hace interminable para las personas mayores y las que tienen problemas de movilidad.

Por el contrario, para el resto de familias el tiempo se esfuma a toda velocidad y la despedida llega de inmediato. Los ucranianos de entre 16 y 60 años en buen estado de salud tienen que quedarse a prestar servicio militar. Las madres, sin éxito, intentan contener las lágrimas delante de sus hijos. ''Es duro, claro que lo es'', reconoce Ruslan antes de decir adiós a su familia y dar media vuelta para volver a Lviv.

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