Felipe González: memoria, legado y desconcierto en el socialismo español
Para quienes hemos militado en el PSOE y además hemos tenido responsabilidades públicas, Felipe González no fue simplemente un presidente de Gobierno. Fue el gran referente político de una generación que creyó profundamente en la modernización de España, en la consolidación de la democracia y en la construcción de un país europeo, avanzado y socialmente más justo.
Bajo sus gobiernos, entre 1982 y 1996, España dio un salto histórico. La incorporación a la entonces Comunidad Económica Europea (CEE) en 1986 marcó un antes y un después para nuestro país. Dejábamos atrás décadas de aislamiento y nos integrábamos plenamente en el proyecto europeo. Aquellos años también trajeron avances decisivos en sanidad, educación, infraestructuras y derechos sociales. España cambió profundamente y lo hizo bajo el liderazgo de Felipe González.
Muchos socialistas vivimos aquella etapa con orgullo. Sentíamos que el PSOE estaba protagonizando una transformación histórica que mejoraba la vida de la mayoría social y consolidaba definitivamente la democracia surgida de la Transición.
Pero también es cierto que los últimos años de aquellos gobiernos estuvieron marcados por graves escándalos políticos y casos de corrupción que desgastaron enormemente el Ejecutivo socialista. El Partido Popular encontró entonces un terreno propicio para desplegar una oposición durísima y permanente. A ello se sumó la conocida “pinza” entre el PP de José María Aznar e Izquierda Unida de Julio Anguita, una estrategia política que buscó aislar al PSOE y precipitar la caída de Felipe González.
Quienes vivimos aquellos años recordamos perfectamente el nivel de agresividad política y mediática que sufrió el presidente socialista. Se intentó echarlo a patadas de la Moncloa mediante una presión constante que cuestionaba no solo su gestión, sino incluso la legitimidad política de su continuidad al frente del Gobierno.
Por eso, como socialista, no puedo ocultar la profunda paradoja- y también la desazón- que me produce ver hoy a Felipe González alineado, en muchas ocasiones con quienes entonces hicieron todo lo posible por destruirlo políticamente. Sus críticas permanentes al gobierno legítimo de Pedro Sánchez desconciertan a muchos militantes y simpatizantes del PSOE que seguimos defendiendo los valores históricos de nuestro partido.
Ese desconcierto aumenta cuando se ven determinadas actuaciones judiciales o se da credibilidad anticipada a acusaciones que todavía no han sido juzgadas. La presunción de inocencia parece aplicarse de forma muy distinta según quien sea el afectado.
Conviene recordar que cuando dirigentes del Partido Popular estuvieron inmersos en casos tan graves como la trama Gürtel o el caso Kitchen, desde la derecha se reclamó -con razón- respeto absoluto a la presunción de inocencia hasta que hablaran los tribunales. Sin embargo, cuando las investigaciones afectan a figuras de la izquierda, determinados sectores políticos, mediáticos y judiciales parecen dictar sentencia antes incluso de celebrarse juicio alguno.
En democracia, los gobiernos se legitiman en las urnas y en las mayorías parlamentarias que establece la Constitución. El Gobierno de Pedro Sánchez tiene plena legitimidad democrática para gobernar y agotar la legislatura. Se puede discrepar de sus políticas, criticarlas o combatirlas desde la oposición, pero cuestionar constantemente su legitimidad institucional supone erosionar peligrosamente la calidad democrática.
Felipe González forma parte indiscutible de la mejor historia del PSOE y de España. Nadie podrá borrar su contribución decisiva a la modernización del país ni su papel en la consolidación democrática. Precisamente por eso, muchos socialistas contemplamos con tristeza algunas de sus posiciones actuales, porque esperábamos de él una actitud más cercana a la defensa de los gobiernos progresistas frente a quienes nunca aceptaron plenamente las transformaciones impulsadas por la izquierda.
La historia tiene ironías difíciles de asumir, especialmente para quienes seguimos creyendo en el socialismo democrático y en la lealtad a las siglas que tantos años representaron esperanza para millones de españoles.
*Manuel Marcos Pérez Hernández, exsecretario general del PSC-PSOE de la Isla de La Palma