La nueva vida de la Virgen de las Nieves: arte, ciencia y devoción bajo una misma carcasa

Santa Cruz de La Palma —
9 de octubre de 2025 16:39 h

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El próximo viernes 17 de octubre de 2025 la isla de La Palma volverá a caminar unida tras su Patrona. Será una peregrinación de pueblo en pueblo por los catorce municipios, una ruta de días largos y noches de promesa que finalizará el 7 de noviembre. No es la primera vez: entre 1964 y 1965 la imagen recorrió toda la isla con un fin solidario —la financiación del Seminario Diocesano—, un episodio documentado en fotografías y crónicas que aún hoy muchos mayores recitan de memoria.

La novedad, ahora, no es el viaje: es cómo se hace. Bajo los mantos y las joyas que los palmeros reconocen a la primera, no tocará la terracota original. La Virgen caminará protegida por una carcasa diseñada y construida por Factum Arte / Factum Foundation para el Cabildo de La Palma: un armazón modular, ventilado y acolchado que distribuye pesos, evita roces y desvía las tensiones de la vestimenta y el movimiento hacia un maniquí soporte, preservando la piel frágil de una escultura del siglo XV. Es —dicho sin ruido— la herramienta que permite que la tradición continúe sin seguir dañando el original.

En estas líneas se cuenta quién ideó y ejecutó esa solución, cómo funciona y por qué conviene mantener y ampliar este camino donde devoción y método han dejado de ser palabras incompatibles.

Una isla que vuelve a ponerse en camino

Los calendarios oficiales de la diócesis y las agendas municipales colocan la primera parada en Puntallana (17–18 de octubre) y fijan un itinerario que tocará todos los municipios, con especial atención a las zonas marcadas por el volcán. La imagen regresará así, simbólicamente, a la geografía diaria de los palmeros: plazas pequeñas, ermitas mirando a los bancales, carreteras que se curvan como si pidieran silencio.

No se trata de reescribir la isla, sino de reencontrarla. Y ese reencuentro llega con una prudencia nueva. Si 1964–65 dejó la emoción de las andas y el “sillón de viaje” —aquel artilugio barroco, con vidrieras, que resguardaba a la imagen en ciertos tramos—, 2025 añade una palabra extra a la fe: conservación.

Qué es Factum Arte (y por qué su nombre aparece en un reportaje de La Palma)

Factum Arte y su fundación hermana Factum Foundation no son un taller al uso. Son un centro internacional de documentación 3D, control de color y rematerialización de alta precisión aplicado al patrimonio. Su trabajo va del registro sin contacto (fotogrametría, escáner de relieve) al tratamiento de datos y la fabricación de facsímiles y dispositivos de soporte. Proyectos como las cámaras faraónicas en Egipto, los cartones de Rafael, o campañas técnicas en grandes museos han consolidado una metodología que hoy marca estándar: medir primero, comprender después, actuar con reversibilidad. Sus memorias y publicaciones asociadas dejan claro el alcance de esa filosofía.

Para La Palma desarrollaron un proyecto de título preciso —y con una ironía teológica nada casual—: “The Transubstantiation of a Virgin”. Dos productos, un mismo propósito: un facsímil exacto de la imagen y una carcasa de protección en resina para el Cabildo de La Palma. Su dosier abre sin rodeos: “Protection shell in resin for the original terracotta sculpture for El Cabildo de La Palma”.

La carcasa, explicada sin tecnicismos (y con datos)

¿Qué es? Una estructura diseñada a medida que abraza el cuerpo de la escultura en las áreas críticas (cuello, tronco), permite vestir y trasladar la imagen y evita el contacto directo de mantos y manos sobre la terracota. Se completa con un maniquí textil acolchado que soporta el peso de la vestimenta y distribuye las cargas. Todo ello ventilado, para que la humedad no quede atrapada.

¿Para qué sirve? Para eliminar los tres enemigos silenciosos de una talla antigua: fricción, palanca y vibración. Quien haya visto poner o quitar mantos, muy pocas personas han podido hacerlo, entiende la cantidad de microtracciones y apoyos que se producen en cada gesto. A la larga, esos gestos multiplican microfisuras y pérdidas de borde. La carcasa interpone un colchón estructural entre el rito y el barro. “Blindar sin tocar”, podría ser el eslogan.

¿Cómo se hizo?

El camino fue el habitual de Factum ante piezas sensibles:

  • Registro sin contacto in situ en el Santuario: geometría de alta resolución y pasaporte de color.
  • Modelado y control geométrico: depurar malla, verificar tolerancias.
  • Fabricación del facsímil en Madrid, a partir del modelo digital (para exponer, estudiar y probar sin riesgo).
  • Diseño y fabricación de la carcasa y del maniquí.
  • Montaje y validación en La Palma.

Todo ese flujo —incluida la secuencia fotográfica de montaje— está documentado en el dosier del proyecto.

¿Quién lo pagó y quién lo encargó?

El Cabildo de La Palma, a través de su Consejería de Cultura. No es un detalle menor: sitúa el proyecto en el terreno de las políticas culturales —no en el de los favores— y lo ancla a la noción de bien común. Es dinero público.

El equipo que lo hizo posible aquí: liderazgo y método

Nada de esto habría ocurrido sin un liderazgo local capaz de tejer sensibilidades, sumar competencias y dar la cara. Ese nombre propio es el del párroco Antonio Hernández, anterior rector del Santuario cuando se tomaron las decisiones clave. Hernández conectó la necesidad pastoral —mantener viva la tradición de vestir y procesionar— con la urgencia de no seguir dañando la terracota. Y armó un equipo interdisciplinar de técnicos, artistas, historiadores, diseñadores, donde cada pieza jugaba un papel concreto. Y se encontró, por suerte o por providencia, con una consejera de Cultura receptiva y animosa. Junto con el apoyo económico del Cabildo de isla se llevó a cabo el proyecto.

Los documentos de trabajo recogen nombres, hitos y funciones. Y, sobre todo, reflejan una forma de proceder que convendría repetir: decidir a la vista de los datos y explicar luego el porqué a los fieles, sin infantilismos.

El museo que lo cuenta (y educa)

El Museo Camarín de Las Nieves, concebido y afinado durante aquel proceso de renovación, ofrecía en su inauguración una pedagogía clara: siete salas, un relato de cinco siglos de arte insular y, como núcleo, un díptico didáctico que todo visitante debía contemplar: la reproducción en terracota —para comprender el volumen desnudo— y el facsímil en color —para observar el estado actual con sus grietas y accidentes—. No eran caprichos museográficos, sino herramientas para que la isla entendiera qué estaba protegiendo y por qué.

La propia museografía explicaba que “a través de esta reproducción en 3D” —el facsímil— se pudo profundizar en la procedencia y autoría de la imagen, diferenciando con precisión entre la réplica artística de terracota (2016–2017) y el facsímil técnico (2018). Durante años, el museo se consolidó como un espacio de consenso: un lugar donde la devoción podía dialogar con la ciencia, con el arte sin sentirse traicionada.

Sin embargo, tras la jubilación del anterior rector, el espacio ha experimentado algunos cambios que alteran parcialmente aquella concepción original, afectando a un patrimonio que pertenece a todos y que fue creado y financiado con fondos públicos.

¿Por qué era necesario? Tres argumentos sencillos

  1. La materia manda. La Virgen es una terracota antigua. Porosa, frágil, con cicatrices de siglos. El contacto repetido de mantos, broches y manos no es neutro: deja huella, incluso cuando no se ve. La carcasa elimina el contacto y estabiliza.
  2. El calendario muerde. El rito exige vestir y mover la imagen con frecuencia en periodos intensos (Bajada, visitas extraordinarias, ahora una peregrinación insular). Sin una protección externa, cada campaña suma desgaste acumulado; con la carcasa, el original descansa mientras la tradición sigue viva.
  3. El facsímil suma. Lejos de “sustituir” al original, el facsímil exacto permite exponer y explicar sin exigir presencia o manipulación del original. Además, crea un registro comparativo para vigilar la salud de la obra con el tiempo. Es una política internacional en expansión, documentada por la propia Factum en publicaciones y memorias.

Lo que verán los palmeros (y lo que no)

Quien acompañe la peregrinación verá los mantos, la cuna de flores, el vaivén ceremonial. No verá —y está bien que no lo vea— el armazón que hace posible la continuidad. La carcasa está diseñada para desaparecer a los ojos del devoto y aparecer solo en los planos donde debe estar: en planos técnicos, informes, periódicos y vitrinas. Esa discreción es parte del acierto: proteger sin “protagonismo”.

1964–65 y 2025: el hilo que une dos islas

Aquella vuelta insular de los sesenta —que inspiró peregrinaciones homólogas en otras islas— se pensó con un objetivo concreto y dejó iconografías que hoy forman parte de la memoria sentimental palmera. Fotos, recortes de prensa, relatos de párrocos y cronistas lo avalan; estudios recientes sobre piezas históricas del ajuar, como el sillón de viaje, recuerdan que la isla siempre pensó la movilidad de su Patrona con cuidado material. La carcasa de 2025 es heredera de esa inteligencia, actualizada con tecnología y método.

Qué pasaría si no existiera la carcasa (o si se desmontara)

Sería cuestión de tiempo. No de un gesto, sino de cientos de gestos. La suma de microacciones —un broche que presiona, un manto que se ajusta tirando, una mano que, sin querer, apoya donde no debe— hace mella. Cada Lustral, cada visita, cada salida sería un impuesto invisible sobre una obra finita. La carcasa abolió ese impuesto. Retirarla —o relegarla— devolvería al original a un régimen de rozamiento que ya sabemos perjudicial. La tradición no peligra por un armazón silencioso; peligra sin él.

Y si alguien pregunta: ¿no es “mejor” restaurar?

Restaurar no es una palabra mágica. Muchas restauraciones son necesarias; otras, prematuras. Un consenso sensato en conservación aconseja intervenir lo mínimo imprescindible y apoyarse en medidas reversibles y preventivas. La carcasa es justamente eso: un freno al deterioro que gana tiempo. Si en el futuro hiciera falta una intervención material, llegará con más datos (registros 3D y de color), menos estrés acumulado y más garantías.

Lo que queda por hacer

Una carcasa no clausura un debate: lo abre en buena dirección. Quedan tareas obvias:

  • Mantener la cadena de datos: repetir cada cierto tiempo el registro 3D para comparar estados y detectar cambios sutiles.
  • Formar a las camareras y equipos de vestimenta en protocolos con maniquí, tiempos y puntos de apoyo seguros.
  • Comunicar mejor: explicar al público, en el museo y en la ruta, qué es la carcasa y por qué no verla es buena señal.
  • Asegurar continuidad institucional: blindar presupuesto y responsables para que el sistema no dependa de un nombre propio.

Nada de esto es heroico; es, precisamente, lo contrario: rutina. Y la rutina es el mejor aliado de la conservación.

Conclusión

La isla que salió con su Virgen en 1964–65 y la que saldrá ahora en 2025 es, en el fondo, la misma: una comunidad que necesita verse junta y que reconoce en ese rostro antiguo un pacto de pertenencia. Pero ha cambiado algo: hoy sabemos que la emoción no está reñida con la inteligencia técnica. Que una carcasa invisible puede ser el puente entre el rito y la permanencia. Que el trabajo de un equipo —con un líder al frente, con restauradoras, historiadores, escultores y técnicos— puede resolver un conflicto que parecía irresoluble: seguir vistiendo a la Virgen sin tocarla.

Ese método —medir, decidir, explicar, documentar— no debe perderse: debe continuar. Porque si algo enseña este proyecto es que el patrimonio no se salva con discursos, sino con instrumentos bien pensados, datos verificables y responsables con nombres y apellidos. La carcasa no enfría la tradición: la hace sostenible. Y el Museo Camarín, nacido y afinado, es la prueba de que un relato bien contado puede desactivar prejuicios y sumar complicidades.

Cuando la Virgen llegue a Puntallana el 17 de octubre, habrá miradas nuevas entre la multitud. Algunos buscarán el brillo del manto; otros, sin saberlo, celebrarán la mano invisible que sostiene esa escena. Esa mano tiene forma de carcasa, lleva grabados planos y actas, y responde al esfuerzo silencioso de un equipo que supo escuchar a la obra antes de decidir por ella. Es justo nombrarlos, es justo cuidar lo que hicieron y es justo proseguir por ese camino.

Porque las islas enseñan —si se las recorre despacio— que los perímetros se hacen a base de paciencia. Y que, a veces, proteger es simplemente no tocar.