Canarias Ahora Opinión y blogs

Sobre este blog

Las escuelas infantiles, un servicio ejemplar con un reto pendiente: promover horarios más compatibles para las familias

0

La Consejería de Bienestar Social del Gobierno de Canarias gestiona una red de trece escuelas infantiles repartidas por las islas: cuatro en Gran Canaria, ocho en Tenerife y una en La Palma. Trece espacios donde lo cotidiano adquiere un valor extraordinario, donde el llanto deja de ser desconsuelo para convertirse en lenguaje y la rutina diaria se transforma, casi sin que nadie lo note, en un pequeño milagro de cuidado y crecimiento.

Antes de entrar en balances, horarios y organigramas, conviene decir algo que no cabe en ninguna memoria técnica. Las escuelas infantiles públicas funcionan, sobre todo, porque hay personas que las sostienen con algo más que profesionalidad. Las educadoras no solo llegan con títulos y competencias bajo el brazo; llegan con paciencia infinita, con una sensibilidad afinada y con esa ternura que no se aprende en cursos, pero marca la diferencia. Saben escuchar llantos como quien lee entre líneas, entienden lo que aún no tiene palabras y ponen calma donde solo hay sueño o miedo. Quien ha dejado alguna vez a su hijo o hija en sus brazos sabe que allí no se custodia el tiempo: se cuida la vida; no se atiende un servicio, se acompaña una infancia.

Ese cuidado no se queda solo en el aula, se contagia al resto del equipo. El personal de cocina, limpieza y mantenimiento trabaja sin focos ni aplausos, pero su labor es la que hace que todo funcione. Son quienes dejan los suelos listos para que gatear sea seguro, porque alguien entendió que también ahí se juegan los derechos de la infancia. Son quienes cocinan pensando no solo en calorías, sino en cariño, y quienes arreglan lo que se estropea antes de que el problema tenga nombre. Gracias a cada uno de esos profesionales, el bienestar infantil no es una frase bonita para colgar en la pared, sino algo que se nota cada día, aunque casi nadie lo diga en voz alta.

La escuela infantil es también ese primer escenario donde se aprende a vivir con otros. Allí los niños y niñas empiezan a compartir juguetes, miradas y el catálogo completo de virus de la primera infancia. Se acatarran, claro, pero en el proceso se hacen fuertes. No solo por dentro, también por fuera. Aprenden que el mundo no acaba en el salón de casa, que hay otros brazos fiables, otras voces que consuelan y otros espacios donde sentirse a salvo. Y eso, aunque no figure en ningún currículo, es una de las lecciones más importantes de todas.

Es precisamente desde este reconocimiento a la calidad humana y profesional del servicio desde donde toca decir lo incómodo. El horario. La hora de entrada y la de salida, fijadas en un marco rígido, difícilmente dialogan con la realidad laboral de la mayoría de las familias. En la práctica, sigue apoyándose en la idea de que alguien, casi siempre una mujer, estará disponible para llegar a tiempo. Un planteamiento que choca frontalmente con los discursos sobre igualdad, corresponsabilidad y conciliación que decimos defender, pero que todavía cuesta llevar al terreno de lo cotidiano.

Y no, esta no es una inquietud que solo se escuche en las puertas de entrada cuando se mira el reloj con prisa. Una parte importante del propio personal de las escuelas infantiles lleva tiempo diciendo, con calma y con sentido común, que los horarios necesitan ponerse al día. No para trabajar menos ni para cuidar peor, sino para adaptarse a una realidad social que ya no es la de antes, sin tocar en absoluto lo que hoy funciona y lo que hace que el servicio sea tan bueno como es.

Permítanme introducir aquí una experiencia personal. A pesar de mi trayectoria profesional en el ámbito de la protección a la infancia, nunca antes había necesitado recurrir a una escuela infantil para un bebé de apenas cuatro meses. Cuando se presentó esa circunstancia, motivada por mis propias exigencias laborales durante el periodo en que tenía al menor en acogimiento familiar, fue la Escuela Infantil Asunción la que nos acogió. Entonces comprobé que, incluso disponiendo de la relativa flexibilidad propia de un puesto en la administración pública, no lograba llegar a tiempo a la recogida. Un aspecto aparentemente tan simple como el horario se transformaba así en una dificultad diaria.

Sé que a más de una persona le rondará la pregunta, dicha en voz alta o en silencio: “¿Y por qué no se cambió esto cuando usted fue directora general?”. Es una pregunta legítima, incluso necesaria. La respuesta no es una coartada, es una constatación. Hay decisiones que, por mucho conocimiento técnico que se tenga, no se entienden del todo hasta que te atraviesan la rutina. La vida diaria tiene una forma muy eficaz de enseñarnos lo que los despachos no siempre alcanzan a ver.

Por eso esta reflexión no apunta ni señala a quienes hoy están al frente de la Consejería. Todo lo contrario. Nace desde el respeto institucional y con una voluntad claramente constructiva. Se trata de abrir una conversación honesta sobre cómo ajustar lo organizativo a la vida real de las familias y del propio personal, sin tocar lo esencial, porque lo esencial ya está bien hecho y funciona. 

Y quiero terminar como se terminan las cosas importantes, dando las gracias. Gracias a las educadoras, especialmente a Patri y a Carmen y a todo el personal que cuidó, acompañó y sostuvo con profesionalidad y una ternura inmensa al bebé que tuve en acogimiento familiar. Gracias por la calma, por la mirada atenta, por cada gesto pequeño que hacía grande el día. Gracias por la paciencia infinita que mostraron frente a llantos inesperados, por la capacidad de entender lo que aún no podía decirse con palabras y por convertir cada rutina en un acto de cuidado real. Gracias por el respeto con el que trataron su individualidad, por la coherencia y constancia que transmiten seguridad y confianza, y por ese equilibrio sutil entre disciplina y cariño que hace que los niños se sientan acompañados sin perder libertad. Gracias también al personal de cocina, limpieza y mantenimiento, que con su dedicación silenciosa hacen que cada aula sea segura, acogedora y viva. Si este servicio es ejemplar, lo es por ustedes. Y ese reconocimiento, de vez en cuando, también merece ocupar un lugar en la opinión pública.