“El cáncer de mama no es una campaña publicitaria”: pacientes alzan la voz contra el 'pinkwashing' en Las Palmas de Gran Canaria
Cada 19 de octubre, el cáncer de mama se tiñe de rosa. Los lazos se prenden en las solapas de las americanas y los cuellos de las camisetas, las marcas convierten el color en bandera y las vallas publicitarias se multiplican. Pero “el cáncer de mama no es rosa. Ningún cáncer lo es”. Bajo esta premisa, mujeres de seis ciudades, entre ellas Las Palmas de Gran Canaria, salen este lunes a la calle para reclamar menos campañas publicitarias y más investigación pública, atención psicológica y un sistema sanitario verdaderamente integrado.
“El cáncer no es un lazo, ni un color, ni una historia individual de superación, sino una enfermedad grave que exige políticas públicas, investigación y cuidados”, sostiene la periodista y expaciente oncológica Laura Morant en conversación con Canarias Ahora.
En 2025, unas 6.839 personas murieron en España por cáncer de mama. En Canarias, la enfermedad provoca habitualmente entre 290 y 300 fallecimientos al año y constituye la primera causa de muerte por tumores entre las mujeres de las islas. Para 2026 se prevén 38.318 nuevos diagnósticos en España, con una incidencia que también preocupa por su aparición en mujeres cada vez más jóvenes.
Pero detrás de esto hay otra realidad oculta que no aparece en las estadísticas. La que comienza cuando termina el tratamiento. “No hay índices ni datos que digan cuántas mujeres, después del tratamiento, se han suicidado”, denuncia Morant. En su caso, el después fue incluso más duro que la propia enfermedad: “Fue un abandono atroz y absoluto”.
Termina el tratamiento y empieza el abandono
Las pacientes oncológicas continúan sometidas a revisiones periódicas para vigilar la evolución de la enfermedad, pero, según denuncia Morant, la prevención, el acompañamiento y la capacidad de decidir sobre sus propios cuerpos siguen siendo asignaturas pendientes. Ella quiere someterse a una mastectomía preventiva del otro pecho porque presenta un alto riesgo de volver a desarrollar cáncer de mama, pero asegura que el protocolo se lo impide.
A la incertidumbre se suman más dificultades. Para conocer si existen casos previos de cáncer, le piden que recurra a un hombre de su familia que pueda aportar si existen antecedentes.
Las convocantes se concentrarán este lunes a partir de las 19.00 horas en la plaza de La Feria de Las Palmas de Gran Canaria. También en Bilbao, Donostia, Madrid, Valencia y Valladolid. Durante las movilizaciones leerán un manifiesto con reivindicaciones como la investigación pública, atención específica para el cáncer de mama metastásico, tratamiento de las secuelas, un trato humano, equidad en la sanidad pública, protección laboral y la prohibición de sustancias tóxicas que enferman.
También reclaman poner fin al pinkwashing, la utilización comercial del color rosa y de la causa del cáncer de mama para proyectar una imagen de compromiso que no siempre se traduce en medidas concretas.
La burocracia es otro de los obstáculos que denuncian. Morant explica que, mientras sufría niebla mental como consecuencia de las secuelas del tratamiento, le pidieron que presentara una reclamación para conseguir la ayuda que necesitaba. En un momento en el que las capacidades cognitivas pueden estar afectadas por la enfermedad y sus tratamientos, tener que pelear con la propia Administración para acceder a recursos básicos añade otra carga a un proceso ya de por sí difícil.
“Nos remiendan. No nos ven como mujeres”
Morant también pone sobre la mesa la diferencia entre las operaciones del cáncer de mama y las estéticas y denuncia que “no tenemos operaciones que nos dignifiquen. Nos remiendan. No nos ven como mujeres”. Pero más allá de las secuelas físicas, Morant reclama una atención que tenga en cuenta las consecuencias emocionales, sociales y psicológicas de la enfermedad.
A esa falta de acompañamiento se suma la vulnerabilidad económica y laboral de muchas pacientes. “La mayoría de nosotras nos quedamos en una situación de vulnerabilidad. Se nos despide, se nos arrincona, no se nos da cobertura”, sostiene. Y pone el foco en las dificultades que afrontan las trabajadoras autónomas cuando el cáncer las obliga a parar: “Viven en la más absoluta miseria y ruina. Yo estoy arruinada”.
Por eso, insiste, la respuesta sanitaria no puede reducirse a extirpar un tumor y dar por concluido el proceso: “Pedimos ya una medicina, un tratamiento integral”.
Más del 80% de pacientes experimentan cuadros combinados de ansiedad y depresión durante el proceso, especialmente tras recibir el diagnóstico o durante el transcurso de la enfermedad. Pero existe una prevalencia general de depresión en cáncer que certifica que el 25% (una de cada cuatro personas diagnosticadas) la sufren.
Una paciente, cuatro hospitales y una historia clínica fragmentada
La falta de coordinación entre los servicios sanitarios es otra de las dificultades que denuncia Morant, especialmente en un territorio marcado por la insularidad. “Me encantaría que hubiese voces de las islas menores y de los pueblos, porque yo, viviendo en Las Palmas de Gran Canaria, he tenido una dificultad enorme”, explica. Su recorrido por el sistema sanitario ha pasado ya por cuatro hospitales, entre derivaciones, secuelas y tratamientos que, asegura, no han conseguido articular una atención conjunta.
La oncología la ha recibido en el Hospital Insular; la radioterapia, en el Hospital Universitario de Gran Canaria Doctor Negrín. También ha pasado por ambos centros para distintas intervenciones y por el Hospital San José para tratar las secuelas. Ante la falta de atención que necesitaba en la sanidad pública, asegura, tuvo que recurrir a la medicina privada para someterse a una operación en el Hospital San Roque.
“Voy rulando entre hospitales”, resume. Pero el problema, relata, no es solo la cantidad de centros por los que ha tenido que pasar, sino la ausencia de una atención integral que conecte las distintas especialidades. “Yo tengo un informe médico que te puedo asegurar que es más grande que El Quijote, pero ellos no tienen esos informes médicos. Son departamentos estancos y nosotros somos una paciente con un montón de patologías”.
Las consecuencias del tratamiento tampoco terminan cuando se supera la fase más inmediata de la enfermedad. Morant explica que los bloqueantes hormonales pueden provocar numerosos efectos secundarios, desde dolores de cabeza y articulares hasta cansancio constante y síntomas propios de una menopausia abrupta. Las secuelas varían de una paciente a otra, pero requieren un seguimiento coordinado que permita evaluar el conjunto de su estado de salud. En su caso, también sufre pitidos constantes en los oídos.
“Nuestro expediente está disperso entre hospitales y no se ve de una manera conjunta”, asegura. Una fragmentación que dificulta que los profesionales comprendan cómo interactúan las distintas patologías y cómo afectan a la vida cotidiana de cada paciente. La enfermedad no se detiene en las fronteras entre especialidades, pero su atención, lamenta, sigue organizada como si lo hiciera.
Por eso también reclaman unidades de seguimiento integral postcáncer (fisioterapia, nutrición, ginecología, sexología y salud mental), atención pública al linfedema con financiación íntegra de prendas y tratamientos, y apoyo psicológico gratuito y estable.
La obligación de sonreír
En cuanto al pinkwashing, piden transparencia sobre cuánto se recauda y en qué se invierte en las campañas rosas, así como visibilizar a las pacientes en toda acción hecha en nombre de su enfermedad. En su opinión, el cáncer de mama se ha convertido en un reclamo publicitario que ofrece una imagen edulcorada y trivializa la enfermedad.
“Nos silencian y nos minimizan. Han utilizado la campaña, la han devorado, han devorado el cáncer hasta convertirlo en una comercialización” y menciona que incluso un producto tan cotidiano como una plancha para el pelo ha terminado inmerso en esta estrategia promocional.
“Enfermar implica miedo, dolor, incertidumbre y agotamiento, emociones que no desaparecen por el hecho de que una campaña necesite un rostro amable. Cuando uno está enfermo, lo que menos le apetece es estar sonriendo. Nos han obligado a ser sonrientes y, si no nos reímos, parece que está mal visto”.
Laura Morant pide a las marcas que dejen que las mujeres “puedan vivir y expresar la enfermedad sin tener que representar un papel. No todas quieren sonreír, no todas encuentran una lección de vida en lo que les ocurre y no todas salen del tratamiento con la sensación de haber vencido”.
La concentración que se llevará a cabo esta tarde surge de forma espontánea de un grupo de pacientes de cáncer, muchas de ellas metastásicas, que se han conocido a través de las redes sociales, y gracias al apoyo de la Asociación Teta y Teta, que da voz a cómo el sistema trastoca la vida a quienes sufren cáncer.
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