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Viva Durruti. Vivan las catedrales

3 de junio de 2025 10:57 h

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En una libreta roja están escritas esas cosas que no quieres que te diga. Por ejemplo, te quiero como nunca he querido a nadie. Eso es un alejandrino, si cuentas bien las sinalefas, me dices con tu sonrisa de buena mañana que siempre acompaña una lágrima entre el cierzo y el estrés.

Puede que solo tú sepas contar las sílabas con cierta gracia. “Nunca pronuncias mi nombre”, reclamas. Claro, te digo, somos demasiado conocidos y hay muchas policías en el quicio de nuestra historia no historiada. Además, todos los nombres de mujer son ciudad, todos los nombres de mujer son árabes, todos los nombres de mujer se incrustan en la memoria de los hombres infaustos como una depresión a la felicidad que alumbras. Tú, que estás siempre pendiente de las noticias –o las noticias pendientes de ti- habrás observado sale un pintor canario nonagenario y muy conocido junto a esa espía aficionada que ahora buscan. Sí, le digo, también un político grancanario amigo que debe alegrarse en cada fotograma y la madre que parió al fotograma.

Eres un inútil. Cuando te llamo por el nombre ni te das la vuelta. Cuando por el apellido, cohibido. Cuando no te llamo, reclamas. ¿En qué quedamos?

Para compensar, le presento al ectoplasma de Durruti, en el Ritz, su lugar natural, que hoy está radiante: “Ha bajado el paro a niveles de 2008. ¿Te acuerdas? ¿Y esta quién es?”. “Es la que está diseñando tu panteón definitivo porque después de esta primavera es probable que ni tú ni yo volvamos a aparecer, en letras o en quimeras. Solo queda la posibilidad remota del reconocimiento en piedra”, le digo con dificultad. “¿Esto siempre es así?”, dice ella. “Esto, ¿qué es?”, digo yo, muy torpe a estas alturas.

Cogidos los tres de la mano en un sueño espectral, dejamos metáforas de titadine en la catedral de la Almudena. Es muy fea y no se merece otra cosa, dice el anarquista leonés. “¿Esto es por estética o por religión?”, replica ella que es muy coherente cuando quiere. Permanezco en silencio regodeándome en esa belleza explícita que se recobra cuando te vuelves cuerdo por las circunstancias. Si te dicen muerto, levanta. Pero todo huele a cal, a incienso y a sacristía: en nuestra historia común no salimos de ella. “Sí salimos”, me sonríen los dos. “Te pones muy estupendo cuando escribes para una sola persona y pretendes disimularlo”, me dice la figura femenina con el ectoplasma espantado. ¿Es que alguna vez hago algo distinto? Aplausos.