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El eclipse de la razón jurídica: de la arrogancia de Karp al disparo de Allen

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Lo sucedido el 25 de abril de 2026 en el corazón de Washington no puede ser despachado como un simple incidente de seguridad o el arrebato de un individuo alienado. Cuando Cole Tomas Allen, un ingeniero mecánico y científico de la computación con un currículum académico brillante, logró burlar los anillos de protección en la cena de corresponsales de la Casa Blanca para atentar contra el presidente Donald Trump y altos cargos de su administración, no solo puso en jaque al Servicio Secreto; puso al desnudo la fragilidad de un sistema que ha sustituido la justicia por la vigilancia. Allen, cuya pericia técnica le permitió ridiculizar los protocolos humanos de seguridad, dejó tras de sí un manifiesto titulado Friendly Federal Assassin (Asesino Federal Amigable), publicado por el New York Post. En él, no solo justifica el uso de la fuerza frente a lo que denomina la “traición de las élites”, sino que señala directamente las llagas abiertas del poder estadounidense: los vínculos jamás purgados con la trama de Jeffrey Epstein y la violación sistemática del Derecho Internacional que ha caracterizado la praxis política de Trump. Sin embargo, la mayor tragedia de este abominable evento no radica únicamente en lo que parece ser un intento de magnicidio en sí -que al contrario de lo sucedido en algunos otros magnicidios o tentativas, salió con vida el autor material y sin causar muertos- sino en cómo este “manifiesto de la pólvora” de Allen se entrelaza dialécticamente con el “manifiesto del algoritmo” de Alex Karp, CEO de Palantir Technologies, publicado directamente por Palantir Technologies en sus canales oficiales y redes sociales el 19 de abril pasado..

Para comprender el abismo al que nos asomamos, es imperativo diseccionar la doctrina de Karp. El líder de Palantir ha articulado lo que él llama la “República Tecnológica”, una visión del mundo donde el poder blando, la diplomacia y los marcos éticos de la ONU son considerados vestigios obsoletos de un romanticismo inútil. Para Karp, la supervivencia de Occidente depende exclusivamente de la supremacía del software de guerra y la inteligencia artificial. Su pensamiento es la máxima expresión del tecnofascismo: la fusión total del capital tecnológico con el aparato militar-represivo del Estado. En este esquema, el software no es una herramienta, sino el soberano mismo. Si las plataformas de Palantir, como Gotham o su nueva Artificial Intelligence Platform (AIP), son capaces de garantizar la seguridad y el crecimiento económico, cualquier “pecado” de las élites —ya sea la depravación moral (trama Epstein) o la vulneración flagrante de la Carta de las Naciones Unidas— queda automáticamente exculpado por la razón de Estado tecnológica. Es un pacto maquiavélico de nuevo cuño: la eficiencia algorítmica a cambio de una impunidad de clase absoluta.

La paradoja es que el atentado de Cole Tomas Allen, lejos de herir a este sistema, le proporciona el combustible necesario para su expansión definitiva. Al humillar la seguridad humana tradicional, Allen le entrega a Karp el argumento definitivo de venta. La narrativa oficial ya no será cómo proteger la democracia, sino cómo sustituir al falible ser humano por la infalible caja negra de Palantir. El resultado político es aterrador: el atentado sirve para blanquear el historial de Trump, convirtiéndolo en víctima y mártir, mientras se silencia cualquier debate sobre sus atrocidades presidenciales como criminal de guerra o sus oscuras conexiones pasadas con Epstein. Cualquier crítica legítima al sistema ahora puede ser convenientemente etiquetada como el “delirio” de un potencial terrorista, invalidando la disidencia política mediante su criminalización psiquiátrica y tecnológica.

Estamos asistiendo al nacimiento de un bloque histórico donde la tecnología ya no sirve a la sociedad, sino que la disciplina. Las implicaciones de Palantir en matanzas mecanizadas (genocidios en Gaza y en Líbano) y en el control social preventivo son solo el preludio. Al erosionar el Derecho Internacional y los principios del Derecho Penal Internacional —que exigen transparencia y responsabilidad humana—, el tecnofascismo instala una dictadura de la técnica donde no hay a quién reclamar y exigir responsabilidades. Cuando la decisión de quién es un objetivo o quién es un criminal la toma un algoritmo diseñado por una corporación amoral para proteger a una élite depravada, la humanidad ha perdido su condición de sujeto para convertirse en un simple dato procesable. El 25 de abril no fue un fallo del sistema, fue la señal de que el sistema ha decidido prescindir de la ley para abrazar definitivamente la fuerza bruta del código. Alertar sobre esto no es una opción, es una obligación existencial para todo aquel que aún crea que la justicia debe emanar de la voluntad popular y no de una línea de programación ejecutada desde una oficina en Silicon Valley.