Deberes
Que un ministro comparezca todas las veces que sean oportunas, el tiempo que se considere pertinente, abordando cuantos asuntos se le planteen acordes a su responsabilidad, no ha de ser objeto de valoración positiva alguna. Eso es lo mínimo que cabe esperar de él.
Que un cargo público asista a los plenos en los que se le convoque por su condición de lo que sea —diputado, parlamentario, consejero, concejal…— no puede ser merecedor del aplauso de nadie. Es su obligación acudir, enterarse de los temas que se traten en el encuentro, contribuir con la información recibida, defender las posiciones de los ciudadanos a los que representa y promover lo que sea para que sus votantes no se sientan —una vez más— estafados en la confianza depositada en la urna correspondiente en vaya uno a saber qué convocatoria electoral. Menos que eso, nada.
Cumplir con los deberes no entra en el listado de gratitudes y admiraciones que la sociedad ha de reservar para casos excepcionales, que son aquellos en los que este cumplimiento supera con creces lo establecido y, en consecuencia, lo esperado. ¿Felicitamos a dos transeúntes por no pelearse cuando se cruzan en una acera estrecha? ¿Nos hemos de regocijar porque en un mercado dos clientes que deseaban el mismo producto no se han insultado ni han traspasado el umbral del disgusto ocasionado por la contrariedad? ¿Homenajeamos a los conductores que no han cometido infracciones de tráfico? ¿Incrementamos el número de positivos del alumnado solo por portarse bien en clase y no transformar cada sesión lectiva en una muestra de sus capacidades para formar parte de cualquier guerrilla urbana que se precie?
Sigo. ¿Es entendible el luminoso gozo y la alegría desbordada proclamados por unos cuantos ante el hecho de que unos individuos, supuestamente afines en lo ideológico y conscientes de lo que hay al otro lado —a última hora, a desgana, tapándose la nariz y dejando claro el desprecio que se profesan entre ellos—, hayan llegado a un acuerdo para ir juntos a unas elecciones cuando se sabe desde el primer momento, desde el mismo día de los resultados del escrutinio de la convocatoria precedente, que la alianza constituida era necesaria —indispensable, inevitable— si diáfanas, nítidas, firmes fueran las voluntades de estorbar, bloquear, detener, impedir que vayan a más las pretensiones e intereses de quienes sostienen que el estado del bienestar que nos ampara es un lujo que no nos merecemos? Agota la longitud de la pregunta formulada, lo sé, porque agotada está la paciencia de esperar lo que se espera y luego recibir lo recibido; y desbordada, la incertidumbre.
No podemos convertir los deberes en excepcionalidades plausibles. Ha de haber un listón infranqueable para que la calidad de la sociedad que nos acoge —especialmente la de nuestros representantes públicos, que son referentes de la ciudadanía— se valorice como conviene que lo haga. Felicitar a alguien por hacer lo que le corresponde realizar es como homenajear a la gravedad por permitir que nos sustentemos en el suelo y no andemos en un sinvivir flotante de aquí para allá.
No han de confundirse las responsabilidades con las conveniencias. Un ministro puede o no dimitir si lo considera oportuno; un cargo electo, en un determinado momento, intervenir en el debate que se desarrolle o limitarse a escuchar y tomar notas; un cliente, optar por desistir del producto que desea y buscar otro afín o marcharse de la tienda; un transeúnte, modificar su rumbo; un alumno, requerir o no la atención de un condiscípulo a propósito de una tarea escolar, y un conductor, circular o quedarse en casa. Y los individuos de forzadas sincronías tienen la opción de entregarse al ejercicio de otros menesteres en los que, como en todo, tendrán que atender los deberes que estos exigen sin esperar a cambio recibir parabienes. Estar no es obligatorio. Cumplir cuando se está, sí.