A propósito del día de los difuntos (México)

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México, junto con Brasil, lidera la lista de países americanos si atendemos al número de cabezas de ganado caprino. No es de extrañar, por tanto, que en el 2008 se celebrara el congreso mundial de la especie, el cual se organiza cada cuatro años. Yo viajaba por primera vez al país y, como hago habitualmente, después del evento científico aproveché para hacer un poco de turismo con mi mujer. Deambulaba con ella por un pequeño mercado artesanal, ubicado en el bonito pueblo que estábamos visitando, cuando presté atención a la melodía que interpretaba una banda de música. Sonaba algo desafinada, voluntariosa y escasa de instrumentos. Me pareció que repetía un tema y por eso creí que estaban ensayando. Luego dejó de oírse. El sonido nos llegó desde una pequeña plaza situada frente a la iglesia del pueblo que habíamos visitado un rato antes, donde nos extrañó la profusión de flores que llenaban los altares de colores y aromas. “Debe de ser cierto eso de la devoción de los mejicanos”, le comenté a Bea.

Seguimos visitando pequeñas tiendas, decoradas con mantas y huipiles, en las que los dependientes eran todos indios. Con amabilidad nos atendían y con tenacidad pretendían que no saliéramos de ellas sin llevar nada en las manos. Los precios eran excelentes y la gente parecía bastante humilde, por lo que decidimos comprar en varios locales.

Apenas quedaba un par de ellos por visitar cuando de nuevo sonó la música. Esta vez le pregunté al hombre que en ese momento nos estaba enseñando un tapiz, si aquello era un ensayo. “Es un entierro”, me dijo. No lo dudé y subí rápidamente la escalera que me separaba de la plaza, dejando atrás una conversación más interesada en ajustar precios que en compartir mi curiosidad por las costumbres funerarias locales. Cuando llegué arriba, ya la comitiva había salido de la iglesia. La encabezaba la banda de música, seguida por un féretro totalmente negro, como aquellos pocos que mi aprensión me dejó ver en la niñez, cargado por cuatro hombres. El resto de los varones adultos venía detrás en grupo, y a continuación las mujeres, de dos en dos. Todas ellas, de marcados rasgos indígenas, portaban las flores que antes decoraban la iglesia.

Vi alejarse el cortejo, tras los sones de la banda, por una polvorienta calle que descendía. Me quedé un rato allí preguntándome quién sería aquel difunto, cuyos supuestos doloridos no se manifestaban como tales, que era trasladado bamboleándose al ritmo cansino y lúgubre de la música.

Cuando volví al mercado ya se estaba cerrando el trato y Bea me esperaba para visitar la única tienda en la que aún no habíamos entrado. Traté de disimular mi estado de ánimo, tras haber sido testigo de aquella escena y de su significado en la cultura indígena, porque podría ser tomada como una falta de respeto la satisfacción que me embargaba.

Salimos ya algo cargados con nuestras compras y, tras pasar por un pequeño tugurio, donde un hombre con absoluta pinta de alcoholizado vendía pulque, nos dirigimos al último surtido de artesanía. Allí estaba aquella pequeña mujer de aspecto serio y dulce, que luego había de protagonizar el recuerdo más hondo de ese viaje a Méjico. Nos enseñó algunas mercancías interesantes. Por eso, y quizás porque era la última tienda, en aquel lugar hicimos la mayor compra. La buena disposición de la india, así como la leve sonrisa que finalmente se reflejó en su cara, terminaron por animarme.

“Hubo un entierro”, dije. Me miró y asintió con la cabeza. No habló, pero en sus ojos contemplé algo más que melancolía. “Era una persona mayor, ¿no?”. En mi cabeza seguían las imágenes de aquella comitiva en la cual nadie manifestaba un especial dolor. Ella miró al suelo “No, no era muy mayor. Pero bebía”, dijo por fin, e inmediatamente continuó. “Bebía, pero se portaba bien con su familia. Ellos lo querían”. No es cuestión de ofender a un muerto, pensé. Y pensé bien, porque en seguida preguntó “¿Cree usted en… en esas cosas… de otro mundo?” Intenté no reflejar que todos mis sentidos estaban volcados hacia ella. “Bueno, yo eso lo respeto”. Entonces dirigió hacia mí el atávico enigma que cargaba en su mirada. “Él se solía sentar todas las tardes junto a un pozo que está frente a su casa y al camino”, dijo con mucha pausa. La animé con un gesto, invitándola a continuar. “Una noche no volvió a su casa y al día siguiente empezaron a buscarlo”. En aquel momento me encontraba totalmente entregado a su narración. “Lo encontraron a los pocos días. Se había caído al pozo”. “Claro, la bebida…supongo” dije, para animarla a proseguir con la historia. Permaneció callada por un instante, así que insistí. “Bueno, después de ese tiempo el pobre estaría dando olor…”. No pareció interesarle mi suposición. “Sí, creo que algo”. Volvió a hacer una pausa mientras yo no dejaba de observarla. “¿Sabe usted? En los últimos tiempos, cuando él se sentaba junto al pozo, paraba por allí una mujer mayor con el pelo blanco. No era del pueblo, él no la conocía”. Me miró como comprobando si estaba tomándome en serio el asunto. La debí de dejar totalmente convencida. “¿Sabe usted? Era la muerte”. Si, lo sabía. Y ella ¿Cómo sabía lo de la mujer…? Ahora creo que, aún sin mediar palabras, la india realmente adivinó mi pregunta. “Él se lo dijo a unas vecinas, que no se preocuparan si se encontraban al entrar la noche con una mujer de pelo blanco. Que no hacía daño. Y ellas me lo dijeron a mí”. Hablaba ahora rápido, liberada de cargas y dudas. “¿Sabe usted? Hace cuatro años también vieron varias veces a una mujer de pelo blanco… caminando por la noche en la carretera que va a Oaxaca. Y muy poco después se mató allí un chico con una moto… Era la muerte”.