La IA en los Servicios Sociales de Canarias: avance vs. indefensión de las personas más vulnerables
La Inteligencia Artificial (IA) ha dejado de ser ciencia ficción para convertirse en una realidad en nuestro día a día y, como no, está presente también en las Administraciones Públicas Canarias, incluida la Consejería de Bienestar Social, Igualdad, Juventud, Infancia y Familias. Sin embargo, bajo la promesa de modernidad, surge una pregunta que los responsables políticos parecen evitar: ¿puede un algoritmo suplir el criterio, la sensibilidad y la empatía de un profesional del ámbito sociosanitario?
Ya les adelanto yo que no. Y les describo el escenario actual: un escenario muy peligroso donde las prisas por gastar los Fondos Europeos, y maquillar estadísticas electorales, están creando un sistema frío y muy alejado de la realidad de las personas en situaciones de extrema vulnerabilidad; un caldo de cultivo que, tarde o temprano, va a estallar.
La sensación que impera entre los trabajadores de la Consejería es la desesperación, el desánimo y la de un “grito ahogado”. Profesionales que ven como su experiencia es sustituida por estadísticas y cómo la urgencia por “gastar los dineros” impide mirar hacia atrás para corregir el rumbo.
Se ha cometido el craso error de prescindir del criterio, experiencia y formación de los profesionales que llevan décadas en la Consejería. Y es que una máquina, que trabaja con base en comandos y algoritmos, no entiende de casuísticas humanas, del impacto de género o sesgos en los algoritmos. Cabe recordar a nuestros dirigentes políticos, que existe normativa y reglamentos europeos, que ponen límites al uso de la IA para que el ser humano no sea objeto de decisiones basadas únicamente en el tratamiento automatizado, menos cuando estas producen efectos jurídicos.
La IA venía para agilizar trámites y eliminar la burocracia; debía liberar al profesional de la carga administrativa y permitirle hacer lo que mejor sabe y que ninguna máquina puede hacer: atender a las personas con empatía y escucha activa. En la práctica, parece estar sirviendo de escudo para la deshumanización y, de paso, para la externalización y mercantilización de la salud y de las situaciones problemáticas que padecen los y las canarias. Con ello, más que avanzar, nos encontramos claramente ante un proceso de involución como civilización.
Mientras la Consejería se enfoca en la digitalización, la realidad de la Dependencia, la Discapacidad o la Renta Canaria de Ciudadanía es desoladora. Desde la grabación de expedientes, la gestión de citas, la elaboración de las resoluciones, hasta la digitalización de los expedientes, todo se ha externalizado. Pero las listas de espera no disminuyen y ahora, encima, se excluye a la persona del sistema con base en algoritmos claramente deficientes. No solo eso, la creación de plazas sociosanitarias en la actualidad sigue muy alejada de dar respuesta a la demanda real.
Es una paradoja cruel: en la política canaria, parece no haber límites ni burocracia para conceder licencias de camas hoteleras, pero la creación de camas sociosanitarias se pierde en un laberinto administrativo infinito.
En el ámbito de la Dependencia, estamos asistiendo a un fenómeno tan silencioso como devastador. El resultado de una gestión centrada más en los procesos administrativos que en las personas y sus necesidades reales, es el desistimiento. Ante la ausencia de una red sólida de servicios públicos de ayuda a domicilio y la incapacidad de dar respuesta a la demanda actual por parte del sector privado, las familias se encuentran solas. Tras tres meses de silencio institucional, muchas tiran la toalla por agotamiento.
No podemos permitir que el olvido sea la respuesta a la vulnerabilidad, ni que en la carrera por la modernización, dejemos atrás lo único que hace a los servicios sociales realmente ''sociales'': la humanidad.