“Recuperar la isla” para construir identidad nacional canaria
Durante las últimas décadas, parecía que la globalización y el neoliberalismo configuraban un sistema-mundo donde las naciones y los Estados quedaban como algo antiguo, anacrónico y vaciado de sentido. Los flujos de capital y las migraciones entre continentes y países hacían de los antiguos Estados-nación sociedades multiculturales, cosmopolitas y abiertas al capitalismo de Estado.
El camino hacia la consolidación de ese sistema-mundo se ha paralizado. Desde la Gran Recesión de 2008, y más intensamente desde la pandemia de la Covid-19 en el año 2020, el proceso de globalización e internacionalización ha experimentado un cuestionamiento a favor de las tesis nacionales y proteccionistas. Como señala el intelectual progresista Álvaro García Linera en su ensayo Cuidar el alma popular, el crecimiento del comercio mundial ha caído del 19% al 15% desde 2009; el índice de apertura económica pasó de 2009 a 2021 del 68% al 54%; los préstamos bancarios transfronterizos retrocedieron del 60% al 35%; la inversión extranjera directa como participación del PIB mundial -que en el año 2000 llegó al 4% y en 2005 al 4,5%- cayó al 1,6% en 2021; y en el año 2020 el Reino Unido salió del mercado europeo, evidenciando la mirada escéptica que hay en numerosos sectores de la ciudadanía hacia los espacios transnacionales de toma de decisiones conjuntas.
Mientras esto sucedía, los Estados han movilizado en apenas seis años una ingente cantidad de recursos públicos como consecuencia de la crisis sanitaria y de las guerras de Ucrania e Irán. Valga como ejemplo el Estado español, que entre 2020 y 2026 ha movilizado entre 250.000 y 320.000 millones de euros en rebajas fiscales, bonos sociales e inversión directa. Al libre mercado le ha sustituido el intervencionismo estatal a base de shocks económicos y convulsiones sociales.
En paralelo a esta recuperación del protagonismo de los Estados, resurgen las identidades nacionales. El viejo axioma de “un Estado, una nación” vuelve para recordarnos que no puede haber poder estatal sin base nacional, sin comunidad popular. No obstante, lo que hoy cabe preguntarse es en qué condiciones resurgen las identidades nacionales que refuerzan la acción del Estado y dirigen el sentido de lo público.
A estas alturas, a nadie se le escapa que la irrupción y normalización de las fuerzas de extrema derecha ha favorecido una especie de chovinismo estatal donde se combina la superioridad de la comunidad nacional mayoritaria del Estado (nacionales españoles), el rechazo a otras minorías nacionales extranjeras (marroquí, colombiana o venezolana) o subestatales (catalanes y vascos), con la exigencia de que los servicios públicos sean para los de “aquí”, para los que poseen la identidad nacional hegemónica.
Ante esta visión nacional excluyente y centralista cuyos defensores en el estado español son Vox, PP y algunos regionalistas como CC y Primero Canarias, en nuestro archipiélago debemos construir nuestra propia conciencia nacional. Llevo un tiempo reflexionando sobre la necesidad de activar esa conciencia que, como toda identidad política, no sólo se basa en el sentimiento de pertenencia y arraigo, sino en la necesidad de poseer autogobierno y, más importante aún, de ejercerlo. Es decir, reconocernos como una nación con identidad propia que exige autogobernarse.
Esta congruencia entre la identidad nacional y la capacidad de autogobierno es la base de toda soberanía política. La una no puede existir sin la otra. La soberanía necesita de un cuerpo nacional, y la nación requiere de elementos políticos concretos y tangibles que puedan ser evaluados.
Pero ¿cómo construir conciencia nacional canaria en un contexto de reacción identitaria españolista y centralismo de Estado? A mi entender, lo primero es llevar al máximo el actual Estatuto de Autonomía de Canarias, que no se ha desplegado en su totalidad, para luego plantear una nueva reforma que refuerce los pilares de la construcción nacional canaria y los mecanismos de participación popular. Segundo, necesitamos mejorar nuestra “legitimidad por rendimiento”. Es decir, la evaluación que nuestra propia ciudadanía hace de la gestión de las competencias que ya ejercemos, principalmente las que tienen que ver con el Estado de Bienestar, como son la sanidad, la educación, los derechos sociales y la vivienda. Tercero, es necesario activar los marcadores preexistentes que nos hacen un pueblo único con su propia memoria histórica, nuestra propia cultura y relación con el entorno vital, la isla.
Décadas de capitalismo extremo han servido para desposeernos de la conciencia isleña, que es nuestro verdadero vector identitario. El desarrollismo voraz que se ha ejercido en estas islas ha derivado en una disfuncionalidad del “ser” y del “estar” según la cual hemos ordenado nuestro estilo de vida como si viviésemos en un territorio continental, continuo y sin límites. Nos hemos mimetizado material y socialmente con los patrones etnocéntricos continentales en población, parque móvil, generación de residuos, número de turistas, nivel de consumo, etcétera, todo esto aliñado de la categoría de “periferia de”. Cuando eres periferia, nunca puedes ser el centro de nada.
Por ello, “recuperar la isla” en todos sus sentidos es recuperar nuestro centro y nuestra conciencia de ser isleños e isleñas para, a su vez, avanzar en la construcción nacional canaria. No se trata de retroceder en progreso, sino de volver a ser conscientes de que vivimos en islas y, por tanto, de que tenemos límites territoriales.
La construcción nacional canaria debe alejarse de los postulados racistas, excluyentes y chovinistas del “español/canario primero”. Ante esta identidad nacional matona y fascista, una identidad nacional canaria abierta, plural, democrática y profundamente orgullosa de ser isleños e isleñas. Para que esto suceda, debemos recuperar todos los espacios que nos han sido usurpados durante décadas y décadas de desarrollismo, desde los barrios hasta los montes y playas. Desde los parques hasta los centros socioculturales. Debemos hacerlo con la mayor y mejor herramienta, el autogobierno.