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No pasemos página

…ahora no lo olvides, no pases página, tenlo presente y haz todo lo posible para no ser tú quien origine la próxima tragedia.  Yo me comprometo a hacerlo también.

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Ahora que parece que lo peor ha pasado, no pasemos página.  Nos quedan aún días, quizás semanas en las que el incendio será el tema de conversación.  Hasta que llegue otro asunto que ocupe nuestras vidas.  Pero una ya no estará, la de Fran Santana.  No pasemos página.  Escribo estas líneas porque algo arde también en mi interior. 

En los últimos días hemos leído muchos comentarios en las redes sociales que hablan de héroes vestidos de monos amarillos y rojos.  Desde aquí mi mayor admiración y reconocimiento.   Pero es bueno recordar que, hace sólo unos meses, se manifestaban porque cobraban un sueldo que no llega a los mil euros.  Pero hoy son héroes. 

A la sombra de un laurel disfrutando de un cortado, en la barra de cualquier bar con una cerveza fría, son muchos los que estos días critican un protocolo, una forma de actuar.  Y, del mismo modo que tenían la mejor alineación cuando pierde la selección de fútbol, dan lecciones de cómo se debió atacar el fuego.  Me pregunto cuántos de ellos se ofrecieron voluntarios, ya no para apagar el incendio, para hacer bocadillos o llevar agua fría a quienes sí luchaban  por salvar el monte, las viviendas, vidas arriesgando la suya.  De entre todos ellos, en los días en los que el fuego iluminaba las noches de La Palma, eché de menos a los ecologistas.   Esos que se postulan como defensores de la isla y de sus montes por delante de cualquiera.  Esos que lanzan notas de prensa y convocan manifestaciones para defender un paisaje y una naturaleza que sintió su ausencia mientras ardía.  Nada he escuchado de ellos.  Ni un comunicado, ni unas declaraciones, ni una disposición para ayudar como sí lo hicieron otros. 

Me acuerdo también del joven Scott, responsable de la imprudencia que provocó el incendio.   Y no estoy seguro de que sea responsable de algo más.  Porque me pregunto cuántos, aquel fatídico día, arrojaron colillas por la ventanilla del vehículo sin que nada sucediera.  Cualquiera de ellos pudo ser el responsable, cualquiera podrá serlo en futuro.  Pero le tocó a él.  No lo justifico, pero no comparto el juicio del que muchos se han creído autorizados a realizar.  Hagamos memoria.  Verano de 2009.  Ardieron Villa de Mazo y Fuencaliente.  Casi fue un milagro que no hubiera víctimas.  Entonces fue una decisión que salió de un ayuntamiento, con un bando publicado previamente por el Cabildo advirtiendo del riesgo de lanzar voladores durante las fiestas.  No recuerdo un juicio similar al que se hace estos días.  Y ninguno somos jueces ni estamos exentos de ser los responsables de la próxima tragedia por un descuido, por una imprudencia.  Porque entiendo, hasta donde hoy sabemos, que en ningún caso hubo intención.

Y esto abre la puerta a otra reflexión. La responsabilidad que sale de los despachos con aire acondicionado. En algún momento durante estos días tuve la oportunidad de plantear a responsables públicos (políticos), lo contradictorio que me resulta recorrer las ferias de turismo de Europa vendiendo lo mejor que tenemos: nuestros paisajes, nuestra naturaleza, una isla verde, una Isla Bonita… Pero en el reparto de los presupuestos no es una prioridad conservar ese patrimonio que vendemos como lo mejor que tenemos.  Y una más, el sello de Reserva Mundial de la Biosfera.  En la manera en la que yo lo entiendo, es un escaparate, un sello que nos sitúa por delante de otros lugares que no ostentan esa condición.  Entiendo entonces que requiere de una responsabilidad que tampoco deben asumir esos otros lugares pero que debe ser inherente a nosotros.  Empezando por la concienciación ciudadana (entraré en ello más adelante), pero también en una normativa ejemplar y en una dotación ejemplar de personal y medios. 

“No hay dinero”, se atrevió alguno a responder.  Y no acepto esa respuesta.  Podremos tener menos recursos de los que desearíamos, no me cabe la menor duda.  Pero es en los despachos donde se reparten.  Y en ese reparto se establecen cuáles son las prioridades y cuáles no.  Y en ese reparto se han dado prioridades a otros asuntos que, además, pasaron sin pena ni gloria.  No lo aprendimos en 2009, no lo aprendimos con el incendio después en El Paso…y no estoy seguro de que lo aprendamos ahora.   Porque la inercia nos sigue llevando  a actitudes tibias.  Desde el Cabildo de La Palma, presentando la campaña contra incendios de 2016 se dijo: “Por favor, no arrojen colillas donde haya pajonal seco”.  ¡Disculpe!, no se trata de un favor.  No si somos una Reserva Mundial de la Biosfera.  Se trata de un deber.  De un estado de conciencia y de implicación de la que aún estamos muy lejos.           

El ejemplo más claro de esa carencia la pude ver con mis propios ojos durante el incendio.  Sucedió el viernes 5 de agosto.  Eran las 6’30 horas.  El fuego aún ardía en la comarca oeste y las cuadrillas sofocaban las llamas al pie de la carretera de Tacande.  Paré a tomar un café en el bar de Jedey.  Allí mismo estaba establecido un corte de carretera con una patrulla de la Guardia Civil.  En ese instante, pude ver cómo dos hombres cruzaban la carretera para entrar en el bar.  Uno de ellos venía fumando y no titubeó en arrojar la colilla a la carretera aún cuando a las puertas del lugar al que se dirigía le esperaban los ceniceros.  El viento, que en aquel momento soplaba con fuerza, pudo haber desplazado esa colilla al otro lado, haber provocado otro foco y quién sabe qué más.  Cuando menos, haber obligado a dividir los efectivos para sofocar un conato en un lugar en el que no existía.  No le culpo.  En aquellas circunstancias, con la isla ardiendo, la muerte de Fran Santana en la memoria de todos, y decenas de miles de corazones navegando en la incertidumbre, es el mejor ejemplo que se me ocurre de lo inconscientes que son algunos gestos.  Malos hábitos adquiridos que no representan a quienes dicen querer una isla, amar la naturaleza…vivir en una Reserva Mundial de la Biosfera.  Pero ante la impunidad todos aligeramos nuestros actos.  Necesitamos sentirnos vigilados y saber que habrá consecuencias.  Pero nunca se ha multado por arrojar una colilla en una calle peatonal.  Y eso alimenta ese gesto mecánico en el monte.           

Me acuerdo de Scott.  No quisiera estar en su pellejo.  Sobre su conciencia caen ya las consecuencias.  Pienso cómo me sentiría yo en su lugar.  Y lo que me asalta no me gusta.   La venganza ciega y la justicia no me corresponde…sólo te invito,  a ti que lees estas líneas, a que inviertas unos instantes en un ejercicio de empatía tratando de imaginar qué pensamientos te asaltarían en la fría sombra de esa celda después de haber provocado todo esto…

            …ahora no lo olvides, no pases página, tenlo presente y haz todo lo posible para no ser tú quien origine la próxima tragedia.  Yo me comprometo a hacerlo también.

Eduardo Cabrera

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