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Cuando un voto en el Congreso puede traducirse en menos derechos

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La democracia no se mide por los discursos que pronuncian los partidos políticos sino por las decisiones que toman cuando levantan la mano en el Congreso de los Diputados. Es ahí donde se decide si se fortalecen o se debilitan los derechos laborales, la sanidad pública, la educación, las pensiones, la dependencia, la vivienda o la protección de las familias más vulnerables.

Tras analizar la actividad parlamentaria de Vox entre 2019 y 2026, considero que existe un patrón de voto que, de convertirse en políticas de gobierno, podría tener importantes consecuencias negativas para la mayoría social. No se trata de una afirmación basada en prejuicios, sino en el examen de sus posiciones parlamentarias y de los objetivos que perseguían las iniciativas rechazadas.

Cuando un partido vota sistemáticamente contra reformas destinadas a reforzar la estabilidad en el empleo, aumentar la protección social, mejorar la financiación de la dependencia, ampliar derechos o facilitar el acceso a la vivienda, la consecuencia potencial es clara: millones de ciudadanos pueden ver reducidas sus oportunidades de vivir con mayor seguridad, dignidad y bienestar.

Las personas trabajadoras, los pensionistas, quienes dependen de un servicio público de calidad, las familias con dificultades para pagar un alquiler o quienes necesitan apoyos por dependencia no preguntan el color político de una ley cuando reciben sus efectos. Simplemente viven mejor o peor según las decisiones que adopten sus representantes.

Es cierto que Vox justifica muchas de estas votaciones apelando a la reducción del gasto público, a la menor intervención del Estado o a la defensa de la libertad económica. Esa es una opción política legítima. Sin embargo, también es legítimo preguntarse quién soporta el coste social de esa estrategia. Porque cuando disminuye la protección pública quienes más sufren no son quienes tienen mayores recursos, sino quienes dependen de los servicios públicos y de los derechos sociales para desarrollar una vida digna.

La experiencia demuestra que las crisis económicas, sanitarias o sociales nunca golpean por igual. Siempre afectan con mayor intensidad a los trabajadores, a las personas mayores, a quienes tienen salarios bajos, a las personas con discapacidad y a las familias con menos recursos. Debilitar los instrumentos públicos de protección significa dejar a esos colectivos más expuestos frente a las desigualdades.

Por eso sostengo que conocer cómo vota un partido es tan importante como leer su programa electoral. Las consecuencias de esas votaciones no son abstractas: pueden traducirse en menos derechos laborales, menos inversión social, mayores dificultades para acceder a una vivienda, menor protección para las personas dependientes y una reducción del papel del Estado como garante de la igualdad de oportunidades.

La ciudadanía merece conocer estos hechos para decidir con plena libertad. Un voto informado fortalece la democracia; un voto basado únicamente en consignas o emociones la debilita.

Porque, al final, las leyes no son simples documentos publicados en un boletín oficial. Son decisiones que determinan la calidad de vida de millones de personas. Y quienes votan contra determinadas políticas deben asumir también el debate sobre las consecuencias sociales que esas decisiones pueden acarrear.

Esa es la verdadera responsabilidad democrática: que cada ciudadano conozca no solo lo que un partido dice, sino, sobre todo, lo que hace cuando llega el momento de votar.