Los Andes II. Chile
La primera vez que crucé el charco fue en 1991 para asistir a un congreso en Chile. Viajaba con Marichu a Coquimbo, una preciosa ciudad desde cuyos muelles podía verse el vuelo de los pelícanos, las picadas de los cormoranes o las evoluciones de los lobos marinos. En el puerto había un maravilloso mercado de productos del mar donde podían comerse “locos”, el mejor marisco que he probado en mi vida. Cerca de allí se celebraba un simposio sobre caprinos en el que nosotros, los canarios, teníamos que exponer varios trabajos. Aquellos eran nuestros primeros pinitos y estábamos muy ilusionados, así que no tuve inconveniente en contestar a una entrevista para un periódico local, que todos los días estaba a la venta en el congreso. En esa jornada se habían unido a nosotros el marido de Marichu y Juan Luis, mi malogrado amigo, profesor de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, quien también tenía que presentar un trabajo. Al día siguiente de la entrevista, fui a comprar el periódico y veo en primera plana una foto mía, debajo del destacado titular: “Connotado especialista español...”. Me quedé petrificado. En la reunión estaban muchos de los mejores investigadores del momento y yo era sólo un principiante. Pregunté al vendedor cuántos ejemplares le quedaban, compré los once y le dije a Juan Luis que me acompañara. A una cuadra del congreso había un solar entre dos casas: allí quedó depositada mi carga informativa.
Un par de años después viajé a Chile por segunda vez y subimos a las estribaciones de Los Andes; allí distinguí a una persona que parecía el maestro en una escuela rural de otros tiempos. Junto a una pizarra, al aire libre, dibujaba y escribía ante un alumnado femenino de diversas edades, mujeres morenas, curtidas y alegres. Les estaba enseñando a elaborar productos alternativos, con el objetivo de diversificar la oferta de su pequeña industria comunal. Cuando llegamos, nos miraron con divertido respeto, hicieron una pequeña pausa para beber Coca Cola, y siguieron enfrascadas en su futuro.
Más tarde Vidal, el extensionista, nos acompañó al campo. Apenas habló ante la avalancha de preguntas cruzadas entre técnicos y productores. No emitió opiniones, que sin duda tenía, cuando observamos cómo las cabras bajaban por unos cerros pronunciados y ariscos, en busca del agua y de la mano experta que sustituía a las crías en el vaciado de sus ubres. Sin embargo, cuando más tarde Vidal empezó a manifestarse, las cabras pasaron a un segundo plano.
Al principio no se hacía notar, tampoco cuando me empeñé en visitar el pequeño cementerio de la aldea. Él, que de cadáveres sabía más que ninguno de nosotros, sonrió suavemente cuando un compañero realizó un comentario jocoso sobre aquellos muertitos. Muertitos humilditos en tumbas estrechas y leves, llenas de flores marchitas.
Ya llevábamos un buen rato de trayecto de regreso en coche cuando Esteban, un ingeniero que nos acompañaba, preguntó a Vidal dónde había adquirido los conocimientos que enseñaba y ensayaba, con tan buena fortuna, en aquel pueblito estribado bajo los Andes. “Yo fui becado en Francia por la Fundación Augusto Pinochet”.
A partir de ese momento aquello fue un relato de terror, en el sentido literal de la palabra. Nuestro amigo contestaba con calma a todas nuestras preguntas, aunque a veces había que repetírselas. Fue encarcelado, torturado y, en cuanto pudo se exilió. Vio desaparecer a mucha gente y supo que a su hermano le habían quebrado los brazos.
“¿Te dieron picana?” Le pregunté. “Sí, varias veces. Nos mojaban de arriba abajo y nos ataban a una cama de fierro. Nunca había visto colores semejantes. Pero lo peor era que no sabías si podrías soportar la siguiente descarga”.
“Con los compañeros era algo parecido, algunos se rajaban y éramos muy duros con ellos. Yo era muy duro. Otros mostraban harto coraje. Había un padre al que torturaban diariamente porque no podían apresar a su hijo. El viejo resistía harto y nunca dijo nada. Bastante más tarde le llegó una carta desde Europa, de su hijo. Le daba las gracias emocionado. Él la colgó para que todo el mundo la viera, incluidos los milicos. Por eso lo iban a castigar, pero era su premio. Otros, en cambio, no aguantaban. Ya dije que yo era duro, pero ahora puedo entender que la resistencia tiene un límite y no es el mismo para todos. El aislamiento a veces era peor que la picana. Las letrinas estaban separadas por una pared muy estrecha, y hacíamos en ella un pequeño agujero para poder tocar un dedo de quien se encontraba al otro lado. Así estábamos de necesitados”.
“¿Y los desaparecidos?” “¿Dónde pueden estar los desaparecidos?”, pregunté. “Pucha, al principio fueron muchos. Después preferían mantenernos vivos para sacarnos información. Algunos hablaron y por ellos cayeron otros. Y desaparecieron otros. Los que se rajaron lo pasaron muy mal. Cuando salieron, muchos acabaron en el psiquiatra. Si lograbas resistir, después te sentías con mucho ánimo. Así me encontraba yo, a pesar de que me desviaron la columna, me partieron los dientes y me rompieron los oídos”. Esto último hacía rato que lo veníamos percibiendo.