Dios también se equivoca
“El mundo anda loco”, decía mi abuelo hace ya más de cuarenta años. Y continúa así. Sería raro despertar una mañana y que todo anduviera más o menos cuerdo.
Las guerras siguen enconadas y ya casi no hablamos de asuntos bélicos. De vez en cuando, salta alguna noticia del que se cree dios e intenta dirigir el universo que nos golpea y nos recuerda que aún hay países en conflicto. Más cerca de casa, nos aterran los titulares de migrantes que llegan a nuestras costas engañados por un Dorado que no existe. Y todo sirve de pretexto para discursos y debates políticos carentes de cortesía lingüística y decoro parlamentario. Y continuamos con sofocantes y cada vez más largas olas de calor. Y persisten conatos de incendios, que más tarde se convierten en desastres medioambientales y desgarradoras tragedias humanas.
Y el globo continúa girando sin mirar atrás, a toda velocidad ante los ojos incrédulos de las personas mayores que sueñan con detener el reloj y atesorar momentos mágicos. Y están los niños que tienen la suerte de disfrutar de una infancia normal y disfrutan intensamente ajenos al hoy y al mañana. Y están los otros niños, cuyos días se tornan infinitos, que lloran famélicos y suplican ayuda a ojos ciegos y a oídos sordos.
Y así se va pasando agosto, entre fiestas populares y baños en las playas con aguas cada vez más templadas. Y tertulias matinales que remueven el avispero y sacan los trapos sucios de los que hemos elegido democráticamente y que no nos representan con sus vergonzosas acciones.
Y una se pregunta por qué hay tanto horror en el mundo. Y una se pregunta por qué hay tanto sufrimiento. Y una se pregunta por qué hay tantas desigualdades sociales. Y una se pregunta por qué hay niños que pasan hambre y frío. Y una se pregunta por qué hay tantos psicópatas y criminales campando a sus anchas por calles y veredas. Y una se pregunta por qué hay un joven de veinte años, noble, humilde y generoso, en una tumba.
Y una se pregunta si Dios, el verdadero, también se equivoca.
Ana Francisco Abreu