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TOMA DE TIERRA

Ahora que cruzamos la mirada

25 de agosto de 2025 16:28 h

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Todas las publicaciones que leo estos días sobre Gaza terminan con un desolador, irremediable y certero: “Mientras la Comunidad Internacional mira para otro lado”. Lo cierto es que ya no quedan lados para los que mirar sin que nos crucemos las miradas y sepamos que frente a todo lo que nos separa, nos une ser contemporáneos a un genocidio y a lo que estamos llamados como humanidad mientras podamos hacer algo. Lo estamos desde que encontramos la primera evidencia prehistórica de que un adulto se rompió un fémur y sanó porque otros le cuidaron sin obtener nada a cambio.

Ya no podemos hacer como que no hemos visto las imágenes de los niños famélicos sostenidos por los brazos y en el amor de sus madres, ni las de los disparos a los palestinos que hambrientos fueron a buscar comida a los puntos de ayuda humanitaria, ni las de familias enteras quemadas en sus casas. Ya no. E ignorarlo solo nos sume en un histrionismo que, como en el poema, será una manta que nos deje los pies fríos. No. Contra los perversos deseos del aparato de propaganda sionista, esas secuencias ya forman parte de lo que se cuente de nuestra sociedad en el futuro, de lo que se estudie en las facultades, y, de eso, tan lleno de heridas, que llamamos la memoria colectiva.

Pero no haríamos bien en ser tan vanidosos de pensar que este dolor colectivo solo lo hemos sentido nosotros o que este mundo se encuentra en el final de muchas cosas, con todo lo que ha atravesado y con el hándicap de que los opresores contasen con la plena impunidad o con que nadie lo supo hasta mucho después o que nadie jamás lo supo. Hoy, como humanidad contamos con una caja de herramientas de la que debemos hacer uso, por oxidadas y olvidadas que se encuentren en el desván del tiempo. Esas herramientas nos hablan de boicot comercial como el realizado contra el apartheid de Sudáfrica desde 1958 hasta 1994, la acción directa no violenta, respaldada por la organización colectiva en procesos históricos de acumulación de fuerza, que convierte la resistencia en símbolos y son puntos de inflexión que obligan a los gobiernos a tomar medidas, como la realizada por Rosa Parks contra la empresa de guaguas de Montgomery en 1955, al negarse a ceder su asiento a un pasajero blanco, como dictaron las leyes de la época. Debemos reivindicar la paz como única herramienta de creación de sociedades realizadas y de bienestar, la apuesta por lo público para no depender de las migajas privatizadas de esa élite minoritaria a la que le da igual la muerte de un niño, que la de 7291 ancianos y ancianas.

Europa tiene que poner al fuego una cafetera

La precariedad y los esfuerzos que hacemos para lidiar con asuntos nada frívolos como tener un techo digno bajo el que vivir, el shock que nos adoctrina para pensar que todo está mal y nada se puede hacer, nos abruman y caemos en la impotencia, la tristeza o la misantropía. Pero, a veces, como sucede cuando nos levantamos por la mañana sin muchas ganas de escuchar el boletín de la muerte, sencillamente hay que poner una cafetera; recordarle a la Unión Europea día sí y el otro también, los compromisos que gestaron su existencia; la defensa de los hospitales y las escuelas, lo aprendido y acordado tras los juicios de Núremberg, el espíritu de reconstrucción desde cero tras la arrasadora Segunda Guerra Mundial y que la ONU salga de su hechizo, no como herramienta que sirve a los intereses de las grandes potencias económicas y bélicas, sino como un organismo vinculante que se vale de sus propias resoluciones para salvar vidas y no denigrar más el estándar que podamos tener colectivamente como humanidad.

Los estados de la Unión tampoco son impotentes, son soberanos y a sus representantes debemos exigirles que cesen las relaciones diplomáticas, políticas, económicas y comerciales con Israel, es más, tienen la obligación de hacerlo según el dictamen del pasado mes de junio de la Corte Internacional de Justicia de adoptar medidas que puedan contribuir a la ocupación ilegal de Gaza.

Yo no quiero ser en el recuerdo de nadie una cretina coetánea de la barbarie. Es una tarea abismal y es injusto que recaiga prácticamente en su totalidad en la sociedad civil, pero hemos heredado una caja de herramientas y, como dijo hace unos días en un precioso artículo el periodista Ignacio Pato, que dejó oliendo a café todos los pueblos de España: “Me ayuda pensar que la esperanza es una deuda que contraemos con quien no se rinde”.