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Furor patriotero

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Contra la creencia de la perversión intrínseca de la televisión, la inmanencia de los personajes catódicos. Una vez, paseando por la rúa del Villar, todavía de visita en Santiago, no de estudiante (habíamos ido en tren para inspeccionar las instalaciones de cara al curso siguiente) Laura y yo nos paramos en la puerta de un bar-cafetería de la que salía un repetitivo estribillo: el grupo sueco Abba acababa de ganar Eurovisión con aquel Waterloo que oiríamos hasta la saciedad. La mezcla pop para siempre y raíces estrábicas de rock malavenido, daría mucho de sí.

Años antes, la polémica en casa estuvo entre Serrat y Massiel. Mi madre y yo, con nueve años, éramos partidarios del Noi del Poble Sec. Así me fue: mi padre me mandó a la cama sin ver el episodio de Los invasores por mi escasa efusión patriótica. Esto se fabula y cuenta, cómo llegó Massiel a cantar el La, la, la, en la serie de Movistar La canción. La canción, compuesta por Manuel de la Calva y Ramón Arcusa, “el dúo dinámico”, estaba muy escrita para su amigo Joan Manuel Serrat. Aún hoy, tantos años después, reclama su voz. Pero no fue así. Podemos pensar que para bien del catalán, del español, y de Serrat. El caso es que el régimen de Franco, ya perdiendo mucho la calle, se inyectó un pelotazo de optimismo patriotero que le permitió considerar con más calma y sadismo los estados de excepción vigentes. También se cuenta en el primer capítulo de la serie de TVE, Cuéntame cómo pasó. Bueno, de TVE, de Imanol Arias y de Ana Duato y consorte, el ideólogo del grupo. Hicieron merecida caja aunque se despistaron con la hacienda pública.

Desde aquel 1968, el festival de Eurovisión siempre me pareció una aberración estética y musical (“I’am rocker”). Su previsible decadencia casi anunciaba su desaparición. Pero como todo es un negocio, y si está detrás una empresa israelí, no hay tentación que se resista. Ni la patochada de Buenafuente y su Chiquilicuatre han acabado con el engendro pretendidamente europeo. Es simplemente inaguantable.

Pero llegó el señor Núñez y sus mariachis –no me refiero al narco Dorado: lo han puesto todo peor, embarra que te embarrarás, desde hace dos días no se sabe si están hablando de un evento musical o del malvado presidente del gobierno. Qué más les da. Se trata de enfadar a la gente con lo que sea y señalar a un solo culpable. Nos enteramos en 1993, tres años de mentiras y extorsión cuando fueron a por el que ahora es su amiguito del alma. De manera gradual y esperpéntica lo vemos desde 2018: no se puede permitir que haya un gobierno de izquierdas en España: “Para eso no ganamos una guerra”, deben decirse.

Cuando al año siguiente empecé la carrera universitaria, tan solo militando en el partido de Laura, que me dejó el mismo curso por un chico de cuarto de medicina, busqué mis causas políticas eminentes: el Sahara y el Polisario, Palestina y la OLP, y la revolución. Primero la de los claveles, después el corto verano de la anarquía, nunca la de 1917 (“Libertad, ¿para qué?”, le dijo Lenin a Ángel Pestaña y a Giner de los Ríos.) Y así seguimos: sin revolución y con peligro de extinción de los saharauis y los palestinos. (Por cierto, el de cuarto de medicina que se ennovió con Laura era palestino: ya son felices abuelos).

RTVE, y el Gobierno, hacen bien en pedir que no vaya Israel. Mejor que no fuera nadie a esa porquería y destináramos el dinero que cuesta para las personas de Gaza. Quizás no sería más que un gesto inútil ante la masacre y la brutal maquinaria militar y militarista de Israel.

Nada, nada, aquí seguimos igual, de mal: tertulianas, analistas y seguramente también periodistas, convertidos en sesudos analistas musicales. Se equivocan: Israel es una tremendo error –británico, cómo no, y de mala conciencia alemana, no es para menos- que lleva incumpliendo la legalidad internacional desde 1949, cuando nació. Mientras tanto, que si es genocidio de estado o de Gobierno. Por favor: Estado Palestino ya, como postula el Rey de España Felipe VI.