El Cristo de la Misericordia. Parroquia de La Encarnación
Considerada entre las más bellas y elegantes del Archipiélago, la Semana Santa de Santa Cruz de La Palma trasciende lo estrictamente devocional: es tradición, identidad y legado cultural. En ella se conserva, con fidelidad casi litúrgica, la sucesión cronológica de los episodios de la Pasión y Muerte de Cristo. Cada paso avanza como una página teatralizada del Evangelio que se vuelve ante los ojos del pueblo, y las escenas desfilan en el mismo orden en que las narran las Sagradas Escrituras, convirtiendo las empedradas calles en un solemne camino hacia el Calvario. Su singularidad queda refrendada por un hecho significativo: es la única del archipiélago reconocida desde 2014 como Fiesta de Interés Turístico de Canarias.
Desde el Domingo de Ramos hasta el Viernes Santo, la ciudad se transforma en museo al aire libre. El espectador —devoto o visitante— asiste sobrecogido a un admirable repertorio escultórico donde dialogan el arte flamenco, el barroco y el neoclásico. Las imágenes, custodias de siglos, abandonan por unas horas la penumbra de templos y ermitas para recorrer, entre cirios y plegarias, las calles estrechas y antiguas, donde la piedra parece guardar el eco de generaciones enteras.
Entre esas piezas sobresale, paradójicamente por su relativo desconocimiento, el Crucificado de tamaño natural que hoy recibe culto en la iglesia de Nuestra Señora de La Encarnación. Es probable que esto sea motivado porque hace décadas que no participa en procesiones, lo que habría reducido su visibilidad y notoriedad pública.
Se trata de la última creación del célebre sacerdote liberal Manuel Díaz Hernández (1774–1863), conocido popularmente como el «Cura Díaz», y fue entregada al culto un Viernes Santo de 1863, apenas dos días antes de su fallecimiento.
Díaz destacó como un espíritu ilustrado y polifacético, versado en diversas disciplinas. Cultivó la literatura, la música, la política y la oratoria con una elocuencia tan audaz que no pocas veces despertó recelos en el Santo Oficio. Uno de sus encendidos mítines-sermones provocó denuncias que lo llevaron a sufrir un proceso de infidencia y un posterior destierro en 1824. Vivió en Tenerife hasta 1835, cuando regresó triunfalmente a su querida isla, a esa «patria chica» que nunca olvidó.
El cronista Jaime Pérez García (1930-2009) lo definió con palabras que aún resuenan: «este sacerdote vivió para la Religión, la Libertad, la Caridad y el Arte». Y fue el Arte —en mayúsculas, quizá su pasión más íntima— el que lo acompañó hasta el final. Aunque su producción escultórica fue escasa, en ella dejó la huella de un autodidacta fervoroso, de formación irregular pero voluntad firme. El influjo barroco de Marcelo Gómez y la cercanía espiritual de los dominicos orientaron su sensibilidad, aunque su estilo terminó siendo una mezcla heterogénea, sin escuela definida.
El Crucificado que nos ocupa fue un encargo de los señores García de Aguilar y Carballo para la Cofradía de la Misericordia del convento franciscano. Anciano ya y consciente de sus limitaciones, Díaz aceptó el reto con humildad y entrega. En el cuerpo de Cristo —modelado en pasta de papel— se advierte un dibujo cuidado y una anatomía de formas redondeadas que evocan, más que la tradición canaria, ciertos ecos de la imaginería andaluza. La mirada elevada al cielo recuerda inevitablemente al Cristo de la Expiración —el «Cachorro»— de Sevilla, obra de Francisco Antonio Ruiz Gijón (1653-1720), aunque el resultado palmero discurre por caminos más modestos.
Quizá le faltó al Cura Díaz el magisterio directo de grandes escultores como José Luján Pérez o Fernando Estévez para depurar técnica y oficio. Sus múltiples responsabilidades eclesiásticas le impidieron consagrarse plenamente a la escultura. Y, sin embargo, sus fieles lo comprendían: no veneraban solo la factura artística, sino el gesto amoroso de quien ofrecía a su pueblo lo mejor que sabía hacer.
La imagen, conocida en origen como Señor de las Siete Palabras o Cristo de la Misericordia, procesionó hasta 1968 en el Calvario de la parroquia de San Francisco de Asís, junto a la Magdalena de Fernando Estévez (1788-1854) y el San Juan Evangelista de su sobrino, Aurelio Carmona López (1826-1901), considerado el escultor palmero más sobresaliente del siglo XIX. Su puesto en esa procesión de la mañana del Viernes Santo fue ocupado en 1969 por el Crucificado actual, obra del fallecido escultor y restaurador orotavense Ezequiel de León Domínguez (1926-2008).
Si el cuerpo del Crucificado de Díaz fue apreciado, no ocurrió lo mismo con su cabeza, la cual fue juzgada técnicamente deficiente. Este busto carecía de originalidad artística, aunque se observaba un conocimiento del modelado. Según Gerardo Fuentes Pérez, «parece como si hubiera querido hacer realidad el dolor de la cruz, pero le faltó fuerzas y conocimientos. Recuerda tibiamente el rostro del Cristo de Limpias, pero el enorme número de defectos en toda su ejecución —incorrecta posición de los ojos, con un claro estrabismo, deformaciones en los pómulos y en la oreja izquierda, así como en el acabado del cabello— indican la mediocridad del autor».
Por ello, hacia 1865, Carmona talló una nueva en madera policromada, de elegante clasicismo, respetando la inclinación y el gesto originales. Si bien el cuerpo y la cabeza pertenecen a imagineros distintos, su unión es tan perfecta que parecen tallados por la misma mano. El investigador Alberto-José Fernández García subrayó en ella «su mirada al infinito, como implorando consuelo a su Padre Omnipotente», mientras que otros estudiosos destacaron su afinidad con los Cristos sevillanos en el instante supremo de la expiración.
La primitiva cabeza de Díaz —de 42 centímetros— se conserva hoy en la sacristía de la ermita de San Sebastián, testimonio humilde de un artista que quiso, quizá sin los medios suficientes, plasmar el drama del Gólgota.
Dos días después de la primera procesión de su Crucificado, el anciano sacerdote fallecía trágicamente tras resbalar por la escalinata de la parroquia matriz de El Salvador en la madrugada de Pascua de Resurrección. Contaba ochenta y nueve años. En la Plaza de España de la capital palmera se alza hoy su estatua en bronce: fue el primer monumento civil erigido en Canarias y el primero dedicado a un hijo de estas islas.
Este Cristo, que excepcionalmente participó en 1992 en la V Muestra de Arte Sacro —titulada «Misterios de Muerte y Resurrección»— celebrada en el Real Santuario Insular de Nuestra Señora de Las Nieves, mantiene su presencia en La Encarnación. Su protagonismo se renueva cada Cuaresma, cuando es entronizado en el altar de cultos de la capilla mayor. No es solo madera, ni pasta modelada, ni policromía: es memoria que perdura, es fe transmitida, es historia que une a un pueblo y no deja de sorprenderlo.
En esta imagen de Cristo —todavía con vida— se entrelazan dos visiones y dos épocas: la experiencia sosegada del maestro Díaz y el impulso innovador del discípulo Carmona; la herencia que perdura y la juventud que la renueva. En su semblante alzado hacia el cielo convergen la debilidad del hombre y la promesa de eternidad, como si cada Viernes Santo nos recordara, desde la cruz, que el arte puede convertirse también en plegaria.