El oro en almíbar de San Miguel de La Palma
A finales del siglo XIX y principios del XX, las bodegas de los vapores transatlánticos que zarpaban desde los puertos canarios no sólo transportaban tabaco o plátanos. En sus entrañas viajaba un producto refinado que aspiraba a conquistar las mesas de la alta burguesía europea y americana: las frutas en conserva de La Palma. Esta industria nació no por capricho culinario, sino como una respuesta desesperada y brillante a un colapso económico estructural.
Para entender el nacimiento de las fábricas de conservas en La Palma, es obligatorio analizar la ruina del modelo económico anterior. Durante siglos la economía agraria de las islas dependió de ciclos de monocultivos de exportación:
El hundimiento de la cochinilla. En el último tercio del siglo XX el descubrimiento de los tintes sintéticos destruyó por completo el mercado de la cochinilla en La Palma.
La agonía del azúcar y el vino. Aunque el cultivo de la caña de azúcar tuvo un resurgimiento efímero, la competencia de las colonias de Antillas y el azúcar de remolacha lo hicieron insostenible. Del mismo modo, el otrora glorioso vino de malvasía ya no gozaba del monopolio de los siglos anteriores debido a las plagas y al proteccionismo británico.
Ante este escenario de miseria y emigración masiva a Cuba, la burguesía terrateniente e intelectual palmera comprendió que la salvación residía en la diversificación agraria y, sobre todo, en el valor añadido. La Palma producía una fruta de extraordinaria calidad (higos, guayabas, fresas, albaricoques, peras), pero su carácter perecedero impedía la exportación en fresco a largas distancias. La solución fue la industrialización: el almíbar y la lata.
Antes del cambio de ciclo, ya existía en La Palma una arraigada tradición artesanal de repostería y confituras, ligada al azúcar local. Como bien apuntaría en 1950, el insigne investigador y profesor, don José Pérez Vidal, el prestigio de los productos dulces de la isla no era un fenómeno nuevo en el siglo XIX. PérezVidal demostró que ya desde los Siglos de Oro, el vino malvasía no era el único producto canario buscado y apreciado en el exterior. “Los dulces y las conservas almibaradas se introdujeron en los mercados más selectos ya que la abundancia de azúcar y sabrosas frutas aseguró a Canarias un puesto ventajoso en la confitería española…”
El salto a la escala industrial: ciencia, patentes y secretos franceses
Bajo este sólido sustrato histórico, el salto a la escala industrial contemporánea se produjo entre las décadas de 1860 y 1890. Las Reales Sociedades Económicas de Amigos del País impulsaron la adopción de nuevas técnicas de envasado basadas en el método Appert (esterilización por calor en envases herméticos).
La primera de estas fábricas surgió por iniciativa de don Víctor Pérez González, doctor en medicina, bajo la firma “Fábrica de Conservas Víctor y Compañía”. El proyecto comenzó a rodar en 1866 tras un singular hito de transferencia científica: el doctor Pérez González había recibido en secreto la fórmula óptima para el envasado de conservas de manos de su profesor de Química en Francia, Monsieur Eduardo Robiu, de Sant Gervais. Según los estudios del químico francés, este método evitaba de raíz las causas de las pérdidas y mermas que se experimentaban comúnmente en la elaboración de conservas alimenticias, otorgándole la facultad de explotar dicho secreto industrial.
Para materializar el proyecto, se formalizó mediante un contrato firmado ante el escribano público Antonio López Monteverde, en 1866, una sociedad con don Manuel Cabezola y Carmona. La fábrica alcanzó rápidamente una notable notoriedad internacional al enviar una partida de sus productos a la Exposición Universal de París de 1867, donde fue largamente elogiada por la calidad de sus frutos envasados, destacando especialmente los plátanos, una conserva sumamente novedosa para la época.
El camino abierto por la fábrica pionera fue seguido por otras firmas insignes de la isla:
F. Poggio Lugo: instalada en el pago de La Galga (Puntallana). Por una etiqueta de envase que ha logrado perdurar en el tiempo, sabemos que su producción principal estaba orientada al denominado “Dulce Oriental”. Con un claro enfoque comercial de la época, la publicidad aseguraba: Este excelente dulce está recomendado para las personas de estómago débil.
Adela Cáceres e Hijo: Una firma de enorme prestigio que constituyó un magnífico ejemplo de continuidad familiar y excelencia artesanal. Logró situar sus producciones al más alto nivel competitivo, obteniendo una prestigiosa Medalla de Plata en la Exposición Internacional de Bruselas de 1910 gracias a la finura de sus conservas de fruta.
El esfuerzo de los industriales palmeros por mantener un estándar de calidad altísimo tuvo su reflejo en los mercados trasatlánticos. El puerto de Santa Cruz de La Palma se convirtió en un hervidero de exportación. Un dato documental que ilustra la fuerza de este comercio se registra en 1901, año en que salieron con destino a La Habana un total de 303 cajas de frutas en conserva.
A pesar del éxito de crítica y los galardones internacionales, la industria de la conserva de fruta en La Palma sufrió un declive paulatino a partir de la Primera Guerra Mundial (1914). El encarecimiento de los fletes marítimos y, sobre todo, el auge imparable del plátano y el tomate, terminaron de desplazar las fábricas de conservas.
Hoy las etiquetas policromadas de firmas como F. Poggio Lugo, los diplomas de Adela Cáceres e Hijo, quedan como testimonio de una Palma audaz, cosmopolita e industrial; una isla que, andando con paso firme, se atrevió en su día a endulzar y competir en las grandes capitales del mundo.
Agradezco, a mi buen amigo el investigador y estudioso, Manuel Garrido Abolafia, su ayuda con la aportación de documentación del máximo interés.
Fondo documental
- Puntallana. Historia de un pueblo agrícola. Manuel Garrido Abolafia.
- Periódico El Progreso. Exposición Internacional de Bruselas. 13 de octubre de 1910.
- El Heraldo de La Palma. Exportación. 29 de septiembre de 1901.
- Perales tradicionales de Canarias. Antonio Javier González Díaz. Biblioteca Universidad de La Laguna.
- Protocolos notariales de Antonio López Monteverde. AGP. 1866. Manuel Garrido Abolafia.
Fotografías
- Fábrica de Frutas en Conserva F. Poggio Lugo. La Galga. 1905. Archivo General de La Palma. Restaurada y coloreada por Abraham T. Díaz Abreu.
- Etiqueta de los envases de fruta. Fábrica de F. Poggio Lugo. Museo Etnográfico Casa Luján. Puntallana.