La llegada de los bárbaros
“¿Qué esperamos congregados en el foro?
Es a los bárbaros que hoy llegan“. (Esperando a los bárbaros de Constantino Kavafis).
Cada día aumentan las voces que defienden al sector primario. Cada día esas voces suenan más y más alto. Me uno a ellas para reclamar algo tan sencillo como el derecho a vivir en mi tierra y poder aprovechar lo que ella me depara. Conozco a muchos adultos que desde hace años intentan sobrevivir cuidando sus campos y sus ganados como un día lo hicieran sus padres y sus abuelos; conozco a jóvenes emprendedores que se negaron a abandonar el terruño y marcharse de las islas buscando trabajo fuera de ellas; jóvenes afanados en el cultivo de viñas, plataneras, flores y frutos con una nueva ilusión; gentes de todas las edades que siembran, que cuidan el ganado y que procuran salir adelante con las tareas agrícolas y ganaderas a las que viven dedicados. Es un hecho que todos tenemos que conocer y que las autoridades competentes deben asumir como algo que depende en gran parte de su actitud respecto de ese sector tan abandonado por parte de las distintas administraciones. El sector primario necesita el apoyo de los gobernantes que tienen la obligación de saber lo que se hace en nuestras comarcas y proteger, impulsar y ayudar a aquellos que dedican su vida a esos trabajos. Que no todo lo bueno proviene del turismo, de la instalación de viviendas vacacionales, de la instauración de comercios supeditados a un público que aparece y desaparece en pocas horas y poco o nada nos aporta y que, además, es completamente ajeno a nuestros productos y costumbres.
Si hay que conservar las tradiciones y para ello el gobierno impulsa proyectos y se enorgullece de hacerlos viables, con más razón debería proteger a quienes proyectan su vida en hacer de la nuestra algo más saludable y cercano; que la ayuda no es sólo organizar ferias de artesanía, de ganado o de productos típicos de cada isla; que la tradición no son sólo bailes, canciones y festivales de timple y guitarra; que el arte, la cultura de un pueblo es también el día a día de una comarca que tiene que plantar, regar, podar, limpiar el monte y llevar las cabras a pastar a lugares donde abunde su comida. Que la cultura de una familia y de un país es también lo relacionado con el trabajo que les ha hecho ser como son y pensar cómo piensan.
Y si tenemos que proteger a nuestra tierra y a sus habitantes es necesario refrescar la memoria de mucha gente que alaba las ventajas y las alegrías que el campo nos depara y protegerlo, precisamente, de quienes vienen a habitarlo y, a continuación, se encargan de cambiarlo o destruirlo según criterios que consideran “civilizados” eliminando tradiciones agrícolas, formas de vida propias del lugar, rituales y costumbres que antaño les parecían riquezas propias de ese lugar y cuando se instalan en él parecen resultarles difíciles de aceptar. Sé de quienes se establecen en el campo y luego les molesta el canto de los gallos al amanecer, los ladridos de los perros durante la noche, el monótono gotear de una fuente y el run-run de los mosquitos volando sobre el agua, el calor en verano y el frío en invierno, el viento golpeando ventanas y doblando los árboles, la lluvia encharcando sus patios y los niños corriendo a grito pelado por esos riscos de Dios. Y yo me pregunto, ¿Para qué quedarse si no aman a la buena gente? ¿Para qué vivir en un medio rural si no aman los animales ni respetan las viejas costumbres de sus habitantes? Y lo que es peor, ¿Qué les impulsa a destruir los bienes propios de la comunidad en la que se han instalado por considerarlos primitivos e innecesarios y ahí entran plazas, caminos, fuentes, y pequeños monumentos que los viejos del lugar consideran parte de su historia porque en esos lugares bailaron sus abuelos, caminaron sus padres y llenaron sus cubos en el viejo chorro del agua las ancianas del lugar?
Elsa López
29 de julio 2026