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Mitos, arquetipos y las costuras de las medidas de protección a la infancia

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Tenemos un problema serio con cómo narramos las realidades que nos duelen. Con la adopción y el acogimiento pasa algo curioso, parece que necesitamos vender el esquema clásico de una infancia que sufre, una administración pública que opera con la precisión de un cirujano suizo y un núcleo familiar maravilloso que, a base de amor y paciencia, borra el pasado y empieza de cero sobre una pulcra página en blanco. Pero spoiler: esa página en blanco no existe. Quienes trabajamos en el ámbito psicopedagógico sabemos perfectamente que las medidas de protección no vienen con perdices al final de la historia, sino con un proceso de acompañamiento e integración emocional de alta complejidad. Si no empezamos a cuestionar las costuras del sistema, seguiremos cronificando el daño en las mismas infancias que prometimos proteger mientras nos colgamos medallas institucionales.

A veces me da por pensar en la mitología clásica, no por ponerme en plan pedante, sino porque el mundo antiguo entendía la psique humana sin tanta laca institucional ni manuales de autoayuda. En el sistema de protección actual operan dos dinámicas inconscientes dignas de tragedia griega. La primera afecta a las familias adoptantes y es el síndrome de Pigmalión: esa necesidad imperiosa de moldear a la persona adoptada para que encaje al milímetro en nuestras expectativas, en nuestro estilo de vida o en lo que sea que imaginábamos en nuestros tableros de Pinterest sobre la mapaternidad. Se asume con una ingenuidad pasmosa que la cotidianidad afectiva actuará como un borrador mágico del trauma temprano y de la memoria biológica. Pero cuando el menor real se distancia del molde idealizado y manifiesta las secuelas lógicas del abandono o de la institucionalización, a los adultos les entra el pánico, la estructura se agrieta y emergen las crisis de apego.

El segundo fantasma es más perverso y opera en el origen. Para validar administrativamente la retirada de una tutela y que todo el mundo duerma tranquilo, el sistema a menudo necesita redactar un relato de buenos y malos digno de una mala película. Es el arquetipo de Lilith: la demonización absoluta de la familia biológica. Reducir a las figuras progenitoras a entes puramente malvados o negligentes queda muy limpio en los informes técnicos, pero le destroza el autoconcepto a la persona menor de edad. En la infancia, la lógica interna es implacable: si mi raíz es defectuosa, yo tengo que estar defectuoso por defecto de fábrica. Nos cuesta horrores asumir que el desamparo casi nunca nace de una maldad mística de manual, sino de la exclusión social, la falta de redes de apoyo, una salud mental vulnerada por el entorno y la pobreza estructural. Cuando el sistema se limita a castigar y estigmatizar en lugar de analizar la violencia estructural, deshumaniza a la familia de origen y condena al sujeto a crecer con miedo de mirarse al espejo por si ve al “monstruo”.

Luego está el peaje invisible, ese elefante en la habitación que casi ninguna institución nombra: el conflicto de lealtades. Al emperador Tiberio lo adoptó Augusto por pura estrategia dinástica y el chaval pagó la novatada a precio de oro: le obligaron a cambiar de nombre, a erradicar su linaje paterno y a divorciarse de la persona a la que amaba para unirse a la hija del emperador, todo muy sano. En la práctica diaria vemos a demasiados adolescentes adoptados viviendo en ese mismo palacio de presiones silenciosas. Sienten que para ser validados del todo, y para demostrar ese “agradecimiento perpetuo” que la sociedad les exige como si les hubieran hecho un favor de caridad, tienen que amputar su pasado y simular que nacieron en un repollo. Obligar a una persona a elegir entre el respeto a su raíz y el amor a las figuras de apego que la crían es una crueldad pedagógica. Ese vínculo con el origen no desaparece por decreto administrativo ni por hacer como que no pasa nada; se queda ahí, enquistado, y acaba emergiendo en forma de sintomatología ansioso-depresiva o mediante una conducta desafiante que vuelve locos a los institutos.

¿Hacia dónde vamos entonces? El espejo en el que debería mirarse el sistema no es la corte de Augusto, sino el mito de Hefesto. A este dios su madre lo arrojó del Olimpo al nacer porque no cumplía con los estándares canónicos de belleza, un desamparo en toda regla. Pero lo recogieron Tetis y Eurínome en una gruta submarina. Y aquí viene lo importante: no utilizaron la magia para borrar su cojera, ni intentaron apuntarlo a clases de milicia para que pareciera un dios de la guerra convencional. Le ofrecieron un entorno predecible, seguro y paciente. Le permitieron ser él, con sus taras. Y en esa gruta, Hefesto desarrolló la forja y transformó su dolor en maestría, convirtiéndose en el artesano más increíble del universo.

Tengo claro que cuestionar el sistema hoy significa exigir tres líneas de actuación urgentes que a la administración le dan bastante alergia. Primero, políticas preventivas reales: dotar de recursos a las familias vulnerables antes de que la retirada de la tutela sea la única opción fácil. Segundo, erradicar el tabú del secreto, apostando firmemente por el acogimiento familiar frente a la adopción y por programas especializados que acompañen la reconstrucción de la historia de vida sin parches ni cuentos. Y tercero, madurez emocional en el mundo adulto para entender que nuestra función no es jugar a ser héroes ni coleccionar finales felices para Instagram, sino ofrecer esa gruta segura para que una infancia herida pueda forjar su propia identidad, con todas sus luces y sus profundas sombras. Todo lo demás es propaganda institucional y literatura barata.