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Sube la temperatura, desaparecen especies: la factura del cambio climático

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Hay una forma sencilla de imaginar una especie enfrentándose al cambio climático. Su hábitat empieza a calentarse, se altera la disponibilidad de agua o alimento y cambian las relaciones con otras especies. El animal o la planta puede desplazarse, adaptarse o aguantar durante un tiempo. Pero llega un momento en que ya no queda ningún lugar adecuado al que ir. Ese punto marca el paso de una presión ambiental creciente a un riesgo real de desaparición.

El cambio climático está aumentando el riesgo de extinción de numerosas especies, aunque la magnitud de este riesgo depende de la temperatura alcanzada, las características de cada especie y su exposición a otras presiones ambientales. Una síntesis de 485 estudios y más de cinco millones de proyecciones concluyó que el riesgo de extinción aumenta con el calentamiento y se acelera cuando la temperatura global supera aproximadamente 1,5°C. En este trabajo se estimó un riesgo global del 1,6% con 1,3°C de calentamiento, 2,7% con 2°C y cerca del 30% con 5,4°C.

Sin embargo, estas cifras deben interpretarse con cautela porque no existe una única cifra que describa de forma precisa cuántas especies desaparecerán como consecuencia del cambio climático. Además, la vulnerabilidad tampoco se distribuye uniformemente. Las especies con áreas de distribución pequeñas o movilidad limitada pueden presentar mayor riesgo. Por ejemplo, las montañas e islas son especialmente problemáticas porque las especies pueden quedarse sin espacio adecuado cuando las condiciones climáticas cambian. Los ecosistemas de agua dulce también combinan el calentamiento con contaminación, extracción de agua y especies invasoras.

La evidencia reciente permite observar este proceso con mayor detalle. Un estudio global publicado en 2026, basado en 5.151 especies de plantas y animales y 39.157 sitios, encontró extinciones locales asociadas al calentamiento en el 49% de las especies templadas estudiadas y en el 33% de las tropicales. Además, la frecuencia de estas extinciones aumentó con la magnitud del calentamiento reciente. Estos resultados muestran que la vulnerabilidad climática no sigue un patrón geográfico simple y cuestionan la idea de que las especies tropicales sean necesariamente las más expuestas al riesgo de desaparición local.

Sin embargo, el impacto climático comienza mucho antes de que una población llegue a extinguirse. Durante 2024, un año excepcionalmente cálido, 5.368 especies de vertebrados, aproximadamente una de cada seis, estuvieron expuestas a temperaturas sin precedentes en más del 25% de su distribución. Más relevador aún, el 81% de las especies expuestas durante 2023 volvió a estarlo en 2024. La repetición de estos episodios sugiere que muchas poblaciones no afrontan eventos térmicos aislados, sino una presión climática acumulativa que puede reducir progresivamente su capacidad de respuesta.

A esta acumulación de estrés se añade otro problema: el cambio climático rara vez actúa solo. En los polinizadores nativos de Norteamérica (insectos, aves y murciélagos), un análisis de 1.579 especies encontró un riesgo elevado de extinción para el 22,6%. Entre las principales amenazas aparecen el cambio climático, la agricultura, las alteraciones de los regímenes hidrológicos y de incendios y la expansión urbana. De forma similar, un estudio sobre tortugas y galápagos publicado en 2025 identificó como características asociadas al riesgo las áreas de distribución reducidas, el gran tamaño corporal y una elevada presión humana. En conjunto, estos trabajos muestran que la vulnerabilidad depende tanto de la exposición climática como de las características biológicas de cada especie y de las demás presiones que actúan simultáneamente sobre sus poblaciones.

Esta combinación de presiones ayuda a entender por qué la extinción no suele ser un proceso inmediato. Antes de que una especie desaparezca por completo, sus poblaciones pueden reducirse drásticamente, quedar aisladas o desaparecer de una parte importante de su distribución. Esta «deuda de extinción» implica que los efectos de las perturbaciones ambientales pueden manifestarse con retraso y dificulta utilizar únicamente las extinciones registradas como medida del impacto actual del cambio climático. Por ello, la ausencia de una extinción definitiva no significa necesariamente ausencia de deterioro: las pérdidas locales, la exposición térmica reiterada y la interacción entre calentamiento, pérdida de hábitat, especies invasoras, enfermedades o explotación pueden constituir etapas sucesivas de un mismo proceso de erosión de la biodiversidad.

En este contexto, el cambio climático está modificando las áreas de distribución, favoreciendo extinciones locales y exponiendo a muchas poblaciones a condiciones térmicas cada vez más extremas. La vulnerabilidad de una especie no depende solo de la magnitud del cambio climático, sino también de su capacidad para desplazarse, adaptarse o persistir y de las presiones adicionales que ya soporta. Por ello, una población puede encontrarse en una trayectoria de deterioro mucho antes de que la especie sea considerada formalmente amenazada o extinta.

La principal implicación para la conservación es, por tanto, anticiparse a esas trayectorias. Las estrategias no deberían centrarse únicamente en las especies que ya se encuentran al borde de la extinción, sino también en identificar poblaciones sometidas a un calentamiento rápido, especies con áreas de distribución reducidas y aquellas expuestas simultáneamente a múltiples amenazas. Detectar estas señales tempranas puede permitir actuar antes de que el deterioro acumulado se traduzca en pérdidas irreversibles.