Las migraciones
La guerra, el hambre, la pobreza o las catástrofes naturales han provocado éxodos y migraciones durante toda la historia. Por poner un ejemplo, hay muchos países en África donde la esperanza de vida es de unos cincuenta años, en consecuencia, hay muchos jóvenes de esos países que quieren irse a vivir a cualquier parte de Europa, donde la esperanza de vida es de unos ochenta años. Se estima que en los últimos treinta años se ha duplicado el número de migrantes. De los más de 300 millones que hay en el mundo, unos 100 millones viven en Europa, 85 en Asia y 80 en América del Norte. Los países con más emigrantes son actualmente India, México, China, Siria, Bangladesh, Ucrania, Filipinas y Afganistán; y los que reciben el mayor número de inmigrantes son EEUU, Alemania, Rusia, Arabia Saudí, Gran Bretaña, Francia y España.
Hay muchos tipos de migrantes. Un tipo especial es el que sobrevive en un campamento de refugiados. Son terrenos repletos de tiendas de campaña, sin luz eléctrica ni agua corriente, repartidos por las inmediaciones de muchas fronteras del mundo; donde malviven hacinadas más de 42 millones de personas inocentes, la mayoría a consecuencia de alguna guerra. Hay casi dos millones de palestinos viviendo así en su propio país, en las afueras de sus ciudades destruidas por las bombas; algunos contemplan desde sus casetas las montañas de escombros en las que se han convertido sus antiguos barrios.
Hay otros tipos de inmigrantes que se distinguen por el color de su piel, sus creencias o sus hábitos. En España, su aceptación social depende de lo semejantes o diferentes que sean, tanto por su etnia como por sus costumbres. Los mejor considerados son los europeos cristianos blancos, como los italianos, británicos, alemanes, ucranianos o polacos. A un nivel inferior, aunque también tolerados, están los americanos cristianos mestizos, procedentes de nuestras excolonias, como los colombianos, ecuatorianos, dominicanos, hondureños, peruanos, bolivianos, mexicanos, cubanos, argentinos o venezolanos. Los que han empezado a ser acosados y a tener problemas de convivencia desde la irrupción de la extrema derecha son los africanos islamistas y los asiáticos en general, como los marroquíes, mauritanos, senegaleses o paquistaníes. También hay otro tipo de inmigrante. Da igual el país, la región, el color de la piel, las costumbres, las creencias o lo que haya hecho en el pasado. Si tiene muchísimo dinero será bien recibido en cualquier parte.
Actualmente acogemos a decenas de miles de inmigrantes cada año. Desde el golpe de estado de 1936, hasta finales de los años 50, fueron millones los españoles que emigraron a Europa y América para sobrevivir a las consecuencias de dos guerras, la de Franco y la de Hitler. Los canarios también sabemos mucho del tema. Hoy recibimos a inmigrantes, pero hasta el fenómeno del boom turístico de los años 60, los canarios tuvimos que emigrar. Algunos de mis tíos, primos, abuelos y mi propio padre emigraron a Cuba o Venezuela. Hoy en Canarias todos tenemos algo que ver con la migración: o tienes parientes que han emigrado o en tu familia hay inmigrantes que han venido de fuera, o las dos cosas.
Según D. Juan S. Henríquez González: “(…) en el año 1954 llegaron a Venezuela 74.000 emigrantes oficialmente, pero esa cifra era rebasada por los canarios que no iban contratados, sino como transeúntes, turistas o como simples visitantes y se quedaban en el país junto a padres y familiares (…) llegaban expediciones de veleros clandestinos (…) que eran, en realidad, pequeños pesqueros habilitados para el viaje trasatlántico (…) Se cifró en aquellos años en más de 150.000 los canarios dispersos en todo el país hermano.”
En un artículo publicado en 1949 en el periódico venezolano Agencia Comercial, podemos leer: “Las falúas pusieron proa hacia la península de Jandía, al sur de Fuerteventura, donde las esperaba La Elvira. Los pasajeros acababan de abordarla cuando oyeron dos tiros y vieron acercarse vertiginosamente la lucecita verde de una patrullera. Huían con todas las velas desplegadas, pero la lancha ganaba terreno. ”¡Deténganse en nombre de España!“, ordenó la Guardia Civil por el altavoz. Los agentes se colocaron en paralelo a la goleta: ”¡Entréguense!“, volvieron a ordenar. ”¡Que se entregue tu madre!“, les respondió una voz en la oscuridad. Un golpe de viento feliz lanzó al velero hasta aguas internacionales. La Elvira tardó 36 días en cruzar el Atlántico, empujada por los alisios. Durante ese tiempo sus pasajeros se alimentaron de patatas podridas, garbanzos con gorgojos y gofio picado. El agua estaba racionada (…) La Elvira: un velero destartalado ha llegado a la costa con 106 inmigrantes irregulares a bordo. Los sin papeles detenidos, entre los que había diez mujeres y una niña de cuatro años, se hallaban en condiciones lamentables: famélicos, sucios y con las ropas hechas jirones. La bodega del barco, que sólo mide 19 metros de eslora, parecía un vomitorio y despedía un hedor insoportable. (…) Vomitaban unos sobre otros y pronto se llenaron de piojos. El ácido de los vómitos y el salitre del mar desgastaron sus ropas, que se convirtieron en harapos. Con aquellos jirones, las mujeres hicieron compresas cuando se les presentó la regla. La Elvira hedía como una cloaca.”
Otros tuvieron peor suerte. El 9 de septiembre de 1919 un tremendo temporal impide la entrada del barco de vapor Valbanera en el puerto de La Habana. Fue la última vez que se lo vio navegar. Ese día se perdió de vista y se cortaron de pronto todas las comunicaciones por radio. Durante diez días no se supo nada de su paradero, hasta que lo encontraron hundido a 200 kilómetros de La Habana. Hoy sigue sin saberse cómo y cuándo naufragó y qué fue de los que iban a bordo. Tenía todos los botes salvavidas intactos y no había signos de que intentaran usarlos. No se encontraron los cuerpos de ninguna de las 488 personas que viajaban en él, de las que al menos 408 eran canarias. Habían embarcado en busca de un futuro mejor y con el objetivo de dejar atrás la miseria que reinaba en las islas por aquel entonces. Muchos canarios, en aquel tiempo, tuvieron que emigrar para sobrevivir.
También sucedieron tragedias como la publicada en Canarias Cultura: “Desde los primeros años del siglo XIX (…) comenzó un período de intensa emigración desde Lanzarote y Fuerteventura hacia Uruguay (…) Una expatriación que fue denunciada por las pésimas condiciones de la travesía y la explotación de los pasajeros que tuvo algunas trágicas consecuencias, como sucedió con la realizada por los hermanos Morales en 1836. Cegados por la codicia y la ignorancia contrataron más plazas que las que podían caber en la nave, por lo que faltaron los víveres y se llegó por el hambre hasta comer carne humana.”
Hoy en día se ha invertido el flujo migratorio. Ya no emigramos a otros países para buscarnos la vida. Ahora están llegando a Canarias personas de todo el mundo para intentar buscarse la vida aquí. A las islas sólo se puede llegar en barco o en avión; y si un año entran diez personas y salen ocho es que dos se han quedado. Como en el cuento del gallinero, las que entran por las que salen. Consulté las estadísticas de Aena y de las autoridades portuarias de las dos capitales canarias y obtuve los datos que publican sobre el total de personas que entraron y salieron por los puertos y aeropuertos canarios entre 2022 y 2024. Además consulté los datos oficiales sobre el número de nacimientos y defunciones. Resulta que durante esos tres años, como promedio, cada día nacieron en Canarias unas 30 personas, fallecieron 50 y llegaron, para quedarse a vivir, 135 por un puerto marítimo (100 de ellos en patera) y más de 900 por un aeropuerto. Debo suponer que estos datos son correctos, sin embargo me resultan difíciles de creer y además no coinciden con los datos oficiales sobre población del Gobierno de Canarias. Según Aena y las autoridades portuarias, al terminar el año 2024 había casi cuatro millones de personas viviendo en las islas y un millón habría llegado en los tres últimos años; la tasa de crecimiento de la población durante ese período sería del 53%. Creo que las autoridades deberían comprobar si estos datos que publica Aena son correctos, y de ser así tomar medidas inmediatamente para empezar a gestionar este asunto.
Otra distinción entre los tipos de migrantes es si son regulares o irregulares, legales e ilegales, con papeles o sin papeles. Los sin papeles malviven con la intranquilidad de ser descubiertos y se ven en la necesidad de aceptar trabajos con pésimas condiciones laborales y a cambio de un salario miserable. No tienen derechos laborales, no pueden aportar cotizaciones ni percibir prestaciones del Estado y están en manos de las mafias de la economía sumergida, un verdadero lastre para cualquier país. En cambio, los legales siempre han supuesto un aliciente para el desarrollo económico y el enriquecimiento cultural, ya que impulsan el crecimiento del PIB, cubren la escasez de mano de obra, rejuvenecen la población activa y comparten sus costumbres y tradiciones. También contribuyen a la economía de sus países de origen porque, según el Banco Mundial, el año pasado enviaron a sus familiares más de 900.000 millones de euros en todo el mundo. Un reciente informe del Banco de España señala que los inmigrantes españoles cotizaron en 2024 más de 21.000 millones de euros a la Seguridad Social y enviaron unas remesas de más de 11.000 millones de euros a sus países. Las tres cuartas partes se repartieron entre Colombia, Marruecos, Ecuador, República Dominicana, Perú, Honduras, Bolivia, Paraguay, Pakistán, Senegal y Rumanía.
El fenómeno de las migraciones se ha abordado de diferentes maneras a lo largo de la historia y también en la actualidad. Mientras en España se propone regularizar a más de medio millón de inmigrantes y se promulgan leyes para facilitar su integración social, en EE.UU. las fuerzas del ICE de Trump, como hicieron las SS de Hitler, en general los acosan, los maltratan y los detienen ilegalmente; cuando encuentran a alguno sin papeles lo deportan, aunque lleve treinta años trabajando y viviendo o tenga hijos nacidos en el país. También acosan, maltratan y detienen ilegalmente a los propios norteamericanos. Incluso han matado a cinco, los dos últimos tiroteados en Minneapolis hace unos días.
“Fuera están ocurriendo cosas terribles. Personas indefensas son sacadas a rastras de sus casas. Las familias son separadas. Separan a hombres, mujeres y niños. Niños y niñas regresan de la escuela y descubren que sus padres han desaparecido”. Esto podría parecer una crónica periodística sobre lo que está sucediendo ahora mismo en EEUU, pero es algo mucho más preocupante: es un fragmento del Diario de Ana Frank.