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¿Valió la pena? (una mirada a 50 años de periodismo)

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Formo parte de un amplio grupo de periodistas, buena parte de ellas y ellos jubilados, algunos ya fallecidos, a los que les tocó ser privilegiados testigos, seguramente algo más, de la transición hacia la democracia y del nacimiento del autogobierno en las Islas. Años setenta y ochenta del siglo XX. Por edad, no me correspondió ni el final del franquismo ni las primeras etapas de la convulsa transición; y repasando las hemerotecas de aquella época valoro y aplaudo el trabajo realizado por numerosos compañeros y compañeras en los medios de comunicación de las Islas, creo que insuficientemente reconocido. Me pregunto hoy si valió la pena esa entrega, ese enorme compromiso.

Entonces los medios daban voz a los partidos y sindicatos que salían de la clandestinidad, a los colectivos y movimientos sociales de todo tipo -vecinales, feministas, medioambientales, defensores de la cultura e identidad canaria…- en una sociedad tan esperanzada como dinámica. Y que aún se tambaleaba con las amenazas golpistas que provenían de los cuarteles y con los crímenes de ETA (el “sufrimiento irreparable” causado que, por fin, algunos de sus presos han reconocido) y de otros grupos extremistas de distintos colores.

Transición

La transición de la dictadura franquista a la democracia no fue perfecta, claro que no. Hubo violencia, represión y muertes a manos de las fuerzas de orden público, algunas muy cercanas. Como la del estudiante grancanario Javier Fernández Quesada, en las puertas de la Universidad de La Laguna, que presencié aquel 12 de diciembre de 1977. Antes fueron asesinados Bartolomé García Lorenzo, en septiembre de 1976, y Antonio González Ramos, en noviembre de 1975, pocas semanas antes de la muerte del dictador. Con un elevado grado de impunidad de sus responsables directos e indirectos.

Se pasó de un estado autoritario a uno de libertades homologable a los europeos. Pero dejando intactos los aparatos del estado, donde seguían siendo mayoritarios sectores profundamente franquistas, nostálgicos de la dictadura y dispuestos a obstaculizar los avances democráticos. En 1978 se aprobó la Constitución. Elaborada, con concesiones de todas las partes, entre los que procedían del régimen y quienes fueron su oposición. Y que, visto con el paso del tiempo, posibilitó, no solo la convivencia entre los que piensan distinto, sino avances progresistas en numerosos temas. Desde el desarrollo del estado autonómico a la ley de sanidad de Ernest Lluch o la ley de la dependencia, así como de normativas favorables al impulso de las mujeres en materia de igualdad o a los colectivos LGTBI. La sociedad es hoy, sin duda, más libre y mucho mejor que la que heredamos de la larga noche del franquismo, ese que pudo regresar el 23 de febrero de 1981. 

El autogobierno tuvo una gran trascendencia. Disponiendo, por primera vez, de instituciones democráticas de ámbito archipielágico: Parlamento y Gobierno de Canarias. Cierto que se nos impuso la vía lenta, la del artículo 143, dicen que por los temores a que el referéndum de ratificación al que obligaba el artículo 151 fuera deslucido por una alta abstención promovida por los independentistas, a los que creo que se sobredimensionaba. Pero después, con dos reformas estatutarias, la de 1996 -que nos reconoció como nacionalidad- y la de 2018 -que incluye importantes contenidos sociales, entre ellos la renta canaria de ciudadanía- ascendimos a la primera división estatutaria; y Canarias dispone, además, del reconocimiento de especificidades económicas y fiscales en el Estado español y en la UE. Impensable hace cincuenta años.

Como periodistas y como ciudadanos y ciudadanas hemos sido testigos de una enorme transformación económica y social. Con un gran desarrollo en las infraestructuras y de los servicios públicos. Superando el represivo nacional catolicismo. Construyendo una sociedad en la que las mujeres tienen cada vez mayor presencia y poder en todos los órdenes, aunque queden, sin duda, asignaturas pendientes. Pasando del imperio del silencio y el miedo a la libre expresión de opiniones, y a poder formar parte de un sindicato o un partido.

No significa que hayamos vivido en sociedades ideales. Entre otras cosas, porque estas no existen. Los modelos políticos que apelan a la perfección suelen estar bañados en totalitarismo y son aún más desiguales, injustos y ajenos a la voluntad de la mayoría. Ahogan a las personas, castigan cualquier tipo de disidencia y encumbran a una minoría de privilegiados.

Involución

Nuestras sociedades han sido plurales, activas, contradictorias y capaces de adaptarse a profundos cambios. Ingenuos, creíamos que siempre seguiríamos en ese camino de más derechos y libertades. Que habría curvas y sobresaltos. E intentos de recortar aspectos de lo logrado. Pero no una marcha atrás acelerada, una involución que nos trasladara, casi casi, a la casilla de partida.

Algo de esto ocurre cuando un fantasma recorre el mundo. No es el del comunismo soñado por Marx y Engels (y convertido en enorme fracaso, por razones internas y externas, en su formulación práctica), sino el del pensamiento más reaccionario, egoísta y belicista. Hoy vuelan espectros insolidarios, machistas, homófobos, racistas y xenófobos. Hoy se desata el capitalismo más feroz. Hoy se masacran pueblos y la mayoría del mundo, insensible al dolor ajeno, ni se inmuta. Hoy, desde el negacionismo climático, se declara la guerra al planeta y a los que vivimos en él. Hoy se considera a la democracia una incomodidad, cuando podemos ser regidos, sin opinar, por los tecnócratas multimillonarios. Hoy el imperialismo más descarnado impone su inmoral razón de la más brutal de las fuerzas.

Observando cómo están las cosas, no queda otra que aplicar el viejo aforismo gramsciano de oponer al pesimismo de la inteligencia el optimismo de la voluntad. Toca, seguramente, resistir, defender las libertades, los valores y los derechos humanos. Y, si no lo destruyen (y vaya que lo intentan con su enorme poder económico y político) ahí deberá estar el buen periodismo y los buenos y las buenas periodistas para dar voz a los sin voz, para abrir las grandes alamedas, para romper la gran distopía en la que nos están metiendo, para defender la democracia. Y sí, valió la pena ayer; y, sin duda, también lo merece hoy, ese compromiso con la libertad, la dignidad y la Humanidad.