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¿El prestigio del PP?

Militantes de PP ondean banderas del partido. (EFE).

Es curioso que casi todos los medios hayan tratado el último episodio de la serie Cifuentes sólo desde la perspectiva del daño al prestigio del PP porque no comprendo que después de los años que llevamos a escándalo cuasi diario nos salgan con eso de no sé qué prestigio. Llevo meses con la impresión de que tratan, por todos los medios (nunca mejor dicho) de que coloquemos todo eso en un segundo plano, como algo poco significativo, de esas cosas que ocurren.

También se insiste poco, más allá de la crítica puntual, en la política de Rajoy y del PP en Cataluña que ha derivado en el feo conflicto que ya afecta a la misma UE que, la verdad, no está para demasiados trotes. Si se fijan, que a eso voy, toda la responsabilidad se ha cargado en los independentistas, que la tienen claro está, con olvido de la trayectoria de Rajoy y del PP desde 2004 a esta parte lo que ya es motivo de desprestigio más que suficiente que el caso Cifuentes aumenta pero no sorprende.

Quiero decir que lo de Cifuentes nada añade al desprestigio del PP. Lo que no significa negar su gravedad para el prestigio y credibilidad de la Universidad española en el exterior, en perjuicio de nuestros jóvenes que pueden tropezar con dificultades para encontrar trabajo fuera. Dudo, qué quieren, que nada tenga que ver este escándalo Cifuentes con que la Universidad Rey Juan Carlos esté en la órbita del PP. Y no es la universitaria la única institución afectada por esa política porque tampoco parece que a la Justicia le vaya demasiado bien por el empeño pepero de “delegarle” su función de hacer política. Sin ignorar la tendencia de no pocos jueces y fiscales a mantener las mejores relaciones con el Poder Ejecutivo que en un país como éste rinde buenos beneficios. Como ya en otras ocasiones me he referido a estos asuntos, sólo insistiré en algo elemental que no lo parece: al Gobierno central corresponde hacer y dirigir la política y cuando eso no es así, el despropósito está servido.

Produce dentera que después de cuanto llevamos visto y vivido pongan el punto de partida del desprestigio del PP en Cristina Cifuentes. Por supuesto que lo ocurrido daña al partido pero me da que la preocupación pepera y de los medios que por ahí revolotean no va mucho más allá de los efectos negativos sobre sus expectativas electorales y la pérdida del botín del Poder, como dice Alejandro Nieto. No parece inquietar a los peperos la ruindad del procedimiento mafioso para darle la puntilla. La cuestión es si la maniobra es de algún sector de los actuales mandamases del PP o si ha sido Cifuentes víctima de la venganza de los que se llevó por delante cuando decidió ser dirigente honesta que lucha a brazo partido con la corrupción y tuvo sus más y sus menos con Esperanza Aguirre, Francisco Granados, Ignacio González y compañeros mártires.

El video que ha forzado a Cifuentes a coger puerta es de 2011 y recoge el momento en que un guardia de seguridad la registra y descubre que ha robado dos tarros de crema. Pero lo significativo es que no lo destruyeran al mes de su grabación, como creo manda la ley, salvo que sea requerido por la Policía o por la Justicia. Se sabe que Eroski, la propietaria del establecimiento, los borra regularmente por lo que quien lo conservara sabía bien lo que hacía y para qué. Cifuentes ya tenía responsabilidades políticas y trataba de crecer con la vitola de luchadora contra la corrupción con la que se convirtió en un activo irremplazable para que los peperos lograran alzarse de nuevo, el año que viene, con la presidencia de la Comunidad de Madrid. Y como a pesar del no máster ahí siguió ella, decidieron darle el empujón antes de que Rajoy tuviera que enfrentarse en el Congreso al debate presupuestario.

Dicen, por otro lado, que Cifuentes tenía un problema de cleptomanía en el momento del video del que ya está curada. Un detalle que, sin duda, pone aún más de manifiesto la vileza del procedimiento. Se trata de una explicación creíble porque choca que alguien que no lo necesita se dedique a robar si no padece algún tipo de perturbación.

Y aquí lo dejo con dos comentarios en tono jocoso/cabreado escuchados por ahí. El primero destacaba que el PP, que ha sido tan flojo para combatir la corrupción y perezoso para adoptar medidas de regeneración del partido en defensa de los intereses y dineros públicos, se mostrara tan terminante con Cifuentes al enterarse de que había robado a una empresa privada dos tarros de cremas por valor de 40 euros. El otro se refiere a que Canarias ha podido demostrar a toda España, gracias a Asier Antona, eso de que los bilbaínos nacen donde les da la gana.

Zoido y el amarillo

El ministro de Interior, Juan Antonio Zoido, es de los que dan espectáculo. Tras el jarabe de palo que administró cundo el referéndum catalán, volvió a las andadas en la final de la Copa del Rey, esa que acaba de ganarle el Barça secesionista al Sevilla, su equipo favorito y el de todos los buenos patriotas. Pero antes, con motivo de la Semana Santa, se destapó el muy ministro como novio de la muerte; con gran sorpresa porque nadie en el Tercio sabía quién era aquél, o sea, este legionario, tan audaz y temerario que en la Legión se alistó; y del que ahora sabemos, a eso iba, que detesta el amarillo. Una aversión en la que no están contestes los observadores respecto a su origen: unos, los menos, aseguran que es de nacimiento, otros que lo adquirió en sus días de togado en Lanzarote y unos terceros que lo sitúan en su etapa de magistrado en Tenerife donde la presión ambiental es particularmente intensa.

Todos lo dieron por curado con un tratamiento intensivo de peninsulina en vena, pero no: volvió a atacarle el mal con tal virulencia que puso en pie de guerra a la Policía con la orden de requisar banderas, camisetas, bufandas, lazos, sopladeras, cuanto tuviera algún viso del color proscrito. Fue tal su empeño y vehemencia que, al decir de los memoriosos, no se había visto cosa igual desde la primera y legendaria manifestación de furia española hace casi un siglo pues data de 1920, el año de la primera selección nacional de fútbol. Fue en un partido con Suecia en que pitaron una falta contra los suecos que Sabino se dispuso a tirar. Y hacía sus cálculos de por donde cuando se oyó el tremendo vozarrón de Belauste:

-¡A mí, Sabino, que los arrollo! –gritó en el momento justo para que el interpelado le enviara un sabio balón y Belauste que va y arrolla a los suecos como había prometido y marca, me dicen, el primer gol de la historia del combinado nacional.

Y vuelvo con Zoido del que entiendo sus motivos para cogerle manía al amarillo. Porque, en verdad, es color tan contradictorio que nunca sabes a qué atenerte pues lo mismo es emblema del sol y de la divinidad que evoca la luz infernal, los celos, la envidia, la traición y el engaño. En la Edad Media, debe saberse, los herejes y los apestados vestían de amarillo y no faltan exagerados que lo consideran color violento y otros que lo ven resistente a la sequía y al tiempo apelmazado, además de relacionarlo con los cereales y los frutos maduros. Del amarillo, en fin, dijo Goethe, que “es un color alegre, gracioso y tierno, pero la más leve mezcla lo desvaloriza, lo hace desagradable”. Por ejemplo, el Betis de Setién, dicho sea con perdón pero es que ando muy cabreado estos días.

Y dejo estar a la UD para volver a Zoido y a la venada que le dio de no dejar entrar a la final a quienes fueran osados de llevar encima algo amarillo, a pique de que se quedaran fuera chinos venidos a fichar. Aspecto en que no reparó el ministro obcecado con impedir que se le pusieran los separatistas a pedir la puesta en libertad de sus políticos presos o de sus presos políticos que ni monta ni monta tanto. Pretendía, imagino, apuntarse el tanto de reducir significativamente, respecto a anteriores ocasiones, los silbidos y abucheos al himno de España y al Rey. Con lo que sólo consiguió aumentar los decibelios, que la gente es como es.

Y a todo eso el añadido del cachondeo de los que aseguran que el árbitro a punto estuvo de prescindir de las tarjetas amarillas para sacar sólo rojas directas. Sin contar las coñitas acerca de la incautación de buzones de Correos, que más amarillos no pueden ser, de acuerdo con la propuesta del PP de ponerlos de azul cielo de su ya desplumada gaviota ahora que tanto necesitan aparentar pureza en sus modos y maneras. Menos gracia tiene, a efectos isleños por lo menos, que alguien resbale al pisar alguna cáscara de plátanos maduros, se dé el gran talegazo y Zoido acabe por convertir en terroristas a los cosecheros.

Otras maneras de poner en evidencia la guerra contra el amarillo es que allí donde las fuerzas del orden han retirado lazos no han faltado graciosos que han puesto enseguida el cartelito informativo de Aquí había un lazo amarillo. Total que, entre una cosa y la otra, las ofertas en algunas cafeterías madrileñas de café, bollo y máster se han quedado chiquitas.

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